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Orfeo en los infiernos de Offenbach, en versión Roemer y Novo, en el nuevo teatro Fábregas. IV

Armando de Maria y Campos

   Largos meses de preparación se llevó la nueva versión de Orfeo en los infiernos de Offenbach, gran espectáculo -no muy antiguo ni muy moderno, como podría decir un nuevo Rubén-, elegido para inaugurar el nuevo teatro Virginia Fábregas, construido a todo costo por el publicista de espectáculos don Ricardo Toledo, también afortunado hombre de negocios, pero siempre amante del teatro.
     El maestro Ernesto Roemer doctor en música -un crítico teatral de los nuevos, autor de obras existencialistas, cree que doctor es lo mismo que médico- tuvo que vencer enormes dificultades para reconstruir una versión musical de Orfeo que se ajustara a la versión musical de 1874. Parece que existe la partitura original, en cambio abundan dispersas las producciones offenbachianas. Poco escasean los rollos para pianolas, los discos con grabaciones nuevas y los long plays; con todo ello, Roemer formó una partitura que viene a ser como una síntesis de la opereta. Extraordinario espectáculo musical que sólo un devoto y un gran conocedor de Offenbach pudo lograr.
     Pero la música de una opereta debe apoyarse en las finas, frívolas notas de un argumento: del libreto. Imposible utilizar el de siempre. Entonces se pensó en Novo, cuando Novo representaba en el teatro Helena de Troya de Roussin. Se creyó que haría uno semejante, gracioso, fino, picaresco. Y Novo, ya se sabe, se unió en brazos de la barriada, lo mismo da por la plaza de Garibaldi, que por el Salto del Agua. Mejor prescindir del libreto, del que apenas se salvan los "cantables".
    El maestro Roemer colaboró

respetuosamente con Offenbach en la que se oyen temas procedentes de otras operetas, lo mismo en la canción Odio a los hombres arreglada por O'Day Macpherson también con temas offenbachianos, para que luciera la Bruni Falcón, como el aria que se arregló ex-profeso para Hugo Avendaño.
     Como la versión de 1874 en París, no escasean, al contrario, los ballets. En el primer acto Roemer incluyó el de "Pastores y pastoras" y el llamado del "Rapto de Eurídice". En el segundo luce extraordinariamente el ballet de "El sueño y las horas", y en el tercero fue incluido el más bello y mejor realizado de todos: el de "Las moscas". El acto cuarto lo cubre todo, como una gran sombrilla musical, el cancán, al que precede una bacanal y remata una apoteosis. Es de estricta justicia traer a esta crónica los nombres de los principales solistas del cuerpo de baile: Telésforo Acosta, Sonia Castañeda, Carolina del Valle, Carlos Gaona, Armida Herrera, Débora Velázquez, Enriqueta Anaya, Gloria Contreras, Cora Flores, Nellie Happee, Laura Urdapilleta y Felipe Segura, quienes manejados por el coreógrafo Guillermo Keys formaron un conjunto armónico y deslumbrante.
     El gran cómico capitalino Joaquín Pardavé, cuya gracia gruesa tiene aristas de finura increíble, regresó al palco escénico, arrancado de la melaza del cine, para crear un Júpiter muy mexicano y, como es natural, se impuso como eje de la interpretación. Desbordante de vis cómica, su labor culmina en el ballet de "Las moscas", en las coplas a Júpiter y en las aguijoneantes alusiones políticas, a las que carga de sentido irónico. Hugo Avedaño, gran

mexicano, cantó el Plutón -antes el pastor Aristeo-, con singular dominio en la acción, muy seguro como cantante. El tenor Sosa, en Orfeo, mejor como cantante que como actor. El cuadro de mujeres, todas excelentes cantantes, satisface al paladar más exigente en belleza femenina. Bruni Falcón, luce más como cantante, y muy hermosas, las exquisitas sopranos, Elizabeth Sanromán, como Venus; Olga Puig, como Cupido; Gloria Aguiar como la Opinión Pública, y Cristina Treví como Diana. Imposible mencionar a todas las espléndidas bellezas que fueron Hebe o Ceres, Minerva o Pandora, Talía o Clío, Flora o Pomona; la señora Falcón creó una Eurídice de dicción ininteligible, en razón de su origen extranjero.
     El marco en que se describe este gran espectáculo se debe al talento de Antonio López Mancera, escenógrafo y productor, a quien secundaron Manuel Meza, escenógrafo, Marcelino Jiménez, constructor; David Peña y Santos Fiesco, utileros; María Ibarra, Berta Mendoza López, Josefina Piñeiro, Amparo Rosales, Consuelo Téllez y Rosario Tamayo, modistas. La dirección escénica está bajo la responsabilidad de André Moreau, quien se sirvió con mucha habilidad del no muy amplio nuevo escenario, y Ernesto Roemer, como director orquestal.