Acto sin palabras. Teatro Orientación. Autor: Samuel Beckett.
Intérprete: Alejandro Jodorowsky.
Efectivamente
sin palabras, Beckett y Alejandro -no puede hablarse de uno solo de ellos, ya
que no se entiende en esta obra al autor sin el intérprete, ni al intérprete
sin el autor- nos muestran un hombre en medio de su soledad, no se sabe de
dónde viene y no puede ir a ninguna parte. A base de símbolos se descubre la
lucha del hombre por lograr algo en la vida. Las oportunidades se le brindan
siempre a medias y en cada una de ellas el hombre fracasa en su intento de
aprovecharlas. Es impotente. Intenta el suicidio y tampoco la muerte depende
de su voluntad, fracasa de nuevo. El hombre está a merced de su destino,
pierde el ánimo, una última oportunidad se acerca a él, está al alcance de la
mano, pero el hombre ya no tiene interés en conseguir el triunfo. Permanece
derrotado esperando su fin. Obra e interpretación conmoverána aquellos que sientan.
Fin de partida. Teatro
Orientación. Autor: Samuel Beckett. Traducción: Álvaro Arauz. Escenografía:
Rafael Coronel. Dirección: Alejandro Jodorowsky. Reparto (por orden de
aparición): Carlos Ancira, Alejandro, Amparo Villegas y Héctor
Ortega.
Cuatro personajes: el amo, ciego, que
como un dios quiere estar al centro siempre para dominarlo todo; el esclavo,
agresivo, pero incapaz de una auténtica rebelión, y los padres-hijos del amo,
viven cada uno de ellos en un bote de basura, inútilmente, sobreviviendo
angustiosamente al pasado. Beckett demuestra en esta obra, más que en Esperando
a Godot, su rechazo a la vida y a todos sus valores. Es esta una obra en
la que convergen todas las miserias
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Diorama Teatral
Por MARA REYES
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humanas,
la repugnancia, la irresponsabilidad, la soledad y todas las condiciones
negativas de la sociedad y naturaleza humanas, suprimiendo todo lo que de
positivo puede haber en la vida de los hombres. A pesar de ser una obra que
chocará con la naturaleza de aquellas personas que tienen una idea distinta
de la vida, pues habemos quienes pensamos que no todo en ella es negativo, no
se puede refutar a Beckett el vuelo literario y la profundidad que da a su
obra, de lo que no muchos autores son capaces. La construcción dramática no está
regida, tal como estamos acostumbrados, a un planteamiento, un desarrollo de
la acción y un desenlace en el que se resuelve un conflicto; y es que en una
obra que llega a las últimas consecuencias del existencialismo no se puede,
ni se debe, esperar que haya desenlace. La acción, de principio a fin, es
repetida, fatigosa y se tiene idea de que seguirá repitiéndose durante
siglos. Se tiene conciencia de que avanza, sólo en cuanto que el tiempo se
desliza, pero Beckett nos dice que a pesar de que el tiempo transcurre y de
que todo se acerca a su fin, las acciones de los hombres son siempre las
mismas.
Las palmas se las lleva sin duda
Alejandro en su calidad de director de escena. Se reconoce en él una
personalidad propia; en cuanto a su trabajo como actor, lo único que va en su
contra es la voz, poco firme, pequeña y rasposa, por lo demás, su actuación
es magnifica, lo mismo que la de Carlos Ancira, quien se despoja ahora de
algunos vicios |
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adquiridos y se renueva en forma sorprendente. Amparo
Villegas, en la vieja-niña, captó en forma admirable ese personaje difícil
como todos los de Beckett. He dejado para el final propositivamente el
mencionar a Héctor Ortega, en mi opinión la revelación masculina del año,
quien hace una creación de su Nagg, en la que logra proyectar toda la
repugnancia y la ternura de su personaje con una maestría poco común.
La maestra milagrosa. Teatro de los Insurgentes. Autor: William Gibson.
Traducción: Lucille Henderson. Escenografía: Julio Prieto. Dirección: Manolo
Fábregas. Reparto: Aurora Bautista, Elizabeth Dupeyrón, Miguel Manzano,
Yolanda Mérida, etcétera...
Una
obra teatral sin más mérito que el reconocimiento a la labor de una mujer:
Annie Sullivan, la maestra que sacó de las tinieblas a Hellen Keller, esa
niña ciega, sorda y muda que ha dedicado su vida -es ahora una anciana- a alentar a la humanidad y a trabajar
por la paz. Como obra teatral su calidad es bastante restringida. Los
personajes están bien trazados y hay escenas muy bien construidas.
A
Aurora Bautista, a quien todos conocemos por el cine como una gran trágica,
en realidad no se la puede apreciar en un papel como éste -bastante gris- y
esperamos una ocasión más afortunada en la que pueda mostrar su talla de
actriz y en la que podamos decir que vimos a Aurora Bautista.
La actriz que barre en realidad con
todos es la niña Elizabeth Dupeyrón, que hace el papel de Hellen Keller.
Sincera, espontánea y con un dominio de la mímica extraordinario.
Desde luego Manolo Fábregas hizo lucir
una gran producción y una espléndida escenografía de Julio Prieto, de las de
cajón. Las escenas que sobresalieron por su dirección fueron las escenas
mudas entre Aurora Bautista y la niña Dupeyrón.
Miguel Manzano, Yolanda Mérida, Jorge
del Campo, Natalia Gentil Arcos y Miguel Suárez, en segundo plano por el
carácter mismo de la obra, cumplieron con sus papeles con toda discreción.
Alta fidelidad. Teatro Arcos Caracol. Autor: Michel Durán. Traducción: Licenciado Wilberto Cantón. Dirección: José de Jesús Aceves. Escenografía:
?? Reparto: Francisco Muller, Elena Julián, Leopoldo Ortín, etcétera.
Un vodevil tipo astrakán, sin otra
misión que la de divertir. Dirigido sin altisonancias, ágilmente. Elena
Julián, buena madera, actúa con frescura. Ada Carrasco, de quien recordamos
su brillante actuación en La pelirroja, en un papel corto pero al que
saca mucho partido. Francisco Muller bien, como siempre, lo mismo que
Leopoldo Ortín, cómico que no se sale de los límites. Ismael Larumbe, a quien
hemos visto antes de ahora en una sola ocasión, en un viaje totalmente
diferente como era el que hacía en El viaje de la vida, da indicios de
tener capacidad de actor. Y como siempre, Sara Gabriela, la mosca en la sopa,
más discreta que en la obra anterior, pero igual de poco actriz.
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