La ronda. Teatro La Esfera. Autor, Arthur Schnitzler.
Traducción, Elda Peralta. Adaptación, narración, poesías, canciones y
dirección, Alexandro.
Vestuario. Lilia Carrillo. Escenografía, Manuel Felguérez.
Reparto: Beatriz Sheridan, Héctor Ortega, Farnesio de Bernal, Jana Kleinburg, Sergio Jurado, Berta Lomelí, Carlos Ancira, Leonor Llausás, Luis
Lomelí, Elda Peralta, Salvador Zea, Bernarda Landa.
La ronda es una de esas comedias
de estilo ligero, intrascendentes, que no hablan en forma positiva de la
postura del hombre, o de la mujer, frente al amor; frente a esa liga humana
que reclama sinceridad y no engaño, entrega y no egoísmo. Es una obra que trata de decir que el
amor verdadero no existe. Tesis muy discutible y sobre todo muy negativa; no
obstante, la comedia está presentada en forma tal, que es obligatorio reír.
Reír porque las situaciones humanas resultan cómicas, aun cuando en el fondo
puedan apreciarse trágicas.
Si esto ya es una contradicción,
el que Alexandro tenga éxito con esta obra, y lo
tendrá, pues a nuestro público le gusta reír, venga o no a cuento, es una
completa paradoja. Porque es una paradoja que cuando un director, en este
caso Alexandro, aporta al teatro nuevas
concepciones y formas de expresión, nacidas de una visión estética distinta,
no sea reconocido, sino por el contrario, obstruido por nuestras autoridades,
criticado por los conservadores o tradicionalistas y vituperado por los
detractores de todo aquello que huele a creación, sea en cambio “admitido” y
“reconocido” como un buen director precisamente con su trabajo más
tradicional -hasta donde Alexandro puede ser
tradicional, ya que no puede borrar su imaginación creadora-, y por tanto
por su trabajo menos valioso. No quiere decir esto que La ronda esté mal dirigida, no, por lo contrario, hizo de esta
comedia insulsa y hasta cierto punto sórdida algo amable y lleno de gracia.
Técnicamente puede encontrarse que las dos primeras escenas y las dos
últimas, adolecen de un defecto: lentitud. En ellas se advierte
un estilo más propio de Alexandro, pero menos
adecuado al ritmo y al tono del resto de la comedia. Ese cambio de concepción
desconcierta. Si juzgáramos esas escenas -las dos primeras y la última
especialmente- como parte de otra obra, encontraríamos en ellas aciertos de
dirección indiscutibles, como el uso de las luces, el juego escénico y la
profundidad que trata de imprimirles, pero dichas escenas |
Farnesio de Bernal y Berta Lomelí en La ronda. [Pie de foto.]
Diorama
Teatral
Por
MARA REYES
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como parte de La ronda no encajan, hacen que se
pierda la unidad. En ellas hay un sentido dramático que no va acorde con el
tono de farsa que asume en las escenas del centro de la comedia.
Nos parece, de cualquier forma,
una magnífica dirección. Es lastimoso ver que un director de la categoría de Alexandro se vea obligado a hacer transacciones con el
teatro “comercial”, para poder seguir su camino, cuando debiera estar apoyado
por entero por el Gobierno, y por los grupos de intelectuales que se
interesen por el buen teatro.
En cuanto a las actuaciones, esta
obra es de las típicamente escritas para el lucimiento de todos los actores.
Quienes en esta ocasión destacan más y logran un trabajo más sincero y
completo, son Beatriz Sheridan, Héctor Ortega, Farnesio Bernal, Sergio
Jurado, Jana Kleimburg y Berta Lomelí.
Después de haber visto la
interpretación de la momia a Beatriz Sheridan, en La
Sonata de los espectros, la de la reina en La mujer transparente y la de la muchacha de La lección -muchacha
que no tiene nada que ver con la jovencita de La ronda‑ estamos convencidos de que Beatriz Sheridan es uno de los valores más firmes
de nuestro teatro en México. Y casi tendríamos que repetir las mismas
palabras si habláramos mas detenidamente de Héctor Ortega.
En cuanto al trabajo de Carlos Ancira, (uno de los actores por quienes más admiración
siento), debo admitir que en esta ocasión no |
creó una
correcta identificación con su personaje, lo mismo que Leonor Llausás, a quien en todas formas la encontramos muy
superior a su última aparición en Becket
o el Honor a Dios, y no sabríamos a ciencia cierta si la deficiencia de
estos actores se deba a ellos o a la dirección de Alexandro, pues sus escenas
están comprendidas entre aquellas a las que este director dio un sentido
distinto.
Quien no nos convenció en lo
absoluto fue Elda Peralta. ¡Qué diferencia de su actuación en La sonata de los espectros en la cual
lograba una interpretación perfecta de su personaje! La vimos -por que casi no la oímos- muy baja en relación a los demás actores. Bernarda Landa, a
quien recordamos mucho en aquella pantomima de La madrina de oro, no tiene ocasión de lucimiento en esta comedia
y en cuanto a Luis Lomelí, se advierte en él un fiel y respetuoso trabajo, de
lo que le fue marcado por el director, pero... hay un “pero” ineludible, le
falta “ángel”, es un buen actor, al que no se le advierte -al menos en esta ocasión- la chispa creadora. ¡Lástima!
Dejamos hasta el final el hablar
del vestuario y la escenografía, pues merecen párrafo aparte. Lilia Carrillo,
aun cuando la obra no le dio oportunidad de hacer creaciones como en La sonata de los espectros en que todo
era imaginación, nos presentó un vestuario de buen gusto y adecuado a la
comedia. Y Manuel Felguérez continuó haciendo
prodigios en la escenografía; mínimos recursos y óptimos resultados, parece
ser su lema, ¡Bravo Felguérez!
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