Anacleto Morones y Las
danzas de la muerte. Teatro de la UNAM. Autor de Anacleto…,
Juan Rulfo. Autores de Las danzas de la muerte: Arcipreste de Hita,
Jorge Manrique, Calderón de la Barca, Quevedo, Neruda, Villaurrutia, Gorostiza y Anónimos (ss. XIII y XV).
Director y autor de la versión: Miguel Sabido. Reparto (por orden de
aparición): Íñigo Lapuente, José Adolfo Rodríguez, Marta Zavaleta, Itsu
Weiss, Laura Oseguera, Sara Calleja, Marcela Velarde, Irene Sabido, Yolanda
Curiel, Lenin Molina Tapia, Walter Fritsch, Lilia Carrillo y Armando Millán.
Anacleto Morones
El cuento está ahí. No ha
perdido ninguna de sus calidades como cuento. No porque haya un narrador. No. Son los recuerdos que se mezclan con la
vida; y la vida que se revuelve en la mente haciendo una sola estampa.
El director y el autor de la versión, ha logrado plasmar todo el contenido irónico de Rulfo a base de
actitudes, gestos y un equilibrio extraordinario entre las escenas.
La escenografía, semisugerida,
semirreal, tiene aciertos, como el biombo de papel que imita los papeles
pintados de nuestro pueblo. Biombo que da un fondo poético a la comedia (si
comedia se le puede llamar).
José Adolfo Rodríguez, madera de actor, actúa con
sobriedad. El coro de las “viejas”: Marta Zavaleta, Itsu Weiss, Marcela
Velarde, etcetera... parece salido de las páginas del libro; casi sin imagen,
encarnando a la lascivia, la banalidad, la soberbia. Todos los pecados unidos
en un haz, pero encubiertos siempre por una falsa moral. La hipocresía,
altiva, se enseñorea entre ellas. Y las “viejas” en un intento de hacer
aparecer sus pecados como obras pías, ensalzan al
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“tentador Anacleto” como a un santo y lo veneran
ocultando con la pretendida santidad sus verdaderos sentimientos.
Todo el grupo, sin una sola disonancia,
como una sinfonía de voces, matices, actitudes, gestos y silencios, consigue una realización limpia y sincera.
Las danzas de la
muerte
La
idea de reunir la obra poética acerca de la muerte, de diversos autores
antiguos y modernos es, en verdad, una muy acertada idea. También lo es el
hacer la representación con una forma que podría acercarse al molde griego; o sea una síntesis entre la palabra, la música y la danza. Pero en
esta ocasión Miguel Sabido y el grupo de jóvenes no fue tan afortunado como
en Anacleto Morones. La idea les resultó algo grande. Se precisaría
que los actores dominaran la técnica “biomecánica” -no la danza, sino la mecánica del cuerpo-. Por otra parte necesitan
dominar la voz. Saber “decir” el verso, aun cuando no en la forma clásica,
pues este género de representación requiere un tratamiento distinto.
La coreografía no dejó de ser mediocre. El intento,
demasiado ambicioso, a pesar de no haber resultado afortunado, es, sin
embargo, un paso hacia la búsqueda, y eso siempre es positivo.
Entre los actores destaca José Adolfo
Rodríguez.
Las posibilidades que se abren Miguel
Sabido son muchas. ¡Debe continuar su búsqueda!
Al fin, con los nuevos directores
jóvenes: Héctor Mendoza, José Luis Ibáñez, Juan José Gurrola y Miguel Sabido,
podemos decir que hay teatro experimental en México, tomando la
palabra en su verdadero sentido.
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