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Se anuncia en el Ideal una temporada en homenaje póstumo a Jacinto Benavente. La malquerida

Armando de Maria y Campos

    María Tereza Montoya -una de las tres o cuatro grandes actrices que pisan los escenarios-, que creció y maduró a la sombra del árbol frondoso de la producción benaventina, que ha encarnado a casi todas las mujeres creadas por don Jacinto, que logra una Raimunda -madre de la malquerida- de excepción, ha iniciado en el teatro Ideal una breve temporada en honor y memoria del gran autor recién desaparecido, creando nuevamente La malquerida a partir del viernes último 20 de agosto.
     Seguramente será el más serio homenaje que los actores mexicanos rindan a Benavente, porque se resolverá sobre el palco escénico. Lo digo, porque otras obras benaventinas han sido pasadas por televisión, y con esto dicho está que adaptadas, reducidas. Alfredo Gómez de la Vega hizo subir a la antena de XHTV El hijo de Polichinela, que se caracteriza porque Benavente creó un gran carácter masculino, y Jesús Valero puso en las ondas electrónicas sobre el Canal 4 XEWTV, esa magistral obra con calor de eternidad que es Los intereses creados, de todos los pueblos y de todos los tiempos.
     Es indispensable la presencia de La malquerida en un ciclo de homenaje a Benavente y más en México, porque fuera de María Tereza entre nosotros, Lola Membrives o María Guerrero López en cualquier sitio donde se presente en español, ¿qué otra actriz puede encarnar con dignidad La malquerida?, ¡ninguna! dicho pronto y claro. Y de estas tres encarnaciones yo me quedo con la de la Montoya. He visto hacer la Raimunda a más de una docena de actrices -doña María Guerrero inclusive- y no creo que nadie la viva y la sufra más y mejor que María Tereza. Y como hablo con conocimiento de causa mediata o inmediata, quiero traer a esta crónica un ejemplo, el más reciente, apenas del viernes 20. La Montoya vivió con tan humano arrebato colérico la escena final del segundo acto, que la cortina se levantó catorce veces para que María Tereza recibiera el homenaje jubiloso y delirante -aplausos, vivas, gritos intraducibles- del público que llenaba la salita del teatro de Dolores y que, puesto en pie, agradecía con toda clase de ruidos la dramática entrega total de la actriz a un personaje y a su primitivismo pasional, al grado de asustar con una ráfaga de realidad a los propios actores que con ella estaban en escena, el primero de ellos Ricardo Mondragón en el Esteban. Y un detalle digno de no dejarse en el aire del olvido. En la

sala se hallaban varios primeros actores profesionales, muchas actrices de oficio y profesión y casi ninguna de ellas o ellos pudo permanecer sentado, fueron los primeros que, puestos de pie, aplaudían fuera de sí a la incomparable trágica dramática, y que conste que no formo pleonasmo. Al final de la representación, los aplausos, gritos y vivas fueron de apoteosis.
     La representación en general fue excelente, toda a cargo de profesionales -¡ay! que poquitos van quedando-, muchos con veteranía benaventina. Reapareció Ricardo Mondragón en el Esteban, más actor que nunca a pesar de su retraimiento, dedicado a otros menesteres conexos con el teatro, y él mismo, director sobrio, sereno, atento a que se vea la obra y los intérpretes, puesto que la primera obligación de un director es dirigir obra e intérpretes. Lo demás es traicionar al autor y comprometer a los actores.
     El elenco es categórico: Prudencia Grifell, Aurora y Carmen Cortés, María Teresa Mondragón, Amparo Martínez Grifell, Felipe Montoya, Manuel Santamaría, Luis Beristáin. La escenografía de Julio Prieto, modesta y discreta, pero bella y propia.
     El tema de La malquerida tienta e invita al cronista a comentarios múltiples. Sin embargo de que no es éste el lugar, aunque sí la hora de hablar de La malquerida, pieza extraordinaria bajo cualquier cielo de teatros, drama característico de gentes que viven "en un pueblo de Castilla" es decir, de más de media España, madre o raíz del resto. Es el drama de las bajas pasiones que se guarecen en los corazones plebeyos, el dolor que está en la tierra, y el único lenitivo que hay cuando la verdad se ha desenmascarado, es la voz maternal que cierra la obra con el diálogo:

     Raimunda.- ¡No quisiera morir sin confesión! ¡Y me muero! ¡Mira cuánta sangre! ¡Pero no importa! ¡Ha sido por mi hija! ¡Mi hija!
     Juliana.- ¡Acacia! ¿Ande está?
     Acacia.- ¡Madre, madre!
     Raimunda.- ¡Ah! ¡Menos mal, que creí que aun fuera por él por quien llorases!
     Acacia.- ¡No, madre, no! ¡Usted es mi madre!
     Juliana.- ¡Se muere, se muere! ¡Raimunda, hija!
     Acacia.- ¡Madre, madre mía!
    

   Raimunda.- ¡Ese hombre ya no podrá nada contra ti! ¡Estás salvada! ¡Bendita sea esta sangre que salva, como la sangre de Nuestro Señor!

   Pues bien, esta obra admirable de Benavente, retrato de pasiones rurales españolas, fue dada a conocer en los Estados Unidos hace treinta años. Traducida al inglés con el título Flor de pasión y por una sola actriz, la obra fue representada más de tres años seguidos. Un día, Norma Talmadge decidió hacer una película con su argumento, y así fue dicho y hecho. La escena cumbre de la cinta, que no tenía más decorados que la obra en el teatro, se desarrollaba en una mansión señorial, decorada con valiosos tapices, con cuadros de Velázquez y del Greco, con valiosísimos bargueños y en medio de tanta grandeza había una vaca de carne y hueso atada a un mueble, mientras la ordeñaba Acacia. Todo esto que ya es disparatado, no lo es tanto como los personajes vistieran de andaluces y que Acacia, provista de mantilla, mantón de Manila y castañuelas, para enamorar a su padrastro, bailara unas seguidillas. Tan disparatada fue la película que no se atrevieron a proyectarla en España. (Mejor suerte corrió en la Península la versión de La malquerida que en México dirigió el "Indio" Fernández. Pero no hay que olvidar la gratitud de España por cosas nuestras, que nadie ignora. ¡De no ser por eso..!
     La malquerida se estrenó en el teatro Princesa de Madrid, el 12 de diciembre de 1913.