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Orfeo de Offenbach vuelve a México. Hace 85 años que llegó a nuestros escenarios el can can. I*

Armando de Maria y Campos

    La república liberal había arrinconado a los imperialistas. Pero desde Francia seguían llegando conquistadores, no invasores. Más afortunado que Forey o que Bazaine, un judío nacido en Offenbach, pueblecillo alemán, conquistó el corazón de México con frívola melodía: el can can. Sucedió así. El maestro español Joaquín Gatzambide, de gira al frente de su compañía de zarzuela por la isla de Cuba, había sido arrojado por la pésima situación política de la última colonia española, viéndose precisado a refugiarse en México. Gatzambide traía en su repertorio lo mejor de las más recientes zarzuelas grandes españolas, algunas de estas versiones casi literales, particularmente en las partituras, de los más recientes éxitos de la opereta bufa francesa. Entre éstas se contaba el arreglo de Orfeo en los infiernos, la famosísima opereta de Jacobo Offenbach, que hacía cantar desde París a Europa entera.
     Offenbach, cuyo verdadero nombre fue Jacobo Levy, compositor alemán naturalizado en Francia, creó la música francesa más frívola y honda a la vez que hubiera podido soñar un músico nacido en Francia. Basta para que su nombre no se olvide nunca un número: el can can, que escribió para su Orfeo en los infiernos. Los españoles acostumbraban traducir para su público los éxitos franceses, y Orfeo en los infiernos se convirtió en Los dioses del Olimpo. Una breve nota biográfica de Offenbach así como algunos antecedentes de su Orfeo serán motivo de una crónica, en vísperas del reestreno ahora de esta deliciosa partitura, primera que hará estremecer de frívola alegría el nuevo teatro Virginia Fábregas. Por ahora me limitaré a evocar el escándalo y las discusiones que provocó el estreno en México de Los dioses del Olimpo. Ocurrió el suceso el 22 de junio de 1869, en la novena función del tercer abono de la compañía Gatzambide, en el teatro Nacional, y fue el primer gran triunfo del teatro lírico francés en México. Toda la ciudad se aficionó al can can; millares de espectadores acudían noche a noche al teatro de la calle de Vergara a celebrar la victoriosa entrada del can can. Entonces dictaba la crónica teatral en México, desde su gran tribuna El Renacimiento, el maestro Ignacio M. Altamirano, y registró puntual en bellísima crónica que ahora exhumo cómo el can can de París triunfó en México.
    "Los artistas -escribe Altamirano-, aunque

careciendo de la chispa francesa, estuvieron felices, admirables. La (Elisa) Zamacois, como siempre; Aznar, soberbio en su papel de Plutón; hasta Carratalá agradó al extremo de arrancar numerosos aplausos; el Congreso de los dioses hizo desternillar de risa al público; la linda corista que hizo el papel de Diana, estuvo encantadora; pero el triunfo grande, portentoso, sin rival, fue el que obtuvo Amalia Gómez, haciendo el papel de Juno, y que levantó un pedestal en el gran teatro al can can. A poco más, con una contorsión más, el público electrizado habría dejado los asientos, habría corrido al proscenio y la habría paseado en triunfo por las calles. Difícil sería en otro género obtener una ovación del público mexicano igual a la que obtuvo la Gómez con su talento cancanero. Y todavía hay que advertir que las cancanras españolas que bailan jaleos y gallegadas, no pueden nunca cancanear como las francesas.
     "Cuando en México se vea a una de éstas, habrá una revolución. Por ahora preciso es conformarse con la Gómez, y ella será desde hoy la artista predilecta de los mexicanos. La música de Offenbach y el can can van a reinar como déspotas, y siempre que se pongan Los dioses del Olimpo o La bella Elena o Barba Azul,o cualquiera de las numerosas creaciones de ese compositor, el teatro estará lleno. La locura mayor que se aplauda en París, indispensablemente tendrá acogida con el furor de la imitación. Los que inventan son menos fanáticos que los que imitan".
     No se equivocó el ilustre Altamirano. Bien pronto el público mexicano se entregó a una irrefrenable pasión: bailar can can. Gatzambide se vio obligado a abrir un nuevo abono y por más lucha que le hizo a su género español apara imponerlo en el gusto de nuestro público, como a la zarzuela española de entonces le faltaba la picante mostaza del can can, se vio precisado a alternar actos de las zarzuelas del repertorio español con aquellos de Los dioses del Olimpo en que se cancaneaba de lo lindo. Offenbach se había hecho con su música el amo de México.
     Para que no se crea que exagero recordaré lo acontecido el beneficio de la tiple española Adela Serra. "Al presentarse la primera tiple de la compañía Gatzambide -dijo en su crónica Altamirano- el público la saludó con una salva de aplausos y la premió con otra al concluir de cantar el Ave María de Gounod, que en verdad

interpretaba a maravilla. Pero al aparecer la Amalia Gómez, que hacía el papel de la vieja en La colegiala, no sólo hubo una, sino varias salvas de aplausos y gritos, y bravos, y la locura, al grado de que Amalia no podía hablar de emoción. Se la saludaba como a una aparición maravillosa, indicación de que no se quería de la zarzuela precisamente el canto, sino el baile deshonesto, y no era música cualquiera, sino la de Offenbach. La Zamacois, cuya voz era hermosa (tomaba parte en la función), aparecía eclipsada por la Gómez, que no se puede negar que era simpática, pero que se hizo adorar tan sólo por sus movimientos en el can can. La Gómez era la diosa de la época, la actriz de moda. El can can había destronado al arte dramático: era lo único que llamaba la atención y al público a nuestros teatros y aun el modístisimo de Hidalgo, y los otros todavía peores, ocurrían en sus miserabilísimas funciones a anunciar que se bailarían entusiastas cancanes ejecutados, hasta tocar en grosería, por infelices bailarinas y bailarines de bajísima estofa, y que sólo tenían de notable la deshonestidad y el descaro".
     La historia de la introducción del can can en México está colmada de anécdotas, y es tan fecunda con sus repercusiones en la política, que forma página magnífica en la historia de nuestras costumbres sociales. Me propongo hacer una síntesis de ella con motivo de la nueva versión de Orfeo en los infiernos que inaugurará al nuevo teatro Virginia Fábregas.

* El autor escribió cuatro partes con este tema; las otras tres se publicaron en las siguientes fechas: 27 y 30 de mayo y 4 de junio de 1954.