Teatro: Palacio de las Bellas Artes. Comédie Française (Salle Richelieu). Director: Bernard
Roussillon. Decorado
y Vestuario: Suzanne Lalique. Elenco: Maurice
Escande, Jacques Eyser, Jacques Sereys, Maco‑Behar, J. J. Jemma,
J. Toja, Annie Ducaux, L. Delamare,
H. Perdriere, D. Gence,
H. Barrear, C. Winter, C. Samie, G. Fontanel y M. Fromet.
Es la presencia en México
de La Comédie Française el acontecimiento más importante de los últimos días. Se trata evidentemente
de un teatro diferente, en el que se ha dado una lección de profesionalismo y
“bien decir”, un teatro de tradición, que nos ha dispensado por un momento de
la oportunidad de observar el teatro tal y como lo vieron nuestros
antepasados: sin trucos, sin efectismos, y con un auténtico sabor de
fantasía.
Estamos acostumbrados a un
teatro de decorados macizos, realistas o únicamente sugestivos, pero no a la
tela pintada, tal y como tradicionalmente fue usada, y es precisamente ésa la
forma de decorado que la Comédie utiliza. Por otra
parte, las luces son manejadas en forma diversa; aquí, se ilumina con tonos
de color e intensidad distintos, en cambio ellos usan una luz blanca y plana.
En cuanto a la dirección están sujetos estrictamente a las normas más
ancianas. En una palabra, la actuación de estos maestros del teatro está
exenta de toda esa serie de recursos y efectismos sin los cuales nuestros
escenarios no pueden vivir. Los actores de la Comédie Française se limitan a lo más puro: a la expresión
de la palabra, y todo su apoyo son los gestos, las actitudes, sin valerse de
ningún recurso poco legítimo.
Es
de hacer notar la estupenda voz y dicción que posee cada uno de ellos. Se
trata de una compañía sin estrellas, cada uno es un verdadero valor; desde
luego puede destacar un actor como Maurice Escande o una actriz como Annie Ducaux, pero la diferencia es que no está determinado el
éxito de la representación por uno o dos de los componentes de un elenco,
sino por todos cada uno de
ellos.
Las
obras representadas fueron: Les femmes sauvantes de Molière, un Molière distinto al
que hemos conocido, diferente al que
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escenificó Jean Louis Barrault, pero indiscutiblemente por las crónicas que de
aquella época nos han llegado, más apegado al auténtico. La segunda obra fue Port‑Royal, del magnifico Henry
de Montherlant, en el último programa se presentó
una obra de Marivaux, Le jeu du l'amour et du Hasard y varias escenas de distintos
autores franceses de los últimos 50 años.
La obra de peso y sin duda
alguna la más importante fue Port‑Royal,
basada en el conflicto suscitado por Jansenio,
teólogo holandés y obispo de Ypres, cuando en su
obra Agustín, combatió al jesuita
Molina exponiendo en ella, desde su propio criterio, las doctrinas de San
Agustín acerca de la gracia, el libre albedrío y la predestinación. La obra
evoca el momento en que el arzobispo de París llega a la Casa de Port-Royal, de esa misma ciudad, que
junto con Port-Royal des Champs, constituían los baluartes del jansenismo,
casas encabezadas por Arnauld y San-Cyran. La
visita del arzobispo es con el fin de que firmen el formulario redactado por
los obispos de Francia que rezaba: “Yo condeno de corazón y de boca la
doctrina de las cinco proposiciones contenidas en el libro de Cornelio Jansenio, doctrina que no es la de San Agustín, la cual Jansenio ha malinterpretado.” El fondo de las cinco
proposiciones condenadas puede deducirse del texto de Jansenio en su tomo tercero que dice: “Todo esto demuestra plenamente y evidentemente
que no hay nada más cierto y más fundamental en la doctrina de San Agustín,
en su afirmación de que hay ciertos mandamientos imposibles, no solamente
para los infieles, los ciegos, los endurecidos, sino para los fieles, los
justos; a pesar de sus voluntades y esfuerzos, según sus propias fuerzas; y
que la gracia que pueden otorgar
esos mandamientos posibles les falta... que Jesucristo no fue, según San
Agustín, muerto por todos los
hombres”. Aquellas afirmaciones tenían que ser divergentes de las de los jesuitas. En Port‑Royal no quedarían más que las
religiosas que firmaran el documento. La dispersión de ellas interesaba a los
jesuitas. Aquél no fue sino un problema político entre el poder del Rey y el
Papa.
El episodio histórico, está excelentemente interpretado y evocado en
esta estupenda obra.
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