el valor de vivir su presente, y por la otra,
generalizando, a una clase social, aristocracia en este caso, que no puede
liberarse de las tradiciones y de una vida apegada a un pretérito que no sabe
amoldarse a las nuevas exigencias y vicisitudes.
Salvador Novo, con su enorme
sensibilidad, lleva paso a paso la obra, por momentos predomina el tono de
farsa, por momento la fina comedia; siempre medido, justo. Se pasea por las
obras de Anouilh como un pavo real por un jardín áulico.
En verdad sobresaliente, adecuada en
todo al carácter de la pieza, la escenografía de López Mancera resolvió los
problemas de localización y dio un marco de inigualable delicadeza a la
acción.
Kitty de Hoyos no defraudó a los que con
fe en ella le otorgaron el premio de la Revelación Femenina por sus
actuaciones en el año 1959. Sincera, graciosa, segura de sí misma, demostró
su vocación y sensibilidad.
Tal vez por la excitación del estreno, o
la fatiga, estaban todos bajos de voz, la única que mantuvo el tono adecuado
fue Kitty, pues aunque Berta Moss, actriz de enormes recursos, posee una
potente voz, en ocasiones perdía su claridad. Carlos Fernández mantuvo una
actuación limpia y cuidadosa. Francisco Jambrina, debiendo aparecer
insignificante, papel que muy raras ocasiones tiene oportunidad de
desempeñar, logró despojarse de muchos de sus vicios escénicos. Creo que la
interpretación de este personaje le sea muy saludable en lo futuro.
Dos actores, de enorme mérito ambos,
hicieron muy buen trabajo: Miguel Suárez y Mario García González. Los dos
saben tomar de sí mismos, como personas, lo que conviene a sus personajes y
rechazar lo que no se identifica con ellos; por eso logran siempre
interpretaciones justas y convincentes.
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