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Sobre el Emperador Jones en Bellas Artes, el genio escenográfico de Julio Prieto y el teatro negro en general

Armando de Maria y Campos

    Emperador Jones de Eugenio O'Neill, representada por un grupo de artistas de color bajo la dirección del profesor de actuación teatral Enrique Ruelas, y "producida" por nuestro gran artista escenógrafo Julio Prieto, abre el segundo capítulo de una temporada de obras distinguidas del repertorio internacional que el Instituto Nacional de Bellas Artes ha organizado del 20 de enero al 30 de marzo, atendiendo el encargo hecho por el Instituto Internacional de Teatro de París a los Centros Nacionales que le son filiales en todos los países adheridos a la Unesco. La primera obra correspondiente a esta temporada que ofrecerá a nuestro público, en funciones sucesivas, rápido y compacto panorama teatral, fue Muertos sin sepultura de Jean-Paul Sartre, representada por estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de México.

     La representación de Emperador Jones en el teatro del Palacio de Bellas Artes debe ser marcada en forma distinta y particular, por lo que se refiere a la intervención de un auténtico mago de la escenografía, Julio Prieto, el valor más puro y más legítimo que ha surgido estos últimos años en nuestra vida teatral, y cuya sola aparición y ascendente granazón coloca a México en esta rama de la escenografía y de la iluminación teatral al lado del país que cuenta con los más talentosos y artistas escenógrafos. Lo realizado por Prieto en la escenografía de Emperador Jones, a base de blancos y negros, que pinta la luz, sabiamente manejada, creadora de dimensiones y colores, coloca nuestras realizaciones al lado de las mejores de cualquier teatro del mundo. Quienes han visto recientemente en Nueva York Emperador Jones aseguran que la "producción" de Prieto sigue muy de cerca a aquélla. No importa; el discípulo mexicano ha superado al probable maestro norteamericano. El Emperador Jones de Julio Prieto es no sólo magnífico e inolvidable, sino insuperable. Sin la mágica escenografía de Prieto la interpretación de Emperador Jones por los actores negros de Ruelas hubiera sido difícilmente tolerable, porque no pasa de discreta.
     Emperador Jones es una de las obras de O'Neill más difíciles de presentar y de interpretar. En mi ensayo general -inconcluso-, sobre el Teatro norteamericano contemporáneo recordé como O'Neill ha contado en un reportaje la forma en que se originó este drama, estrenado en 1920 y que estableció a O'Neill como un dramaturgo "regular", es decir, profesional. Dice así: "La idea de El emperador Jones proviene de un artista de circo que yo conocí. Este hombre me contó una versión que circulaba en Haití acerca del ex presidente Sam. Se decía en ella que Sam aseguraba que nunca lograrían matarlo con bala de plomo; que primero se mataría él con una de plata... Esta idea de la bala de plata me llamó la atención, y anoté el detalle. Unos meses después se me ocurrieron los bosques,

pero no lograba ver cómo se podría hacer en el escenario, y la dejé en suspenso nuevamente. Transcurrió un año. Un día estuve leyendo algo sobre los festivales religiosos del Congo y la aplicación que allí le dan al tambor: Como empieza con ritmo normal y lentamente se intensifica hasta que el latir de los corazones de todos los presentes corresponden al frenético batir del tambor. Vi en ello una idea y un experimento. ¿Qué efecto tendría eso sobre el público en un teatro? El efecto de la floresta tropical sobre la imaginación humana fue logrado por medios honestos. Era el resultado de mi propia experiencia mientras anduve a la busca de oro en Honduras".

     El emperador Jones es una magnífica demostración del terror pánico en el pecho de un negro semicivilizado. El tema es sencillísimo: un hombre acosado y perseguido, una serie de cuadros -la huida del negro a través de la selva durante una noche, que Prieto realizó de manera sorprendente- y un batir monótono y rítmico de tambores. Está escrito el drama en un lenguaje -en slang de negros- intraducible. La versión que oímos en Bellas Artes es mediocre; pero... cómo hablan los efectos de escenografía y de iluminación de Prieto; lo que dice el negro Juan José Laboriel queda en segundo plano. El público siente en lo hondo los alaridos de desesperación de Jones perdido en la selva, pero si llega a darse cuenta de que en la selva caribeña se dan cita todos los temores de los ancestros de Bruthus Jones, y que todos los mitos demoniacos ascienden como una savia por su sangre desde la noche de su pasado racial, es porque la selva... ha sido creada por la fantasía teatral de Julio Prieto. ¿Qué sería de este Emperador Jones sin la escenografía de Prieto? Todo quedaría reducido a simple representación de una pieza de teatro negro por empeñosos aficionados de color...
     Bien, la temporada de teatro universal cuenta en su valioso repertorio con una obra de teatro negro. Pero, ¿qué se entiende por "teatro negro" en los Estados Unidos? ¿Acaso el que sólo utiliza actores negros o el que se dirige exclusivamente a auditorios de color? Ni lo uno ni lo otro. Tampoco lo es el teatro que no pone en escena más que obras relacionadas con la vida de la población negra o escrita por autores de dicha raza. La definición más ajustada a los hechos y más fecunda, por lo que respecta a su desarrollo futuro, es la propuesta por John K. Hutchens, crítico dramático del New York Post y del New York Times. "El teatro negro es aquel en que se combinan los mejores elementos de los factores conocidos -los que mencioné arriba-, con la finalidad de interpretar al negro, a través de su vida y facultades, genio y aflicciones, herencia racial y triunfos personales, para que se vea él mismo y lo vean los demás hijos del país".
    

      No por breve deja de ser fecunda, y magnífica, la historia del teatro negro en los Estados Unidos. Todo escritor de asuntos de teatro que ame su profesión se sentirá atraído por tema tan sugerente, tan poco conocido. Pero no es fácil, en particular para quienes escribimos sobre esta materia como se acostumbra en México. Sin tiempo, sin espacio y sin recursos económicos. A quienes se interesan por conocer a fondo el tema, les recomiendo consultar la obra ya clásica de James Weldon Johnson Black Manhattan (1930), en que se describe la lucha de la población de color para expresarse y afirmarse, tanto en literatura y arte como en el terreno económico y político. Donde aquel libro se detiene sigue el hilo del relato histórico la obra The new negro, por Alain Locke, en el cual el progreso del negro en el teatro no aparece relacionado con la política ni la economía, sino con progreso análogo en la literatura y las artes plásticas. En el opúsculo Negro poetry and drama, Sterling Brown pone el asunto al día. Por fin, el mismo Sterling Brown, en colaboración con Arthur P. Davis y Ulysses Lee, ha publicado un tomo de más de mil páginas titulado The negro caravan (1943), en el cual alternan cuentos, fragmentos de dramas, canciones folclóricas, blues, ensayos y cartas por miembros representativos de Afroamérica.
     Conformemos, por ahora, con recordar a propósito del Emperador Jones -mexicano- del negro Juan José Laboriel, al primer protagonista del héroe o'neilliano, Charles Gilpin, cuyo éxito rotundo en el personaje no fue óbice, sin embargo, para que una vez terminada una larga temporada de representaciones, el admirado actor negro tuviera que volver a desempeñar su oficio de ascensorista. Después de Gilpin el mejor Bruthus Jones ha sido el gran actor también negro, Paul Robeson.