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Diorama Teatral

  DOS BUENOS RATOS

 

   Por MARA REYES

 

 

 

    El juego a papá y mamá. Teatro: Jorge Negrete. Autora: Luz María Servín. Dirección: Virgilio Mariel. Escenografía: Antonio López Mancera. Reparto: Carmen Montejo y Francisco Jambrina.

Existen comedias que, a pesar de estar bien escritas, sin errores notorios, dejan un sabor de indiferencia o de franco desagrado; en esta pieza de Luz María Servín, por el contrario, podrán encontrársele errores, pequeños o grandes, y sin embargo la impresión final, global, es de convencimiento y de agrado.

Podrá ser tachada de cursi, especialmente el segundo acto, pero puede aducirse en su defensa que la propia personalidad de los personajes por ella elegidos, provincianos y solterones, es lo que tiene que llevar en momentos hacia la cursilería. Si la autora, por tratar de evitar esos momentos, hubiera hecho que variaran las reacciones de los personajes, habría caído en falsedad. Si algo tiene la obra. y esto es su mayor acierto, es la observación tan aguda de la sicología de sus personajes. Y las dudas y bruscas transiciones entre el drama y el juego, no revelan otra cosa que la lucha entre los principios morales inculcados en los personajes desde la infancia y el sentirse padres frustrados.

El error sería otro: la construcción. El primer acto es el mejor escrito, el que plantea con mayor vigor el problema; en cambio, el segundo acto baja en intensidad, y aunque en el tercero se recupera, no llega a ser mejor que el primero. En contraposición hace gala de un diálogo fluido, cuidadoso y en momentos lírico.

La dirección de Virgilio Mariel, mucho más cuidadosa que la de Los cuervos están de luto, más lograda. Por su parte, Carmen Montejo y Francisco Jambrina no podían estar mejor. Con qué sencillez hilan sus diálogos. Logran una continuidad perfecta como personajes y de situación. ¡Con qué vivencia crea Carmen a esa Elena que alimenta la esperanza de albergar un hijo en su entraña cuando la verdad es que

 

 

 

 

 

 

su organismo de mujer inicia su decadencia!

El viaje de la vida. Teatro del Granero. Autor: Herbert T. Cobey. Dirección: Xavier Rojas. Escenografía: Jorge Contreras. Vestuario: Elvira Gascón. Reparto: María Douglas, Eduardo Fajardo, María Idalia, Daniel Viliarán, etcétera.

Tomando una versión diferente a la acostumbrada del pasaje aquel en que Clitemnestra decide la muerte de su esposo Agamenón, Herbert T. Cobey hace una tragedia de proyección actual en la que sustenta una decidida tesis pacifista. Habla de los resentimientos que una guerra acarrea dentro de la familia, en la que se pierde a los seres allegados. Habla también de la soledad y de la inutilidad de las guerras, de las causas tan vanas que las producen. La guerra es un tema eterno y por eso el lenguaje del que se sirve el autor es intemporal. Tal vez podríamos decir que lo único que le faltó a Cobey es mayor fuerza, esta fuerza que Anouilh desata por ejemplo en su Antígona o en su Medea.

Xavier Rojas pudo enfrentarse en esta ocasión con un tema de gran hondura y que planteaba serios problemas a un teatro de tipo circular, sin embargo Rojas sale avante como tantas veces y consigue una armoniosa, plástica y vigorosa puesta en escena.

María Douglas, de nuevo en sus lares, justa emotiva; cada escena va en crescendo hasta llegar a la tragedia. Frente a ella, de frente y sin bajar la vista, María Idalia, en un duelo en el que no hay vencedor ni vencido. Eduardo Fajardo, voz y prestancia, pero sin la emoción que puso al Alcalde de Zalamea. Y sobresaliendo de entre los papeles que podrían llamarse de segundo frente: Daniel Villarán, a quien acabábamos de ver una buena actuación en el teatro Japonés, en suma: un buen actor.

El debut de Isabel Ojailen y de Jorge Arvizu, no pudo ser de mejor augurio. El resto del reparto, discreto. La escenografía del arquitecto Jorge Contreras, funcional. Merece atención especial el vestuario diseñado por Elvira Gascón, que es, en justicia, de lo mejor que hemos visto en teatro griego.