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diorama

    teatral

 

Por MARA REYES

 

    El regreso de Quetzalcóatl. Pirámide de Teopanzolco, Cuernavaca. Escrita y dirigida por Álvaro Custodio. Jefe de producción: Isabel Richard. Narrador, Daniel Villarán, Música, Federico Hernández Rincón y José Raúl Hellmer. Danzas: Ballet Raza de Bronce, dirigida por Milagros Inda. Cantante: Juan Santana. Músicos: Efrén Pérez y Raúl Reynoso. Sistema estereofónico, dirigido por el ingeniero Gustavo Cota. Iluminación: Héctor García. Vestuario: Antonio Peñafiel. Utilería: Juan Pérez y Leoncio Nápoles.

 

      Tal parece que a Álvaro Custodio, con la puesta en escena que hizo de Moctezuma II de Sergio Magaña, le nació un gran interés por las antiguas culturas de México; prueba de ello es el espectáculo que ahora nos presenta con toda dignidad en la pirámide azteca de Teopanzolco, y que viene a ser una especie de son et lumiere, como le llaman los franceses. En este “sonido y luz” de Custodio, se conjuga la narración de leyendas e historia de los aztecas, con la descripción de sus ritos, de sus costumbres, de su forma de vida, de su música (teóricamente, utilizando al menos sus instrumentos) y danzas y todo esta aprovechado para hacer lucir a base de juegos de luces los trajes (magníficos, diseñados según los códices por Antonio Peñafiel) y la pirámide en cuestión.

      El relato, escrito por el propio Álvaro Custodio, está dividido en dos partes. La primera, abarca toda la leyenda náhuatl sobre la creación del mundo y de la especie humana para terminar -después

de la expulsión de Quetzalcóatl por los demás dioses- con la fundación de Tenochtitlán. La segunda parte se inicia en la época de esplendor de Tenochtitlán, con Moctezuma Xocoyotzin, hasta la llegada de Hernán Cortés, que es tomada por los indígenas como el regreso de Quetzalcóatl, siendo, por lo mismo magnífico el recibimiento que le hace Moctezuma.

Si bien no se trata de una obra teatral, Custodio procuró desarrollar una acción continuada, salpicada de anécdotas, descripción de costumbres, con diálogos intercalados, etc., que dan movilidad al relato, sin despegarse de lo que hasta hoy se sabe de aquella época.

Tiene el mérito, sobre todo, de ser la primera vez que se hace un espectáculo de esta índole que además de la belleza plástica con que se presenta, es ilustrativo.

Se advierte, como ocurre siempre con Custodio, el dominio que tiene este director del manejo del espacio. Hay en este “sonido y luz” un despliegue técnico y artístico por el que merecen un aplauso no sólo Custodio como director general, sino también Isabel Richard, José Raúl Hellmer, Federico Hernández Rincón, Milagros Inda, Juan Santana, Efrén Pérez, Raúl Reynoso, el realizador del vestuario y los conjuntos de danzantes y actores -que más bien pueden llamarse “figuras”, ya que en esta ocasión no eran ellos quienes recitaban lo textos, sino que éstos llegaban al público por medio de una cinta grabada- por cierto que pudimos reconocer algunas voces, como las de Raúl Dantés, Socorro Avelar, etcétera.

En resumen: un espectáculo muy digno de elogio.