Tal día como hoy. Sala Chopin. Autor,
Eugene O'Neill. Traducción: León Mirlas. Dirección, Fernando Wagner.
Escenografía y vestuario: Antonio López Mancera. Reparto, Compañía de
Repertorio de Bellas Artes: Enrique Aguilar, Luis Aceves Castañeda, Adriana
Roel, Anita Blanch, Miguel Ángel Ferriz, Antonio Passy, Rita Macedo, Guillermo Zarur, José
Mena y Albino Castro.
La creación de una compañía permanente de teatro por el INBA, es
una magnífica noticia; después de tantos años un sueño se realiza. Un
problema ha existido siempre en México -y en otros muchos paises-,
y es la inestabilidad económica de quienes realizan el espectáculo teatral,
problema que trae aparejado un menor rendimiento en el trabajo del artista, ya
que en lugar de emplear su tiempo y energía en la preparación de sus
interpretaciones, debe perder ambos en la búsqueda constante del modus vivendi. Por fin el INBA,
asegura a un grupo seleccionado ese diario vivir que le permitirá consagrarse
única y exclusivamente a su trabajo, sin preocuparse de ese diario batallar.
La formación de una compañía permanente también logra que el actor olvide una
de las mayores banalidades: la de los “créditos”, ya que los papeles
estelares -en toda compañía seria-, son rotatorios, pues la calidad se
demuestra en la escena y con cualquier papel, y no en el orden que ocurre el nombre en el programa o en la
marquesina de un teatro.
La primera obra con la que debuta
la Compañía de Repertorio de Bellas Artes es Tal día como hoy, nombre adjudicado a la obra A touch of the poet, titulo mucho más
sugestivo y teatral que el de la traducción. Confesamos que no hemos leído la
obra original e ignoramos de tal suerte si la traducción está fielmente
apegada a ella, así pues, hablaremos de dicha obra tal y como nos fue
presentada en la Sala Chopin, por Fernando Wagner.
Por principio de cuentas, hay que
partir de que se advierte en O’Neill tal preocupación por los caracteres, que
la obra se quede en eso: personajes sólidos, fuertes, consecuentes consigo
mismos, pero que carecen de una acción dramática que despierte todo el
interés por aquello que ocurre sobre el escenario; especialmente nos
referimos a los dos primeros actos.
Se nos presenta el derrumbe de las
barricadas que un hombre se ha construido para defenderse de la sociedad.
Estas defensas consisten en determinadas fantasías que tienen por objeto
ocultarse a sí mismo su inseguridad ante la vida y un afán de sentirse
superior al medio en que nació. En el momento en que esas fantasías le son
rotas brutalmente deja de defenderse, para ser un hombre de su ambiente,
vencido, y sin más gloria que la de vivir su pobreza sin vergüenza.
Hay un gran canto al amor
en esta obra de O'Neill, poco frecuente en sus obras, y una gran ternura. Ese
canto, nos lo presenta el autor desde dos puntos de vista diversos, el de la
madre, que ha pasado por el dolor de la humillación, del rebajamiento, del
rechazo, siempre con el orgullo de estar íntegramente dedicada al esposo, y
el de la hija, que descubre de pronto el amor, la entrega, el éxtasis y el
valor de la vida.
Es sin duda una de las
obras menos negativas de O'Neill y una de las menos teatrales. Su
construcción, técnicamente hablando, adolece de un sin fin de defectos. Todo
es narración, es reiterativa y sin embargo, como decíamos antes, es la obra
en la que sus personajes tienen mayores valores humanos.
Una de las escenas sobresalientes
es aquella en la que en el tercer acto, la hija habla de su descubrimiento
del mundo a través del amor, mientras la madre habla de sus inquietudes o
calla, también por ellas, por el esposo al que amenaza un serio peligro. Son dos monólogos prácticamente ensamblados que nos hablan
de la soledad de cada ser humano al vivir sus |
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problemas, sus inquietudes o sus ilusiones.
Difícil debe haber
resultado a Wagner la escenificación de esta obra de ritmo tan lento, y
contando con un reparto bastante heterogéneo como el que participa en la
obra. Tuvo aciertos indiscutibles, aunque también errores serios, como por
ejemplo, la forma en que resolvió los factores ambientales, ya que no supo
mantener la idea de la cantina adjunta al lugar en que se desarrollan los
hechos. Este ambiente de la cantina es fundamental en la obra, para recordar
constantemente al público que es de ese ambiente del que el “caballero”
quiere huir, para caer irremisiblemente en él. A Wagner se le escapó esto y
sólo marcó las risas (¿por qué siempre han de ser risas lo que se oye de una
cantina?), cada vez que se abría la puerta de
comunicación con ella.
La escenografía,
convencional.
Miguel Ángel Ferriz, actor de prestancia, en momentos resulta
intolerable por ese defecto de su voz. Anita Blanch, actriz de tablas, ¡de
muchas tablas!, algunas escenas las resolvió a base de forma y no de emoción,
Adriana Roel, más futuro
que presente, logra una magnífica actuación en el tercer acto. Rita Macedo,
firme, segura, arranca, por su sinceridad, un justificado aplauso en su breve
aparición. Enrique Aguilar, bien sin deslumbrar. Luis Aceves Castañeda
discreto, lo mismo que el resto del reparto pero en conjunto, la puesta en escena
resultó poco entusiasmadora.
Ojalá que la próxima obra
corra mejor suerte. Bien se lo merece el esfuerzo de haber creado una
compañía permanente.
Cosas de papá y mamá
Teatro de los Insurgentes. Autor, Alfonso Paso. Adaptación,
Manuel Sánchez Navarro. Dirección, Manolo Fábregas, Reparto: Niní Marshall
(Catita), Ortiz de Pinedo, Luz María Aguilar, Joaquín Cordero, Miguel
Suárez y Lupe Pallás. Escenografía: David Antón.
En Cosas de papá y mamá, de Alfonso Paso, muy bien adaptada al
ambiente mexicano por Manuel S. Navarro, el autor critica a esa “juventud de provecho”, que a fuerza de preocuparse por ganar dinero,
por la ciencia, el trabajo y la camaradería, se ha olvidado del amor y lo
suple con úlceras, medicinas y negocios.
Así pues, no son los
jóvenes quienes en este caso se enamoran, sino los padres de los jóvenes, lo
que crea un conflicto entre los hijos, para al final, como buena comedia,
después de hacer una fina burla de los prejuicios de los “muchachos modernos
de amplio criterio” y de su falta de sensibilidad, encontrar una divertida
solución.
Todas las escenas destilan
comicidad. Catita, hace prodigios con su vis cómica, lo mismo que Óscar Ortiz
de Pinedo, actor brillante cuando está bien dirigido. Justísima la actuación
de Luz María Aguilar, Joaquín Cordero y Miguel Suárez; muy bien también Lupe Pallás.
Manolo Fábregas, con su acostumbrado derroche y profesionalismo
nos brinda una producción digna de cualquier compañía comercial del mundo.
Este es el tipo de comedias a las que Fábregas les saca todo su provecho,
como director y como productor.
En cuanto a la escenografía
de David Antón, se llevó un justo aplauso al levantarse el telón.
En resumen una comedia que
le divertirá.
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