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Políticos en la picota, por Roberto Soto y Cantinflas

Armando de Maria y Campos

    Josephus Daniels, embajador en México de los Estados Unidos de Norteamérica de 1933 a 1942, dejó en su libro Shirt sleeve diplomatic -traducido al castellano por Salvador Duhart con el título de Diplomático en mangas de camisa-, muy jugosas observaciones sobre el teatro frívolo político que vio representar en México. Le sorprendió la libertad con que Roberto Soto o Cantinflas, los dos más famosos cómicos que vio actuar, abordaban desde el escenario los más espinosos aspectos de la política nacional, haciendo mofa de éstos y burlándose donosa y abiertamente de sus principales actores.
     Los enterados en cuestiones de teatro no ignoran que los públicos de Norteamérica mimaron durante largos años como su actor favorito a Will Rogers, periodista antes que nada, que se pasó la vida haciendo chistes sobre la política y los políticos de su país. Daniels no encontró otro ejemplo mejor para comparar el desenfado y la audacia de Soto que el de Will Rogers. Y llama a Soto en su libro "el Will Rogers de México". Transcribo el curioso párrafo que el diplomático siempre en mangas de camisa dedicó a nuestro famoso actor zacatecano:
     "Roberto Soto fue el primer actor mexicano que se atrevió a poner en ridículo devastador a los funcionarios públicos de México, desde el escenario. En una ocasión, Calles notificó que ningún funcionario gubernamental a que aludiere Soto, debería molestar al actor. Me encantaba verlo y oírlo en sus representaciones. Materialmente exudaba ingenio. Se repitió una frase que yo había dicho: 'Soto es el Will Rogers de México', y Will Rogers dijo acerca de él: 'Es el actor de los actores'. Era inimitable. Soto podía ser serio y devastador. Recuerdo en particular una representación de él que no tuvo poco que ver con la salida de un miembro del gabinete; y también recuerdo que sus alusiones a Garrido Canabal levantaron una tormenta que dio ímpetu a la salida de México del mismo Garrido Canabal. Como gobernador de Tabasco, este último había cerrado todas las iglesias de su estado y había obligado a los sacerdotes y monjas a esconderse, intentando después congraciarse con los sectores que lo atacaban, con la absoluta prohibición de que entraran o vendieran licores de toda clase en su propio estado.
    "Soto, al terminar su cuadro sobre Garrido Canabal, representaba a éste con un largo chicote en la mano, con el que amenazaba a un

grupo acobardado de tabasqueños, a quienes vituperaba por su religión e insultaba a los clericales con pasión brutal. Después de un rato, una mujer anciana llegaba a la plaza en que se encontraba Garrido, quien al verla dejaba de gritar y corría hacia ella, gritando: '¡Nana! ¡Nana!'; la tomaba por el brazo con ternura y la ayudaba a sentarse en una silla. Ella principiaba a regañarlo duramente por su actitud; trataba de tranquilizarla, y ella se disgustaba más todavía, hasta que él le pedía perdón con toda humildad. 'Tomasito, ¿por qué no has ido a comulgar?', le preguntaba ella con autoridad. El se tornaba servil. '¡Vete a la iglesia en el acto!', le ordenaba ella, él se escurría con sumisión. Soto representaba la obediencia de Garrido para su nana con irresistible humildad. La concurrencia aplaudía rabiosamente al comprender el significado de tal actitud".
     El embajador Daniels vio muchas veces a Cantinflas, que actuaba en el galerón llamado teatro de la entonces plazuela de Garibaldi, sobre la avenida Santa María la Redonda. También le extrañó la libertad con que hablaba sobre la actualidad política y sus protagonistas. Dice el embajador Daniels en su amable y sincero libro de memorias:
     "Casi todos los domingos una multitud de personas, entre ellas muchos políticos, iban a escuchar a Cantinflas. Sólo la presencia de este gran comediante excitaba la risa. Usaba pantalones muy cortos, que difícilmente le llegaban a la cintura, y una camisa muy larga; el auditorio creía que de un momento a otro iba a perder los pantalones, pero jamás sucedió esto. La gente reía y aplaudía sus chistes sobre los hombres públicos. Si alguien le dice a uno: 'Tú eres Cantinflas', significa que está uno hablando demasiado sin decir nada. Este término debe adoptarse en los Estados Unidos; encaja muy bien para aplicarlo a algunos funcionarios públicos.
     "A la vieja usanza, basada en las costumbres españolas, un gato podría contemplar al rey, pero ningún cómico podía osar dirigir bromas a un funcionario público. Los funcionarios españoles o de origen español no son, sin embargo, los únicos que no soportan que los cómicos los ridiculicen. Se rumoreaba que el presidente Harding retiró la invitación que había extendido a Will Rogers para que asistiera a una recepción en la Casa Blanca, porque el destacado actor y filósofo norteamericano hizo que algún acto de Harding pareciera ridículo al público que lo escuchó. Los hombres públicos

de pechera dura no pueden tolerar nunca a los Cantinflas o a los Will Rogers. Los hombres de valer tomaban sus bromas con buen humor y se servían de ellas en provecho propio. No terminó por completo la genuflexión ante los hombres públicos cuando los revolucionarios ganaron el poder. Algunos de estos últimos no gustaban de que les hicieran bromas para la diversión del populacho. Cuando llegué a México, mucho se hablaba de cómo Roberto Soto había ridiculizado a Luis Morones, ministro del Trabajo en el gabinete de Calles, hasta sacarlo del puesto, y le vi vapulear a algunos otros.
     "En su tipo de vagabundo solitario y vestido en garras, caracterizado a la perfección, Cantinflas podía haber dado la impresión de un muchacho callejero. Tuvo la distinción de que su nombre se convirtiera en verbo, pues `cantinflear' significa hablar mucho sin decir nada y monologar ilógicamente.
     "Recuerdo que cuando el ministro de Guerra de la República Española, general Miajá, visitó México, después de haber conocido a Cantinflas, sugirió al presidente Cárdenas, con toda seriedad, que le prohibiera hacer chistes a costa de los hombres públicos, diciéndole: 'Debería usted impedir que lo haga. Por permitir una ridiculización semejante, el gobierno de la República perdió la confianza del pueblo y fue derrocado'.
     "Aunque el general Cárdenas era demasiado inteligente para seguir ese consejo, algunos funcionarios de menos talento, en una ocasión ordenaron que se cerrara el teatro en que actuaba Cantinflas después de escuchar una agria broma sobre los escándalos relacionados con las elecciones. Apoyado por el pueblo, Cantinflas declaró que se le privaba de sus libertades civiles, y pronto hubo de revocársele la orden: su sátira fue tan certera y popular, que el funcionario responsable no tuvo ningún apoyo. Indudablemente que el ridículo constante a que Cantinflas sujetó a los propagandistas alemanes reforzó el sentimiento mexicano en contra de los nazis".
     La libertad de que ha gozado en nuestro teatro frívolo para hablar de política no tiene precedente en el mundo entero.