El hombre
que hacía llover. Teatro
del Granero. Autor, Richard Nash. Director, Xavier Rojas. Escenografía, Arq.
Jorge Contreras. Reparto: (por orden de aparición) Antonio Bravo, José Alonso
Cano, Fernando Luján, Beatriz Aguirre, Ángel Merino, Salvador Machado y José
Gálvez.
En esta
época de realidades traumatizantes ¡cuánta falta hace un poco de fe en
la vida, un poco de “milagro” y de ternura! El hombre que hacía llover es una obra conmovedora que además
del goce estético que nos proporciona por su calidad técnica y emotiva, nos
devuelve la esperanza y la fe. ¡Con qué inteligencia está tratado el
problema de la inseguridad! Casi todos los personajes la sufren,
Lizzie y File no creen en sí mismos y por ello nadie cree en ellos. Starburk es distinto y sin embargo su problema es similar,
él necesita pensar que es alguien y se convierte en un fabricador de sueños
siempre para afirmarse a sí mismo, la diferencia entre él y los demás es que
lucha contra su inseguridad y los demás no. Se trata de una obra cuajada,
plena de vigor. Pero las excelencias de esta comedia se ven acentuadas por la
mano mágica de Xavier Rojas, que se inicia en un nuevo estilo. No es el mismo
teatro de Los desarraigados,
del Viaje de un largo día hacia la
noche, de El deseo o de Rencor al pasado, pero sí con el
mismo alcance humano.
Beatriz
Aguirre es, sin duda, sobre la que descansa la obra, y tiene que
enfrentarse con un problema realmente difícil: representar “el ridículo” sin
hacerlo. La creación de su Lizzie es inolvidable. Antonio Bravo da
una verdadera cátedra del buen actuar. José Gálvez como nunca se le había
visto: ¡qué
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diferencia de este Gálvez con el apayasado cómico
de Divorciémonos! Este es un verdadero
actor. Fernando Luján, extraordinario. Muy bien también, Ángel Merino y
José Alonso Cano. Realmente quedarán por mucho tiempo sus rostros en
nuestra memoria con los nombres de Lizzie, Curry, Starburk,
Jimmy, File y Noé.
Magia
roja
Teatro de
la Capilla. Autor, Michel de Ghelderode. Director,
Gilbert Amand. Escenografía, en colaboración todo el grupo.
Reparto: Gastón Melo, Marisa Magallón, Fernán
González, Claudia Millán, Oscar Chávez y Gilbert Amand.
El Teatro
de la Capilla se ha reabierto con una excelente farsa en la que el autor
satiriza los principales “pecados” que asediaban a los hombres en el
medioevo: avaricia y lujuria. El ambiente está perfectamente
captado. Es curioso observar cómo es precisamente un capuchino el fraile que
se presta a todo
el juego, como capuchinos eran siempre aquellos frailes de quien Anatole
France hace burla en sus obras. En Magia
roja están visibles todos los problemas que inquietaban a la época, desde
los pecados mencionados, hasta la alquimia acompañada de los temores a la
inquisición.
El grupo
de jóvenes que se ha atrevido con esta obra tiene inquietudes muy loables,
pero han cometido el error de lanzarse con una pieza superior a sus fuerzas.
Por otro lado, el avaro sostiene durante casi toda la obra un monólogo
que requiere un verdadero dominio del matiz, cosa que no logra Gastón
Melo a pesar de su bien intencionado esfuerzo. La escenografía, sencilla y
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sugestiva, es un acierto. Pero aconsejaríamos
al director escoger repertorio después de haber medido sus posibilidades
y las de sus colaboradores; ser modesto algunas veces redunda en
propio beneficio. De cualquier modo, les deseamos buen éxito.
Un caballo blanco
Teatro de
los Insurgentes. Autores, John Murray y Allen Boretz;
Director, René Anselmo. Escenografía, Julio Prieto. Reparto: “Loco” Valdés, Nono Arsu, Carlos Ancira, Alejandro Ciangherotti,
Antonio Brillas, León Barroso, etc ...
Cuando
supe que Nono Arsu
y Manuel Valdés “actuaban” en esta obra, me dispuse a padecer una “pachanga” como
se dice en la jerga teatral (y en la no teatral). Imaginé las mil y una morcillas
que lanzarían Arsu y Valdés; pero me encontré ante una
“cosa” (pues no sé cómo llamarle) en la que la fundamental falla no es siquiera la
presencia de actores que no lo son, sino la falta absoluta de una obra que se
acercara, aunque fuera remotamente, a lo teatral. Aburrida, sin argumento,
sin situaciones
cómicas, sin margen de
lucimiento ni de los actores, ni -lo que es el colmo‑ de los
que no son actores. Pobreza de ingenios, pobreza de comicidad; las payasadas
del “Loco” Valdés son tan sacadas de los
cabellos que no alcanzan siquiera a divertir. No llegan a producir la
risa, no digamos ya en plan de teatro ligero (eso es pedir mucho), sino ni siquiera
como estilo de carpa. Es de lamentar que los señores Ancira, Alcaraz, Brillas, Barroso y Ciangherotti,
se hayan olvidado de su categoría de actores para ir a hacer de comparsas,
faltándose a sí mismos al respeto.
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