honrado y de pocos recursos, pero tienen otro punto
de vista para enjuiciar, para ellos esa herencia representa la solución
de sus problemas, la satisfacción de sus deseos. Estas dos diferentes
opiniones entran en conflicto y con ellas la concepción ética de dos
generaciones. El padre, que antepone sus principios al dinero y los
hijos que subordinan al dinero las consideraciones de carácter ético.
La cuestión es: ¿hasta
dónde es posible llegar a una transacción entre los bienes materiales y los principios éticos?
Y cada uno, el padre por un lado y los hijos por el otro, resuelven el problema
por caminos distintos.
El montaje de la obra, es
plausible, bien montado. Cada frase, cada silencio, apoya el texto, lo
enfatiza, lo despliega. Cada una de las acciones y reacciones de los
personajes es medida, justa, entrelazada a la madeja de los otros personajes
hasta formar, un tejido firme y constante. José Luis Jiménez nos muestra una
vez más lo que es capaz de hacer. Proyecta la turbación, la angustia, la
desesperación del hombre con un gesto, con una mirada, y al final, después de
su derrumbe, cuando dice a la mujer que no obstante “no he renunciado como
hombre…” Jiménez demuestra lo que es ser actor y lo que es ser hombre, pues
traspasa los límites del teatro.
Meche
Pascual , estupenda en el papel que forma precisamente
la antítesis del padre, pues ella es la que se le enfrenta, ya que el
hermano está totalmente subordinado a su fuerza.
Hay que
hacer una mención muy especial de Lola Tinoco, que hace
una creación verdaderamente magistral de ese difícil papel en que
“ya la jalan de un brazo como de otro”. Manuel Zozaya,
Rosa Furman, Diana Ochoa, cada uno en su papel; de
Mario Vega, puede decirse que tiene madera.
En cuanto a la
escenografía, Antonio López Mancera creó perfectamente el tipo de casa que
correspondería al presidente que al fin y al cabo no heredó.
|