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Jornada Semanal, 19 de noviembre del 2005
 

teatro

Noé Morales Muñoz


FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO DE CALLE

Sabido es el desplazamiento paulatino del teatro, en tanto actividad artística y en tanto hecho social, de un lugar preponderante a un nicho cada vez más elitista y reducido en términos de impacto, repercusión y resonancia, derivación lógica dado el surgimiento y masificación de otras formas de comunicación (dentro de cuyos ejemplos caben, desde luego, los que ya son típicos, con internet a la cabeza), y dado el decantamiento del hecho escénico en sí, que ha sabido pasar del gran formato, con espectadores contados por miles, a la catacumba artística, en donde no en balde se han gestado los prodigios escénicos más grandes de la última década. Pocas metamorfosis tan sustanciales y sustanciosas parecen tan afortunadas en lo artístico, pero a la vez tan resistidas en lo que concierne al modo de asumir el oficio por parte de quienes lo ejercen: el teatro, en síntesis, cada vez se hace para un número menor de espectadores, pero quienes lo crean (en una generalización que no por injusta deja de ser sintomática y considerable) no pueden sacarse de la cabeza que lo que ahora ven pocos antes lo veían muchos, siendo esta especie de añoranza un motivo para la tergiversación y el fracaso de no pocos proyectos, incapaces de definir una poética y, por ende, incapaces de definir un público, esa quimera caprichosa e insondable que tantas jaquecas provoca en quienes pretenden conquistarlo.

5109_20051119En este contexto, bien cabe cuestionarse por la pertinencia de manifestaciones teatrales que parecen ir a contramano de esta tendencia generalizada hacia el pequeño formato. El teatro de calle, vinculado en su esencia a tradiciones y ritos milenarios, bien puede ser un ejemplo claro de cómo este debate entre lo privado y lo público se manifiesta y lucha por su subsistencia, a propósito del IV Festival Internacional de Teatro de Calle, celebrado en la ciudad de Zacatecas hace unas cuantas semanas.

Paradoja importante, aceptada de hecho por Bruno Bert, responsable y organizador principal del festival, es que el certamen se vaya consolidando de a poco, con una programación que año tras año parece ir en ascenso en cuanto a calidad en su rama nacional, cuando el teatro de calle en nuestro país, si consideramos aquel que se produce con un mínimo de profesionalismo y descartamos todo aquel gestado por los diletantes que ven en la calle un escaparate ideal por inmediato, es prácticamente inexistente; tanto, que cuesta incluso completar la programación. Más allá de la suerte y de la generación espontánea, esta contradicción evidencia desde luego la aridez y desolación de nuestro teatro, al tiempo que señala una problemática particular inherente a nuestra política cultural: una gran cantidad de festivales y eventos afines, y un déficit importante, cualitativo y cuantitativo, de proyectos con los cuales sostener esta red festivalera. Como mostrar y vanagloriarse de la cabeza de un cuerpo inexistente. Es allí donde cabe cuestionar de nuevo si el remedio a la severa falta de sistematización y profesionalización en nuestra república teatral pasa por la creación de festivales o por la creación de programas formativos en el mediano y en el largo plazo.

La contradicción, pues, resulta a tal grado insoslayable que la sorpresa por la calidad de los proyectos presenciados se magnifica y habilita nuestro optimismo más recalcitrante. Que una compañía como Divadlo haya presentado una ópera de tan buena factura como Turandot y la haya sabido adaptar a las condiciones del teatro callejero con éxito; que la destreza técnica de los integrantes de Cirko Demente se tradujera en un espectáculo fluido y disfrutable; que la sencillez y organicidad de Xtabay, la compañía chilena radicada en la capital, ofreciera al público zacatecano las posibilidades de la danza butoh, son síntomas innegables de capacidad y pretextos ineludibles para anotar una frase trillada: talento sobra y es indiscutible. Faltaría, para que la columna que hoy se publica no se vuelva un formato aplicable un sinnúmero de veces, que la formación pedagógica no se limite a talleres fugaces y esporádicos (con todo y que los impartan personalidades teatrales de los tamaños de Peter Schumann) ni a las ideas que pudieran detonar los trabajos de artistas extranjeros, pues se sabe, o debiera saberse, que una golondrina no hace verano, menos en una especialidad que, como el teatro de calle, está al alcance de casi cualquiera.