Esperanza de otoño.
Sala Chopin. Autora: Faina Borisova. Dirección: Jebert Darién. Escenografía:
Julio Prieto. Reparto (por orden de aparición): Germán Robles, Judy Ponte,
Lorenzo López, María Luisa Serrano, Guillermo Herrera, Armando Velasco y
Arturo Soto Rangel.
Después
de algún tiempo de no hacer teatro, Germán Robles y Judy Ponte cometen el
error de volver al escenario con una obra en la que no hay un solo pasaje que
se sostenga. Comienza la pieza por hacernos creer que Germán Robles -don Mateo- con unas cuantas canas en las sienes, es un hombre
de 50 años, para lo cual camina con pasitos breves de anciano y la espalda
encorvada, y esto en lugar de justificar la edad, resulta inadecuado para un
hombre de esa edad. Este personaje se enamora de una joven de 17 años que se
enamora, a primera vista, del hermano de Mateo -que es un
joven por lo menos con 25 años menos-. Don Mateo obliga a su hermano, que es
un calavera, a casarse con la joven y nos enteramos en el tercer acto que
después de seis meses de matrimonio Irene y Roberto -que así se llama el hermano- tienen un accidente
del que él sale ileso y ella muere. Roberto pide perdón a Mateo, perdón que
él no le otorga. ¿Qué falta por ocurrir en el melodrama-churro? ¡Ya está!
Faltaba un fantasmito. Mateo habla de que la muerte de ella los ha acercado;
en ese momento se escucha un canto -suponemos que
celestial- las luces se
atenúan y una puerta se abre sola; es el espíritu de Irene que entra al
estudio del pintor Mateo. Se nos ocurre pensar que si el espíritu quería
entrar no necesitaba abrir la puerta, pero, en fin...
En ese momento respiramos... era el
final de la obra. Técnicamente hablando, a la obra no la salva nada. Su
diálogo es pobre, pero de una pobreza vergonzosa. Los personajes no actúan
movidos por una dinámica interior, sino por lo que se le ocurre a la autora.
Las situaciones son falsas. Salen sobrando por lo demás dos cuadros completos
en los que no se hace otra cosa que repetir: el 2º del primer acto y el 1º
del segundo acto. Para mayor remachar, la señora Borisova no tiene idea del
porqué se utiliza el telón en el teatro, tal parece que ella |
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piensa que sólo cae para que el
público pueda salir a fumar o a tomar un respiro. Ignora absolutamente lo que
es construcción dramática.
Por otra parte, Jebert Darién, en
vez de corregir en la medida de lo posible los errores, los acentúa. Siendo
Jebert uno de los directores que más prometía, a partir de La tierra es
redonda, más o menos, da muestras no sólo de estancamiento como director,
sino de retroceso. En su dirección de esta pieza sólo se encontró monotonía,
ausencia total de matiz; no había pausas, a pesar de la enorme lentitud, pues
le faltaban cantidades superlativas de ritmo. De lo que sí hubo en abundancia
fue cursilería, tanto por culpa de la autora como del director.
Del reparto es casi
inútil hablar, pues bien sabemos que los actores, cuando la obra y la
dirección son malas, es una casualidad de uno por mil que se salven. Todos se
ven falsos y Soto Rangel, que no estaba anunciado en el programa, dio la
puntilla.
Pocas
veces se ha percibido en el público mayor deseo de “menear” una obra, como en esta ocasión -y en El
macho- y realmente ya va siendo indispensable que se
implante como medida profiláctica, el “meneo”, olvidado en México desde hace
muchos años. |
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