Un tigre a las puertas.
Teatro Xola, Autor: Jean Giraudoux. Dirección: Ignacio Retes. Escenografía y
vestuario: Julio prieto. Reparto: Ignacio López Tarso, Manola Saavedra,
Rafael Llamas, Anita Blanch. Rafael Estrada, Yolanda Ciani, Héctor Andremar,
etc.
Es
curioso observar cómo los autores teatrales modernos -y llamo modernos a
aquellos que han vivido en este siglo- han tomado la época griega corno recurso para hacer
un parangón con los actuales conflictos internacionales. Especialmente la
guerra entre Grecia y Troya, quizá porque este país desapareció después de
aquella famosa guerra y en nuestros días se supone que de haber otra guerra
al menos un país -si no es que todo el mundo- quedaría borrado para siempre
del mapa. En nuestra cartelera teatral se encuentran precisamente dos
ejemplos de este fenómeno: El viaje de la vida -ya comentada
anteriormente- que sucede en Grecia en el momento en que Agamenón
parte a la guerra con Troya y termina en el instante en que éste vuelve
victorioso, y Un tigre a las puertas, cuyo título
original es No habrá guerra en Troya (no sé a qué viene ese empeño en
cambiar el nombre original a las obras) que ocurre en Troya poco antes de que
se desate la guerra famosa. Es decir, los dos puntos de vista, |
Diorama Teatral
L A
A C T U A L I D A D D E G I R A U D O U X
Por MARA REYES
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Agamenón,
el héroe de la guerra, y Héctor el héroe de la paz.
Giraudoux,
con la profundidad, el lirismo y la ironía que lo caracteriza -recuérdese Anfitrión
38, Electra, Sigfrido, Ondina, etcétera- toma al hombre
y lo desnuda, satiriza la Ley, el Derecho y crea personajes de gran hondura
humana. En una extraordinaria escena entre los dos jefes militares: Héctor y
Ulises, hace Giraudoux un balance de los valores de la vida y llega a la
conclusión de que la alegría de vivir, la familia, el hogar, la tranquilidad,
el amor, no pueden, a pesar de toda su fuerza y su importancia en el devenir
histórico, impedir que la guerra, destructora de todos estos valores, se
abata sobre el mundo. Es una obra pacifista, ¡si! y nada más antibélico que
ese discurso que Héctor lanza a los muertos caídos en la guerra, pero al
mismo tiempo hay en ella un fatalismo expresado en conceptos como el de que a
pesar de ganar cada batalla en la lucha por la paz, a pesar de sacrificarse,
de humillarse -como Héctor lo hace-
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sabe
Héctor que perderá la última batalla. Y lo más doloroso, nos dice Giraudoux, es que esa guerra será desatada por una mentira. Es por eso
que Andrómaca ruega a Helena que ame a Paris, para que al menos el motivo de esa guerra sea una verdad.
Excelente la traducción de Xavier Villaurrutia y Agustín Lazo. Retes en esta
ocasión, trabajo con justeza, sin cambiar el orden de las escenas, como en Marco
Polo, ni otros alardes parecidos; consiguió el ritmo y el tono adecuados,
logró una representación sobria y vigorosa. De Ignacio López Tarso, cada vez que se habla se cae en la repetición, pues es uno de esos actores
que cada vez que se presentan suman a su carrera un nuevo triunfo, por eso es
inútil volver a insistir en que sabe “decir” -cosa que de
muy pocos de nuestros actores podemos afirmar- sabe
proyectar la emoción y, en fin… sabe actuar. A Manola Saavedra la encontramos
totalmente diferente de aquel Baile de los ladrones; ahora sí es una
actriz; hay algo nuevo en ella además de sus adelantos estrictamente
técnicos, como el fraseo y la supresión de aquel cantadito que todavía le
escuchamos en El error de estar vivo; no podríamos precisar que es ese
“algo”, tal vez que se le observa más mujer, menos adolescente. Merece un
aplauso sin cortapisa. El reparto es numeroso y no podríamos extendernos en
hacer un análisis de la actuación de cada uno de los intérpretes; sólo
mencionaremos como sobresalientes las actuaciones de Rafael Llamas, Carlos
Fernández -mucho mejor que en sus últimas apariciones-, Rafael Estrada, Anita Blanch, Héctor Andremar -a quien no veíamos desde hace algunos años- y José Carlos Ruiz, quien
a pesar de su corto papel destaca por su magnífica voz y calidad
interpretativa. Otros actores en cambio, como Agustín Sauret, hicieron
peligrar el éxito de la representación. El resto del reparto: Yolanda Ciani,
Óscar Grijalva, etcétera... discretos. Es una lástima que Retes haya
preferido que Helena estuviera representada más por la belleza física que por
la belleza de interpretación, lo que dio por resultado que Erna Marta Bauman -que podrá llegar a ser una buena actriz, pero que todavía no lo es- dejara impávido al auditorio.
El vestuario,
especialmente el de los griegos, mediocre, y la escenografía de Prieto,
funcional y de muy buen gusto, y sobre todo menos espectacular que la de Marco
Polo, lo cual es preferible si tomamos
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en
cuenta el costo desorbitado y hasta cierto punto inútil de esos alardes,
puesto que la calidad artística de una escenografía puede lograrse, cuando se
es artista -y Julio Prieto lo es- como se dice vulgarmente, con
saliva.
En
resumen, una obra que no debe usted dejar de ver y, sobre todo, de oír.
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