Resaltar búsqueda

Las aficiones de Pancho Villa. Su encuentro con la Montoya

Armando de Maria y Campos

    No creo mucho a Louis Stevens cuando asegura en su libro Ahí viene Pancho Villa -puesto en español por Pablo Zayas Jarero, con ilustraciones de Gómez Linares, 1931- que el Centauro del Norte era aficionado al teatro. En el capítulo VII, titulado "El bello arte de la miseria", dice Stevens: "Le gustaba bailar, aunque lo hacía con la gracia de un oso y nunca perdía la oportunidad de pedirle 'una pieza' a la señorita que le había llamado la atención por bonita. Apostaba fuerte en las carreras y le gustaba bastante el teatro. Para ver feliz a Pancho, no había sino regalarle un gallo de pelea, que tuviese fama de ser bueno. Fierro, con su gallinero de 'gallos de pelea', era uno de los más temidos rivales en este deporte favorito de los valientes mexicanos. La alegría de Pancho no tenía límites cuando uno de sus gallos derrotaba a otro de los de Fierro". También le gustaban las corridas de toros, y torear. Alguna vez lo vio torear John Reed, y narra cómo fue en su libro México insurgente (traducido al español por Manuel Díaz Ramírez, 1954).
     No creo mucho en la afición de Villa al teatro, por lo menos al de comedia, y así se lo confesó a María Tereza Montoya, cuando fue presentado a ella, ya retirado en su hacienda de Canutillo. Stevens narra en su libro indicado, cómo Villa se enamoró una noche de una joven artista de variedades, y no impidió que uno de sus "dorados" matara, por la muchacha, a un hombre, compañero de profesión de la "variedad". Sería en plena revolución, en 1915. "La escena tiene lugar -narra Stevens-, en el teatro de Los Héroes, en la ciudad de Chihuahua. En unión de algunos amigos, Pancho estaba muy divertido presenciando la función. Actuaba un trío. Las Tres Palomas, compuesto por un hombre gordo, que tocaba la guitarra, y dos mujeres, una de la que era marido, jamona y entrada en años; la otra, de 18 años, delgada, bonita, de ojos primorosos, de expresión dulce y apasionada. A Villa le entró un vivo deseo de relacionarse con la más joven, y ordenó a uno de sus acompañantes que dijera al hombre gordo de la guitarra, que fuera con las muchachas a buscarlo, a divertirlo, a una cantina cercana al teatro. Acudieron los tres. Villa hizo que la más joven se sentara cerca de él, de repente, acercándosele mucho, la besó con tosquedad en los labios. Todos rieron. Repuesta del susto, a la muchacha se le soltó la lengua. Se llamaba Amelia. Dijo que a todas partes donde

iba oía el nombre de Pancho, que cuando estaba en el escenario le dijeron que Pancho estaba en una luneta del teatro. Que eso la había emocionado; pero luego añadió con cierta frialdad que ella no pensaba que Pancho pudiese enamorarse de ella; que había oído que continuamente se estaba casando...
    Villa estaba feliz, escuchándola, y... tocándola. De pronto, le ordenó al gordo del trío: -Oiga, panzón, póngase a cantar, pero bonito... El actor, acobardado y celoso por la actitud de Villa con la muchacha, cantó aparentando indiferencia; el hombre tenía una voz atenorada, y mientras cantaba no quitaba la vista a Villa, y, seguro, al par de revólveres que el general llevaba pendientes al cinturón. Cantó, primero, una canción melancólica: 'Blanca paloma, consuelo de las almas', y, en seguida: 'Marieta, no seas coqueta, porque los hombres son muy malos...' Villa reía y besaba a la chica, que, ya medio borracha, se dejaba hacer. Entonces -escribe Stevens- pasó algo inesperado: el hombre gordo, enfurecido por los celos, levantó al aire su guitarra y con todas sus fuerzas dio con ella en la cabeza de Pancho. El instrumento se hizo mil pedazos. Borunda, que era uno de los amigos que estaba con nosotros, sacó violentamente su pistola e hizo tres disparos, haciendo blanco en la barriga del hombre gordo, que cayó al suelo bien muerto. Villa dejó de reír, y por todo responso dijo: -¡Qué lástima!... ¡Era muy divertido ese panzón!... Y salió acompañado de Amelia, mientras la pobre mujer gorda, inclinada ante el cadáver del que fue su marido, lloraba lastimosamente".
     Siete años después María Tereza Montoya conoció a Villa, otro Villa naturalmente. Realizaba María Tereza su primera gira, con compañía propia y como primera actriz. La había iniciado por Veracruz, y después de actuar en San Luis Potosí, Nuevo León, Colima, Tepic, Los Ángeles (EE.UU.), había llegado a Chihuahua, y de Chihuahua a Parral. En ese sitio conoció a Pancho Villa. Relata el encuentro en libro inédito Mi vida en el teatro, que conozco por galantería de mi ilustre amiga. Vemos ahora a otro Villa, pacífico, sereno, amable.
     "No paré en el hotel -relata la Montoya-, sino en casa de una familia de allí, que alquilaba un departamento muy confortable. Estaba yo

con la familia en la sala, cuando una de las muchachas me dijo:
     -¡Va usted a tener la oportunidad de conocer al general Villa!
     -¿A Pancho Villa?, pregunté.
     -Sí; ya nos avisó que viene a comer. Siempre que viene a Parral de su hacienda de Canutillo, aquí come, pues es muy desconfiado para la comida!
     Yo me moría de curiosidad. En esa época decir ¡Pancho Villa! era algo horrible, terrible. Se contaban cosas monstruosas de él. Como a las dos de la tarde se oyó que llegaba mucha gente, y en seguida pensé: ¡Debe ser él! Al poco rato, fue a mi cuarto y me dijo:
     -Venga, María Tereza. El general está en la sala...
     Fui con gran interés y, no lo niego, con mucho temor.
     La señora de la casa, al verme entrar, le dijo al general Villa:
     -Mi general, le presento a la señora Montoya, una gran artista, que está trabajando aquí y tiene mucho éxito.
     Se levantó, Qué alto, qué corpulencia de hombre. El pelo rubio, entrecano, rizados; unos ojos verdes; la mirada, penetrante, a pesar de que los ojos eran chicos. Daba la impresión de tímido. Se puso a darle vueltas con las manos a su sombrero texano. Yo, por congraciarme, y hacerme simpática con él le dije:
     -A ver, mi general, si tengo la suerte de que usted vaya esta noche al teatro.
     El, siempre dándole vueltas al sombrero, me dijo:
-Pues, la verdad, le diré... señorita... no sé si podré. Pero... yo... pues, la verdad... ya he visto mucho bueno, y como me levanto muy temprano... ¡a lo mejor me duermo!
     Y se rió. Yo me le quedé mirando. Me pareció tan ingenuo, que pensé: ¿Es posible que este hombre sea tan sanguinario como dicen?...
     ¡Si parecía que no rompía un plato!... Continuó la gira. Torreón, Durango, Monterrey nuevamente. Pronto olvidé mi primera y única entrevista con el famoso Pancho Villa".
     ¡Las dos caras de la medalla... villista!