Tan cerca del cielo. Teatro
Fábregas. Autor: Wilberto Cantón. Dirección:
Virgilio Mariel. Escenografía y vestuario: David Antón. Reparto: Gloria
Marín, Carlos Bribiesca, Héctor Gómez etc…
¿Justificar a Carlota? ¿Ensanchar la
leyenda? ¿Hacer un anecdotario? Ignoramos cuál es el verdadero objetivo que
tuvo Wilberto Cantón al escribir esta obra.
Resultado: Abuso de anécdotas, pobreza de diálogo y sostenimiento de una
tesis antihistórica, ya que en dicha obra el autor sugiere la idea de que
Carlota no era realmente la ambiciosa que se cree, sino que sólo quiso
conseguir un reino porque Maximiliano lo necesitaba, es decir, como un
sacrificio al que la impulsaba su amor. Pero sería lo de menos que la
interpretación que de los hechos hace Cantón fuera o no histórica, cada autor
tiene derecho a escoger, al escribir, entre la leyenda y la historia, entre
la verdad y la ficción o a revolver unos elementos con otros; al teatro nunca
se le ha exigido autenticidad histórica, sino arte.
Desgraciadamente en lo que se refiere
al aspecto puramente artístico y a la técnica dramática, la obra de Cantón
nos pareció que no llena los requisitos más elementales de una obra de arte.
El lenguaje es ingenuo, y lleno de frases efectistas (como aquella de que
Carlota es la única mujer que ha dormido en el Vaticano, cosa totalmente
falsa). Si escogemos al azar algunas escenas, encontramos que el ambiente es
igualmente falso. Un consejo de ministros como el que Cantón presenta,
demuestra un absoluto desconocimiento de cómo eran esos consejos. También se
ignora el protocolo de la corte e incluso es risible la forma de presentar la
corte que rodea a Carlota y a Maximiliano en México. Habría que recordar a
Virgilio Mariel que como director, en vez de corregir ciertos errores de la
obra en estos aspectos, los acentuó a tal extremo que parecía que
presenciábamos un baile de quince años actual, con las acostumbradas damas
vestidas de tul.
Por sobre todo eso, en la
obra muchos personajes
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sobran.
Tal parece que Benito Juárez aparece única y exclusivamente para pronunciar
su frase famosa acerca del respeto al derecho ajeno, pues no tiene ninguna
otra finalidad dentro de la trama.
En lo que se refiere a la dirección,
ya habíamos apuntado algún aspecto, pero los errores de Mariel van mucho más
allá de un desconocimiento del ambiente, evidencian también un estilo
anticuado de dirección, aquél en el que se creía que todos los personajes
debían hablar al público y no tener interrelación entre sí, amén de otros muy
notables errores que se dejan ver en las mediocres actuaciones de los
intérpretes. ¡Cómo es posible que un Héctor Gómez, una Magda Donato (Premio
1960 a la mejor actuación femenina) y especialmente un Carlos Bribiesca, aparezcan tan desmedrados! Y aunque Gloria Marín
estuvo muy correcta en actitud y demostró una entrega total a su trabajo, no
dudamos, por ejemplo, que a manos de otro director hubiera corregido su
hablar cantado (lógico en una persona que nunca ha actuado en teatro) y tal
vez no se le hubiera permitido que sus vestidos fueran recubiertos con
plástico en la parte inferior, cosa que no sólo distrae al público sino que
resulta antiestética y mezquina.
En esta ocasión, David
Antón -a quien en otras ocasiones hemos brindado cálidos aplausos-, no nos
convenció con su escenografía -que no era ni sugerente, ni realista- mucho
menos con el vestuario que diseñó. Todos los trajes se veían de pacotilla, de
mal gusto, y muchos inapropiados. Unos cuantos personajes aparecieron
vestidos en forma correcta.
No obstante, creemos que
por ser una obra demasiado accesible, demasiado llena de concesiones,
satisfará al público que gusta de las leyendas. En cuanto a su fracaso
artístico, achacamos gran culpa a Virgilio Mariel, que en lugar de limar las
asperezas de la obra las acentuó en forma extrema.
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