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Inauguración del nuevo teatro Virginia Fábregas y el retorno de Offenbach. II

Armando de Maria y Campos

    Digo con Baudelaire: ¡Que el lector no se escandalice por esta gravedad en lo frívolo!... Quiero hablar en serio del más superficial de los compositores de melodías para teatro. Offenbach, con motivo de su retorno a la escena mexicana, sobre la que fue adorado por muchos años como un Dios. Offenbach es un viejo amigo del teatro de México. Le conocemos los mexicanos, le escuchamos, oh paradoja, recién caído en nuestro país el Segundo Imperio, a él -o a la opereta offenbachiana-, que desaparece al mismo tiempo que el Segundo Imperio... francés. No se le ha dejado de escuchar jamás, y su can can, que no es enteramente suyo, reina en nuestros escenarios, en nuestros salones, en nuestros cabarés, a través de diversas etapas políticas y sociales, desde los tiempos de Amalia Gómez como sacerdotisa, hasta los de Cantinflas y su frívolo espectáculo francés, en el Iris y Chelo la Rue y sus chicas en el Waikiki...
     Dije un poco al desgaire que el can can de Offenbach no es de Offenbach, y voy a probarlo. Los cantos populares se parecen a los cuentos de hadas: ni unos ni otros pueden ser atribuidos a una época determinada; exceden los límites del espacio y del tiempo. Offenbach, heredero de aquellos bufones judíos que, de ciudad en ciudad, tocaba en alabanza del Eterno canciones trasmitidas entre ellos, tomaba su música en ese mundo de "ninguna parte" donde se encuentra la verdadera inspiración. Por 1830, y en París, un público heterogéneo pasaba las noches en el baile del Varietés, porque encontraba allí una doble atracción: allí dirigía Napoleón Musard, allí se bailaba el can can. Musard fue un antecedente lógico de Offenbach, porque daba a su música un ritmo de orgía; decían sus contemporáneos que dominaba el arte de evocar los bailes del Varietés como un infierno de alegría y emplean un vocabulario habitualmente reservado a la descripción de una embriaguez mezclada de estupor y horror. Un cronista decía: "son rugidos de pantera, una alegría que se tomaría por furor". Y otro: "es la guerra civil". En realidad era ¡el can can! Deriva el can can de una danza llamada la "Chaut" que había sido importada a Francia por los soldados de regreso de Argelia. Se bailaba en algunos

bailes públicos, situados no solamente en los barrios bajos de la ciudad, sino también en las capas extremas de la sociedad y que, como las "boites" para marineros, encubrían a toda una chusma. Nuestro cabaré Leda, digamos; o El Golpe, ahora. Tal es el origen del can can. Un turista alemán llamado Rellstab describe así el can can y los sitios donde se bailaba: "El ritmo de la música se acelera, los gestos de los bailarines se precipitan, vuélvense más angustiosos, más ardientes y toda la danza se transforma en fin en una carrera desenfrenada de una o dos parejas. Si los gestos impúdicos cesan individualmente, las actitudes y las expresiones evidencian un abrazo tan voluptuoso que el conjunto de aquel salvaje galope en aumento, proporciona el espantoso espectáculo de una agitación báquica. La cadencia de la música no deja de acelerar y se puede ver a las mujeres disfrazadas que, como máquinas alocadas, con las mejillas enrojecidas, sin aliento, trémulos los labios, la garganta tensa y la cabellera desordenada, son arrastradas más que sostenidas por sus piernas, en una fogosa persecución alrededor del salón, hasta desplomarse finalmente, exhaustas, junto con los últimos acordes, sobre la silla más cercana". En verdad que el can can llegaba al último grado de oprobio. Por eso el vulgo cantaba: "Este infernal Musard / es Satán dirigiendo el baile..."
    Offenbach contaba, entonces, sus buenos once años. Sin embargo el can can llegaría a ser suyo, enteramente suyo. Compositor popular intérprete famoso, director solicitado. Offenbach estrena en el Varietés parisiense, en 1853, su primera obra Pepito, ópera cómica en un acto. A través de dramáticas y pintorescas anécdotas se hace empresario de "Les Bouffes-Parisiens", con el privilegio, según el decreto por el cual Napoleón había reglamentado que el teatro estaba en vigor, y como cada uno de los teatros parisienses debía adoptar un género determinado, y los escenarios que existían ya se habían repartido el mundo de algún modo, y los nuevos permisos asignaban siempre al arrendatario rigurosas delimitaciones, de representar pantomimas y sainetes musicales con tres personajes únicamente. Esclavo de esta

exigencia Offenbach inauguró "Les Bouffes-Parisiens" en julio de 1855, y representó obras suyas sin descanso, hasta que dos días antes de finalizar el año estrenó Ba-ta-clán,  "variedad musical chinesca", sobre un libreto de Ludovico Halévy. En Ba-ta-clán, Offenbach introduce por primera vez un can can: ¡el can can! Offenbach empieza a predicar el evangelio de la alegría. "Se ríe, se aplaude, se pregona el milagro -escribía Jules Janin, poco después del estreno-. En la calle, en el taller, por todas partes se cantaba su música, ésta se filtraba en el baile de la Opera, y en medio de esta efervescencia, las personas de edad avanzada se abandonan a su ansia de bailar, y todos declaran que Offenbach es un maestro". Los Goncourt definen esta época en su Diario, con esta frase: "Estamos en el siglo de las obras maestras de la irrespetuosidad..."
     Offenbach fue autorizado a interpretar obras en dos actos y a usar como base de argumento cuatro personajes principales. Desde hacía mucho tiempo la comedia italiana y la farsa vienesa habían utilizado en parodias que se burlaban de la ópera barroca de tendencia clásica, la leyenda de Orfeo. Offenbach tenía la idea de transformar el tema de Orfeo en una parodia del Olimpo, y solicitó de sus amigos Ludovico Halévy y Héctor Crémieux le escribieran un libreto. La gestación fue laboriosa. El estreno en París de Orfeo en los infiernos ocurrió el 21 de abril de 1858, y decepcionó vivamente a Offenbach. No fue un fracaso, pero tampoco el éxito que esperaban. Gustavo Doré había dibujado los trajes... olímpicos. La crítica se mostró desorientada. Un crítico se preguntaba cómo se podía haber tenido la extravagante idea de esta parodia y declaró envidiar a los que encontraban placer "en semejantes bufonadas".
     Hasta aquí ahora. Hay mucha tela... musical que cortar, y muchas anécdotas también, hasta alcanzar nuestros días.