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Inauguración del teatro Sullivan y estreno de Un minuto de parada con Joaquín Pardavé

Armando de Maria y Campos

    A la misma hora que en la acera de enfrente abría sus puertas el nuevo teatro de La Comedia hacía lo propio el teatro Sullivan -calle de ese nombre, número 25-, también en función inaugural de temporada y de local. Este teatro Sullivan es un nuevo coliseo ni tan de bolsillo, pero tampoco capaz para grandes espectáculos. Otro teatro para comedias amplio, con cerca de trescientas butacas de construcción democrática, muy amplio de escenario y, como es natural, con todos los servicios y comodidades reglamentarias para el público, que en esto ya sabemos cuán estricto es el regente Uruchurtu.
     Casi a la misma hora que el empresario y principal animador del teatro de La Comedia, don Rafael Solana, el también empresario y además primer actor y director de la compañía, Joaquín Pardavé, se dirigía al público, como Solana lo hacía en la acera de enfrente, explicándole los motivos de la inauguración más o menos festinada, propósitos generales y programa inmediato a seguir. En lo que no coincidieron los simultáneos oradores fue en lo referente al repertorio. En tanto que que Solana se congratulaba de estrenar su teatro con una obra mexicana después de haber leído más de veinte, todas ellas superiores a otras tantas extranjeras en estado de merecer... su representación. Pardavé se lamentaba de no haber encontrado una comedia buena mexicana -que, naturalmente, le fuera a él- entre las veintitantas que le llevaron los autores o le proporcionaron sus amigos, lo que le decidió a estrenar este teatro con obra de autor extranjero. Pardavé fue más allá que Solana, porque pidió a los autores mexicanos le llevaran sus producciones y exhortó a todos a que le escribieran algo digno de ser llevado por él a la escena del Sullivan.
     En rigor de verdad, a Pardavé no le importó mucho no contar con una obra mexicana a la medida de su definido carácter de actor. E hizo lo que en su tiempo se vieron obligados a ejercitar muchos primeros actores argentinos: De una obra de origen europeo, hacer otra aprovechando lo mejor de ello, esencialmente el personaje central; retocar escenas, reconstruir el diálogo, espolvorearlo con especies propias, y,

de todo, sacar nueva comedia. En esta ocasión Pardavé tuvo en sus manos una divertida farsa de Marcel Achard, y con ella hizo, desde cambiarle el título hasta modificar su final, otra cosa teatral, y muy teatral, que empezó por titular Un minuto de parada, frase de doble sentido, uno de ellos relativo al paso de un tren que no acostumbraba detenerse en la modesta estación de la que es jefe el protagonista, y el otro relativo a la sorprendente germinación que le vale a este personaje premio y la admiración femenina, aparte la envidia masculina, de la Francia entera.
     Tengo para mí que Marcel Achard, muy ilustre autor dramático francés, de Lyon, que éste anda en los cincuenta y cuatro años de edad, tomó un viejo vaudeville francés y lo rehizo, componiendo un auténtico astracán del género. Pardavé lo retomó y lo convirtió, usando la traducción de Pilar Sanz y León Barroso, en un auténtico astracán español, como los que le dieron fama, dinero y categoría a Enrique García Alvarez y a Pedro Muñoz Seca. Un minuto de parada tiene, sin embargo, todas las características del modo de hacer comedias de Achard, quien posee un sentido extraordinario del teatro moderno, originalidad de inventiva, delicadeza y gracia en la expresión y maestría en la técnica. Y buen gusto para tratar los temas picantes, sin llegar a la degeneración ni en los chistes, ni en las situaciones. A esto agréguese la experiencia personal de Joaquín Pardavé, su gracia no por gruesa menos elástica, y ese extraordinario sentido que él tiene de saber cómo se llega al público. Yo creo que Joaquín Paradavé es ahora uno de los mejores actores cómicos de habla castellana. Su dicción clara y siempre bien intencionada, su expresiva gesticulación y la elocuencia de sus manos -que son el acento de la frase-, le permiten actuar con una profundidad cómica que -lo repito- creo no tiene paralelo. Como director se las sabe todas, prescinde de manejar a sus actores como autómatas, y sólo le preocupa que la frase llegue al público con toda su real o escondida intención, y que los intérpretes se muevan lo estrictamente indispensable para que la acción corra con naturalidad, con auténtica fluidez...

   ¡Qué nos puede importar cómo es en francés la comedia de Achard que en español es ya sólo de Pardavé como director, seguramente también arreglador, y, principalmente, como actor! La situación principal es tan graciosa como cargada de originalidad y, está admirablemente llevada, con un suspense de hijos que le van naciendo a un infeliz de que se supuso no llegaría a engendrar uno, de un marcado sabor francés también, y tan lógica dentro del supuesto absurdo que el público no tiene tiempo para cortar la carcajada constante. Comedia escrita e interpretada exclusivamente para divertir, ¿qué más se puede decir de ella sino que cumple ampliamente su propósito, y que está soberbiamente interpretada por Pardavé, con la circunstancia de que con este Cornelio achardiano hace su debut como actor de comedia; por Prudencia Grifell, eminente como actriz cómica en todo momento e insuperable en la escena muda en que se anuncia el advenimiento del cuarto hijo levantando cuatro dedos suficientemente elocuentes? Secundan, y creo que está empleado el término con justeza, a estos dos grandes actores Carolina Barret y Gerardo del Castillo, y, en plano menos sobresaliente, León Barroso, Xavier Loya y Aurora Molina.
     La escenografía de Ramón Rodríguez Granada da a conciencia el ambiente de una estación de ferrocarril provinciana en cualquier lugar de Francia y son de señalarse recursos muy bien logrados por la dirección para mejor ambientar la obra, como el uso del cinematógrafo para ver pasar el tren, sin "un momento de parada", mientras nos regocijamos con el creciente júbilo de quien de sopetón da a Francia quíntuples.