Así en la tierra como en el cielo. Teatro Fábregas. Autor, Fritz Hochwälder. Traducción, Miguel Flurscheim Tromer, Director, Fernando Wagner.
Escenografía, David Antón.
Experimento sagrado, titulo
original de la obra, está basada en un hecho histórico del Paraguay ocurrido
durante la Colonia; época en que estaba unido a la Argentina
como parte de la Colonia del Río
de la Plata. La historia dice que los jesuitas fueron enviados para convertir
y civilizar a lo guaraníes por la real orden de 1609. Estos religiosos
concentraron a los indios en “reducciones” donde les enseñaron a más de la
religión, agricultura y pequeñas industrias. Respetaron su idioma y les
otorgaban protección, al grado de que no se permitía a ningún español
permanecer en las reducciones más de tres días y aún para esto debían solicitar
autorización a la Orden. Estaba además abolida la pena corporal y por
ende la capital; tenían su propia milicia para su defensa.
Cuando la
expulsión de los jesuitas de España y sus dominios, por Carlos III, en 1767,
las 33 reducciones indígenas, que comprendían unos 200,000 indios, pasaron a
ser dirigidas por sacerdotes seculares, y se desintegraron.
Con este,
el autor aborda temas como la explotación del hombre por el hombre, y la
justicia social
.
El primer
acto llega al clímax con una frase terrible: “...Y estáis acusados de algo
peor… tener la razón…” Por eso ese equitativo sistema debía desaparecer.
Fritz Hochwälder,
lleva los distintos problemas a todos los planos; también en el teológico
sobreviene el conflicto: los indios no se convertían por su salvación eterna, sino porque los jesuitas les
daban seguridad de vida, es decir, trabajo digno, alimento, ropa. Y querían por
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lo tanto “al Dios de los jesuitas y no al Dios de
los españoles”. Y se plantea el problema: ¿hasta qué punto es posible a las
órdenes religiosas apoyarse en el poder temporal? ¿Están al servicio de
la religión o de la política? Las propias autoridades religiosas les
marcan el alto. España, la encabezadora de la
Contrarreforma, no podía autorizarlo.
El
juicio, es de gran significación en la obra, pues en el curso de él se
afrontan los problemas que en el nivel social y teológico origina el
“experimento sagrado” del “Estado de Dios”.
En resumen,
se trata de una obra profunda y actual, bien escrita, y en la que palpitan
problemas cada día más arraigados.
El
montaje está llevado a cabo con toda propiedad. Muy buena la traducción y la
escenografía. Wagner, resolvió con agudeza y habilidad los problemas que
la dirección debía encauzar y además está muy bien su interpretación
del calvinista Cornelis. Destacan de entre los muchos actores: Luis Beristáin, Fernando Mendoza, Carlos Fernández, Carlos Bribiesca (lástima que su intervención sea tan breve),
Julio Monterde, Agustín Balvanera y Alberto Camacho. El resto del
reparto en su tono justo.
Mi bella dama. Palacio de las Bellas Artes. Libreto y canciones de Alan Jay Lerner.
Música, Frederick Loewe. Versión al castellano:
Luis de Llano y Berta Maldonado. Dirección, Manolo Fábregas. Director musical,
Mario Ruiz Armengol. Escenografía: Oliver Smith. Realizada por Julio Prieto.
Coreografía Hanya Holm.
Vestuario Cecil Beaton.
Mi Bella Dama (My Fair Lady, adaptada de la obra Pygmalion, de George Bernard
Shaw, a comedia musical, en sus lineamientos generales respeta el argumento.
Lo novedoso ahora es su magnífica y fastuosa presentación, su lujo
escenográfico
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y su vestuario. La música es realmente buena y la
orquesta muy bien dirigida.
En su
género, que no es otra cosa que una modernización de la zarzuela, es de
lo mejor que se ha presentado en México. Los bailables,
especialmente el del cuadro del matrimonio del padre de la joven, tienen una
muy buena coreografía y están ejecutados con precisión y belleza. Una de
las escenas mejor logradas es la del hipódromo, en la que se hace una
critica a la rigidez y frialdad inglesa. Hay momentos, no obstante, en que
hace falta ese sentido inglés, tan característico, y que tan finamente
burlara en su comedia Bernard Shaw.
anolo Fábregas se lleva con esta
obra, sin duda, tanto en la dirección como en la actuación, su mejor
palma.
La joven Cristina Rojas deja ver buena madera, su voz, cantada, es de
un timbre agradable, sabe impostar correctamente y tiene elasticidad,
sin embargo, debe recordar que al hablar no se debe cantar.
Miguel
Suárez nos sorprendió en su papel de actor-cantante, muy sobrio, muy
“inglés”. Anita Blanch en el tono justo; Mario Alberto Rodríguez se destaca
como un cómico excelente. Para el resto del reparto nuestros parabienes.
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