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Reestreno de La mujer no hace milagros, en el teatro El Caracol

Armando de Maria y Campos

    No es frecuente que las obras de los autores mexicanos vuelvan a la escena después de su primera, generalmente única temporada de estreno. Antes se representaban durante una semana, y mucho antes, durante el siglo pasado y hasta muy entrado el presente, la noche única de su estreno, y dos o tres veces más, cuando mucho. Pocas, casi podrían ser contadas con los dedos de una mano, son las que se han convertido en esa misteriosa mina de crédito literario y de derechos de autor que se llama: repertorio. Yo creo que mientras los éxitos de nuestras obras se cuenten únicamente por número de representaciones, sin que las más afortunadas vuelvan de vez en cuando a la cartelera, su verdadero valor queda en entredicho. Las obras de Rodolfo Usigli forman una excepción en la regla. Casi todas han vuelto a ser representadas a distancia de sus respectivos estrenos, como las de Villaurrutia hasta hace pocos años y alguna de Héctor Mendoza en nuestros días.
     Entre las obras de Rodolfo Usigli que permanecían empolvadas se hallaba la que acaba de presentar en El Caracol el empresario de este teatrito y director de los más profesionales con que a la fecha contamos, La mujer no hace milagros, estrenada con éxito de escándalo, un escándalo múy particular por cierto debido a que Usigli no estuvo conforme con los críticos que en 1939 enjuiciaron esta obra, premiada en tercer lugar en histórico y discutido concurso convocado por el empresario del teatro Ideal don Carlos Lavergne, en busca de obras de autores mexicanos con qué nutrir los sabatinos estrenos a que estaba acostumbrado el público que no quería desacostumbrarse de ver semanariamente a las actrices valencianas Ana e Isabel Blanch, que durante más de 20 años reinaron sobre la escena del desaparecido teatrito de la primera calle de Dolores.
    José de J. Aceves se acordó de La mujer no hace milagros rumiando los éxitos de público que recientemente alcanzaron en El Caracol obras de situaciones familiares tan divertidas como La familia Smith o Los hijos de Eduardo. Efectivamente, esta pieza de Usigli es

un antecedente en nuestro medio de aquéllas, por cuanto a determinados conflictos familiares provocados por los caracteres de una familia mexicana rara, pero no tanto porque años después de estrenada la pieza de Usigli se ha comprobado que como la familia Rosas, que exhibe Usigli en La mujer no hace milagros, abundan en nuestro medio. Yo creo que la pieza de Usigli es superior, lo ha sido siempre, a las citadas extranjeras que tuvieron éxito en El Caracol. A pesar de lo que se dijo en 1939 en contra de Usigli y de su pieza, La mujer no hace milagros es magnífica y no ha dejado de serlo. Una crítica demasiado metida en el repertorio de las hermanas Blanch de aquellos años, se metió con Usigli más que con la pieza misma, sencillamente porque no la entendió. Usigli se volvió contra la crítica y compuso una comedia ligera que tituló traviesamente La crítica de La mujer no hace milagros -remoto eco de La critique de L'ecole des femmes de Molière- en la que naturalmente se metía a su vez con los críticos, y la publicó en la revista literaria Letras de México (14 de febrero de 1940), y no volvió a ocuparse de ella, por más que en 1949 la revista América la publicara primero dentro de sus páginas y luego en un suplemento. En un estudio sobre Rodolfo Usigli, publicado en Books Abroad, revista literaria de la Universidad de Oklahoma, edición de primavera, 1950, se dice, a propósito de La mujer no hace milagros, lo que sigue: "Las admoniciones de esa brillante prosa vitriólica, en la que las observaciones estéticas se desarrollan en ensayos de psicoanálisis nacional, pueden tener muy bien un efecto más permanente sobre el teatro mexicano que el ejemplo de las mejores piezas de Usigli, con toda su maestría de diálogo, caracterización y construcción, rara entre sus predecesores". Y más adelante: "la hipocresía atacada en piezas (como) La mujer no hace milagros, La familia cena en casa, y Otra primavera, no se limita a los burgueses. Se cuela por los embotados filos hacia los lugares más altos como hacia los más bajos, mal que corroe todo el tejido social de las relaciones entre marido y mujer, padres e hijos..., haciendo falsas y confusas todas las relaciones. La gracia

y el brillo del diálogo producen a veces una ilusión de alegría, pero se trata de tragedias de manera mejor que de comedias". Como no sé si ahora Usigli volverá a escribir, otra vez, La crítica de La mujer no hace milagros, creo oportuno cumplir con mis lectores reproduciendo las líneas anteriores de Consuelo Howatt, de Tucson, Arizona.
     De lo que no puedo evadirme es de hablar de la interpretación que ahora se hace de La mujer no hace milagros. En general, es mediocre, indigna no sólo de la pieza, sino de El Caracol y de la dirección de Aceves. Es ésta una interpretación digamos... informal; que no está hecha por actores formales, salvo Muller, quien después de 5 años de actuar sin descanso debe considerársele como un profesional absoluto. Los demás, dicho sea en términos no por generales menos precisos, son simplemente "meritorios" del teatro. Antes, no se hubiera confiado a un meritorio los primeros papeles de una obra; ahora Aceves lleva a su teatro a todos los que en el cine están haciendo méritos para filmar o para representar. Con decir que Sara Montes, que está dando sus primeros pasos como actriz, es de lo más hecho en el grupo que representa la pieza de Usigli, ya puede imaginar el lector cómo estará el resto. La señora Hortensia Santoveña, que es una actriz discreta en el cine, no cubre el difícil personaje de la señora Rosas, madre de una familia rara. El debutante Armando Sáenz actúa como un debutante; Fredy Fernández, que goza de cierto auge en personajes de su edad en el cine, está tal cual es, apuntando en él un buen actor cómico. La bella señora Marta Valdés actúa como auténtica meritoria, y Carlos Nieto y Noé Murayama cumplen como lo que son, estimables segundas partes, igual que la simpática Amparo Neri. Creo que Aceves se equivoca con este sistema suyo de estar formando constantemente actores que presenta sin que se encuentren en su punto para representar.
     La escena, creada por Julio Prieto, como de costumbre bella y responsable.