Hablar de Ionesco no es fácil, como no es fácil nada relacionado con él, ni dirigir una obra suya, ni actuarla. La interpretación de este autor es siempre causa de discusión y de controversia, dada la forma tan exclusiva que tiene de escribir. Su aparente incoherencia es la manera que ha encontrado de comunicarnos toda la profundidad de su pensamiento, sin embargo, jamás es incoherente. Pocos escritores dan a cada palabra todo el significado que él da a las más triviales de sus frases, a las de apariencia más inofensiva.
Explicar en pocas palabras lo que Ionesco ha querido decir con La lección, es tanto como tratar de mostrar la fauna marina exhibiendo un ejemplar de cada especie. ¡Resultaría de tal magnitud que sería imposible evitar que escapara de nuestros ojos algún ejemplar! Sin embargo, trataremos de sintetizar. Ionesco nos presenta el problema del conocimiento como algo que llevado por determinados caminos conduce en vez de a la superación a la destrucción. La ciencia está personificada por el profesor y el hombre, como especie, por la alumna. El hombre quiere aprender, impulsado por el pensamiento, se deja llevar por su entusiasmo y estudia, intenta descubrir los enigmas del universo y es llevado de la matemática, a la filosofía, a la metafísica, a la teología y por fin a su destrucción. En esto puede descubrirse incluso una crítica a la utilización de la ciencia por el hombre -como en el caso de la trágica bomba atómica- para fines destructivos. Después de esa destrucción Ionesco ve volver al hombre a la barbarie -de ahí que el profesor después de dar muerte a la alumna, al quitarse el revestimiento que usó para el momento de ese acto, incluso violatorio- quede cubierto con una especie de piel de mono. Llega otra alumna y todos sabemos que la historia volverá a repetirse inexorablemente.
La obra tiene además una serie de implicaciones y de temas que Ionesco trata de manera magistral. Se descubre en ella todo el sadismo del hombre, su impotencia, su anhelo siempre frustrado de felicidad, su incapacidad de comunicación, como en la escena en la que el profesor explica a la alumna que todos los Idiomas tienen las |
mismas palabras sólo que los hombres no las comprenden. Es decir, que a pesar de haber inventado el lenguaje para comunicarse, el hombre está solo, aislado. La criada, otro personaje de gran importancia en el drama, advierte el peligro, es una especie de conciencia a la que no le está permitido tomar determinaciones, es una conciencia mutilada, deformada, incapaz de actuar, incapaz de detener al destino.
Puede estarse en desacuerdo con Ionesco y pensar que el hombre sí tiene salvación, que el hombre sabrá utilizar a la ciencia en su provecho y no en su destrucción, pero no puede objetársele la enorme fuerza de su obra y la enérgica denuncia que hace de un mundo en el que las fuerzas humanas están luchando en su contra en vez de en su favor.
Alexandro, por su parte, sin duda uno de los mejores intérpretes de Ionesco, ha sabido llevar a la obra a sus últimas consecuencias. Detalles como el de la forma en que se reviste el profesor en el momento de la crisis final, es una muestra de la comprensión de Alexandro de la obra de Ionesco. El espacio no permite extendernos en los aciertos de este director que logra estrujar al espectador -y no reír como lo hizo Passy, con su dirección de La cantante calva, falseando totalmente la intención de Ionesco- Alexandro logra comunicar toda la fuerza de este autor de tan difícil interpretación.
La escenografía, de Felguérez, irreal, sugerente, un poco a la manera “constructivista” de Meyerhold, nos hace pensar en engranajes, en máquinas o “cerebros” electrónicos, en un mundo deformado, en una palabra. Lo mismo sucede con los efectos de sonido.
En cuanto a la actuación, la de Carlos Ancira resulta... espeluznante- no encuentro otra palabra más descriptiva-, lo mismo que la de Salvador Zea en el papel de María, la sirviente o amante -la sabiduría y la conciencia siempre tienen relaciones.
Una auténtica revelación fue la actuación de Beatriz Sheridan en el papel de la alumna, es decir, del símbolo del ser humano, que aunque trata de detenerse, de renunciar a la sabiduría, ya no puede impedir que ésta siga adueñándose de su ser y termine por destruirle. |