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A mitad del año de 1961 y en vista de que estamos pasando por una calma en nuestros escenarios, es buen momento para detenernos a echar una mirada a esos seis meses pasados y sopesar la producción teatral de nuestros autores. Debemos confesar que la ojeada es desalentadora. Encontrarnos por principio de cuentas que se han estrenado durante este lapso únicamente once obras de autores mexicanos, tres de las cuales son de tan baja calidad que no pueden ni siquiera tomarse en cuenta como teatro, lo mismo que no podría tomarse como jirafa a un pollo que naciera con un desmesurado pescuezo, estas obras son: Cada quien su marido, de Unsáin y Varela, Cleopatra era nerviosa, de Óscar Ortiz de Pinedo y Seis mujeres y un fantasma de Cristina Lesser. Descontando pues estos tres engendros, nos quedan sólo ocho obras dignas de consideración. Deslindaremos las obras según el género. La mejor realización de estos seis meses en cuanto a teatro mexicano fue La mujer transparente, de Margarita Urueta, comedia cuya puesta en escena le hizo resaltar sus valores y le dio una calidad que difícilmente hubiera alcanzado si hubiera sido dirigida por otro director que no fuera Alexandro. Hubo una sola farsa, mejor dicho
supuesta farsa; Los prodigiosos, de
Hugo Argüelles, quien trató de hacer una crítica al fanatismo del pueblo,
pero no logró su cometido y resultó una construcción dramática completamente
híbrida, pues ni sus personajes estaban conformados de acuerdo a la línea de
la farsa ni la anécdota era verosímil como pieza o como tragedia.
El resto de las obras
estrenadas este año, pertenecen al género pieza -menos Espartaco de Juan Miguel de Mora que pretendió trazar una
tragedia, sin lograrlo-, todas ellas fueron mediocres (cuando no
evidentemente malas): Olor de santidad,
de Luis G. Basurto, la ya mencionada Espartaco, Yocasta o casi, de Salvador Novo, Tan cerca del cielo, de Wilberto Cantón, y otras dos obras que aunque con menos
pretensiones, lograron mejor cometido: El
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