Para estimular la producción teatral entre los estudiantes el Instituto Nacional de la Juventud convocó a un concurso de piezas de teatro sin más limitación que el tema, que debía ser, necesariamente, propio para ser representado por estudiantes. Teatro para actores jóvenes y para público estudiantil. No se limitó la participación de autores, que podían ser jóvenes o no, pero sí se exigió que fueran mexicanos de nacimiento, porque así los temas que llevaran a la escena resultarían más puros, sanos y frescos. De estos concursos podrían surgir nuevos autores, y, lo más probable, jóvenes.
El autor de Las cosas simples, comedia en tres actos y un entremés, estrenada por la Unión Nacional de Autores como tercera obra de su cuarta temporada de teatro mexicano, es consecuencia del concurso teatral del Instituto Nacional de la Juventud, y su autor, Héctor Mendoza, se ajustó precisamente a la principal exigencia de la convocatoria: tema propio para jóvenes y para ser representado por jóvenes. 20 personajes figuran en el reparto -aparte de un cilindrero, muchachas y muchachos de la preparatoria-, y con excepción de dos o tres -el dueño del café, un catedrático y una loca-, todos deben ser representados por muchachos y muchachas de más o menos veinte años. La participación de tantos jóvenes no es un problema si la obra se representa por estudiantes, y desde luego revela que ha sido escrita para presentar a públicos compuestos por jóvenes asuntos y temas, tal vez problemas, que interesan exclusivamente a ellos porque forman parte de su vida estudiantil que es un mundo aparte de tantos otros mundos de que la vida se compone, y que ellos consideran con frecuencia trascendentales: exámenes, amoríos, noviazgos, envidias, travesuras, y, en ocasiones, algún caprichillo sexual que al estudiante picado por la tarántula del amor físico le parece definitivo en su vida.
La Unión de Autores creyó oportuno presentar dentro de su temporada esta obra no escrita ni pensada para el teatro comercial -del público que compra un espectáculo-, dada la |
dificultad que presenta para integrar su reparto únicamente con jóvenes, y la ha servido en bandeja de plata, lanzando a la circulación comercial a un joven autor de más o menos veinte años, y como se trata -para la UNA- de un producto que vender, lo anuncia como "el autor más joven de México". Independientemente de su prometedora juventud, Héctor Mendoza es uno de los autores mejor dotados, que se han acercado al teatro nuestro de diez años a la fecha. Tal vez el mejor dotado. Empieza por el principio, por Las cosas simples -así se titula su divertida comedia-, que son aquellas que generalmente rodean la vida de los jóvenes que no se han envenenado con lecturas o doctrinas propicias al empacho, y escribe una comedia que él tal vez habrá vivido: la de las vísperas de unos exámenes en la preparatoria, recordando a esta estudiante, o a aquel compañero, o a todos juntos que convivieron con él, a los que conoce perfectamente, porque ha hablado con ellos, los ha oído discutir y los ha visto sufrir, como a ese pobre estudiantillo, hijo de rico, enamorado de una infeliz muchacha "que hace la calle" por la que huye de su hogar y pretende independizarse, trabajando en una Compañía de Seguros, para redimirla... ¡Juventud, divino tesoro! Este suceso forma casi el argumento de la comedia de Mendoza, con el contraste de la muchacha -una meserilla- que está enamorada del estudiante que cree amar a la "mariposilla", sin que él, naturalmente, no se dé cuenta de nada... ¡Las cosas simples - y únicas en la vida- de la vida estudiantil!
La comedia de Mendoza exhibe, en breve y ágiles escenas, habladas con mucha naturalidad, una colección de tipos estudiantiles, a cual más divertido o pintoresco, y todos ellos forman un cuadro de la vida estudiantil mexicana de estos días, con escenario en cualquier nevería con cafés con leche, de los alrededores del barrio estudiantil. Creo que debe interesar vivamente a los estudiantes, y si se halla la forma de que éstos acudan al teatro Ideal, la comedia será un éxito. Al público en general -pero ¿hay un |
público general que se interese por el teatro sincera y espontáneamente?- no le interesará mucho una comedia de estudiantes hecha por estudiantes.
La interpretación de Las cosas simples debía confiarse necesariamente a actores jóvenes, y como éstos se reproducen con asombrosa prodigalidad en las academias de teatro oficiales o particulares, a ellas se recurrió. Cuanto joven estudiante de teatro promete algo para el futuro, o alcanzó ya algún pequeño éxito en cualquiera obra puesta por ellos mismos, toma parte en el reparto, larguísimo. Todos prometen como actores. Citar a alguno, no pudiendo citar a todos, sería injusticia palpable. Los profesionales -Fernando Mendoza, Luz María Nuñez, Carmen Cortés y Emma Fink- se destacan, como es natural, del conjunto estudiantil, por su experiencia y eficacia. Se tuvo la suerte de hallar para la dirección de esta obra un director experimentado en dirigir estudiantes de teatro. Celestino Gorostiza, y como los estudiantes lo respetan y lo estiman y él usa de una suave y a la vez enérgica disciplina, pudo enseñarles una lección que todos aprendieron y recitan bien.
La noche del estreno fue aclamado el joven autor Héctor Mendoza, muy justamente, porque ha escrito una comedia que revela ya a un hombre muy bien dotado para escribir teatro. Las cosas simples se oyen y ven con gusto porque están bien expuestas y escritas con soltura y gracia. Su primera comedia -en realidad la segunda, porque la primera Ahogados, fue dada a conocer en reciente concurso de obras para la Fiestas de Primavera- anuncia una espléndida cosecha. ¡Que así sea, y a su tiempo!
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