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  interior y exterior del hombre y del pueblo, voces que animaba el humanismo de la época.

     Y si en aquella época el teatro era una tribuna en la que se denunciaban las lacras de una sociedad, en la nuestra ¿debe dejar de ser el teatro una tribuna? Ignacio Retes al montar Romeo y Julieta debió dar quizá más trascendencia a las implicaciones que encierra en su trasfondo la historia amorosa. El juego escénico es ágil, tierno en ocasiones, pero sin la rudeza necesaria en otras. Su dirección se deja llevar por la anécdota, más que provocarla, como si por conocerla se la siguiera, en vez de por las situaciones creadas se la forzara a ocurrir.

     En lo que se refiere al vestuario y la música cabe el elogio por el buen gusto que

 

diorama teatral

denotan, hay elegancia en ellos.

      La Julieta, está a cargo de la buena actriz Jacqueline Andere, quien tiene momentos excelentes, especialmente en el primer acto. El baile de los Capuleto, en el que el amor nace de la nada, sin anunciamiento, sin premonición, en el que la mirada substituye a la palabra, está construido -en el teatro todo es arquitectura- con toda meticulosidad. Y si se analiza escena por escena de la joven actriz, no puede decirse que haya descuido en ninguna de sus partes, no obstante, la preparación interna del personaje, la que se realiza dentro y no por fuera; esa vivencia que tiene su génesis en la profunda sensación de una emoción sincera, no se vio en Julieta, especialmente en el segundo acto; el amor que demostraba por Romeo, era un amor tan superficial que no la habría llevado nunca a su propio aniquilamiento. Este mismo fenómeno se advierte en Jorge del Campo al personificar a Romeo, hay en él la precipitación de la adolescencia, pero no la fuerza del héroe trágico que es capaz de adivinar su destino al decir antes de entrar al baile donde conoce a Julieta “...mi corazón presiente alguna fatalidad... pero que ¡Aquél que gobierna el timón de mi existencia guíe mi nave! ¡Adelante!...” Palabras con las que Shakespeare se ajusta a los cánones clásicos, al presentar al hombre, si bien en lucha contra los dioses, sometiéndose al fin a su destino.

     Tanto Jacqueline Andere, como Jorge del Campo, que en otras ocasiones nos ha convencido por la riqueza emotiva de sus interpretaciones, ahora sólo han llegado al cascarón de sus personajes sin atreverse a entrar hasta el núcleo, prefiriendo dejarse ir por el agua corriente, que llegarse a la

fuente misma del manantial.

     Sobresale de manera determinante Aarón Hernán, un actor que cada día se supera y que sabe encontrar el tono justo en los requerimientos de cada personaje que interpreta.

     El coro, que como en la tragedia griega, anuncia cuál es la trama y el desenlace de la obra, marcando de este modo que lo que importa no es qué ocurre en el escenario, sino cómo ocurre, está a cargo de Héctor Ortega, quien con todo tino dio a su texto no la forma de discurso, sino de hablar espontáneo y la actitud también de relator que se mueve con naturalidad, ya que no es parte de la intriga -un acierto más del director al dar al coro esta actitud-, sólo que quizá fue tanta la naturalidad histriónica de Héctor Ortega, que ésta le ocasionó un descuido en el volumen de la voz, haciendo que ésta no fuera lo suficientemente audible.

     Otros actores sobresalen, como Sergio Ramos, Óscar Morelli, Jorge Mateos, Tomás Bárcenas, Héctor Andremar, Carmen Sagredo, por la justeza de sus interpretaciones. De José Elías Moreno y de Daniel Villarán hay algo que no convence, quizá su forma de representar tipificando a sus personajes, en lugar de creándolos.

     Otros actores no sólo llegan siquiera a esto, sino que su intervención es una mala lectura de líneas, en la que el texto pierde su intención y significado, tal la aparición de Enrique Díaz Indiano.

     Preciso es mencionar el trabajo de Guillermo Arriaga como coreógrafo y de Jorge Mateos como maestro de armas, ya que tanto la plástica de los bailes, como los duelos que en escena se verifican están magníficamente logrados.

     Es una representación que si bien dista de ser perfecta, no es indecorosa en absoluto.