de
destrucción abrumadora; el hijo, que se debate en toda la lucha de la
juventud, de los instintos y de los “por qué y para qué” y el joven maestro
de la otra hija, de la familiar [sic] con su drama interno de ser hijo
de un nazi, criminal de los campos de concentración, y que lleva en los
hombros todo el lastre que aquello representa.
En el trasfondo, como un contrapunto, la hija,
símbolo de la claridad, de la normalidad, en una palabra: de la libertad,
como en la propia obra se dice: “Mónica es lo único libre en esta casa.”
Mónica representa la esperanza en la vida.
En cuanto a las interpretaciones, todas son
extraordinarias. Por el carácter mismo de la obra, además de por sus
cualidades de actor, es Héctor Gómez, quien sobresale. Su personaje es el eje
alrededor del cual todo se mueve. Sobre su tema sobrevienen las variaciones.
Es indudablemente el papel con que Héctor Gómez había soñado.
La escenografía, muy norteamericana, realizada con
mucha propiedad.
En general, una buena producción y una obra digna de
recibir toda atención. |