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Balance de interpretaciones de Seis personajes en busca de autor. IV

Armando de Maria y Campos

    La escasez de temas teatrales que llevar a la crónica dio ocasión a cronistas y columnistas metropolitanos a dedicar mayor atención que la habitual a la reposición de Seis personajes en busca de autor de Pirandello. En el mismo pozo he caído y, por eso, continúo -y termino- comentando el tan comentado estreno para estas generaciones, de la pieza sin par del maestro siciliano, premio Nobel.
     Pocas veces se ocupó la crónica habitual con tanto interés de la interpretación que a Seis personajes diera el grupo de actores, la mayoría de ellos no profesionales, que reuniera Rooner, algunos de ellos discípulos suyos, o hechura suya reciente y, por lo mismo, con las características, errores o virtudes, del empeñoso y constante meteur en scene. Se le reprocha a Rooner su falta de conocimiento del idioma castellano que, inútil es decirlo, no es el suyo, no sin falta de razón, como se ha hecho ya con Seki Sano, André Moreau o Fernando Wagner, ahora con Alan Lewis. Así sería mientras estos caballeros actúen como directores de teatro entre nosotros o en cualquier lugar de América donde se hable el castellano tradicional. La pronunciación -mexicana- no será nunca perfecta bajo la dirección de Rooner, Sano, Wagner, Moreau o Lewis. Ellos hacen lo que pueden y, a veces, los actores les ayudan. El mal viene de atrás y, por lo que a ellos se refiere, no parece tener remedio. A otra censura, pues. Muchos quisiéramos que Gómez de la Vega, eminente director mexicano que habla y enseña español perfecto, dirigiera a todos los nuevos actores, pero esto no es posible, como está en la conciencia de muchos; conformémonos, y ya es bastante, con los directores que saben bien su castellano, como Gorostiza, Aceves y Novo, citándolos en el orden en que se sentaron en la silla del director, pero que no pueden dirigir en todos los teatros, porque tienen los suyos.
    Rooner ha hecho un buen actor de Augusto

Benedico, que actuó en un principio bajo las órdenes de un director español de larga ejecutoria, Rivas Cherif. Benedico es un actor que dice con claridad y actúa con hondura. Para muchos es un comediante monótono, él mismo siempre, porque no hace un "tipo" de cada personaje que habita: porque no se caracteriza -pelucas, bigotes, barbas, cejas tapándole las facciones- como era habitual en los actores del siglo décimonono. Lo cierto es que conociéndole su director como le conoce, le da personajes que entre sí se parecen, de lo que resulta que el actor da la impresión de ser el mismo. Claro que el señor Benedico repite sus gestos y no posee que digamos una gran variedad de movimientos con las manos, particularmente con la derecha, que frecuentemente insiste en idéntico ademán -aquel de llevarla a la frente y cerrar los ojos-, pero ni una sola vez deja de estar dentro del personaje que se le confía... según su modo de verlo y sentirlo, con el que hay que conformarse. En Seis personajes realiza un Padre tal vez demasiado teatral (excesivamente actor, diría para ser preciso); un poco a la italiana, siempre en dramático. Lo dijo con emocionada claridad.
     La bella y atractiva Leonor Llausás compuso una Hija soberbia en la primera parte de su actuación, y equivocada, por exceso de actitudes y "descoco" en la segunda, en la que no alcanzó el clímax dramático necesario a tan difícil personaje. Cuatro interpretaciones he visto a la Llausás, y en esta última nada queda de aquellos resabios de Un alfiler en los ojos o de Paloma. En Seis personajes Leonor es una actriz. Antes no lo era. Como actriz debe juzgársele y desear que logre imprimirle a su voz -lamentablemente ronca- mayor juego de matices. Tengo para mí que hasta las escenas anteriores que reproducen su encuentro con el Padre en la tienda de modas de Madame Pace, está excelente. Luego, excediéndose en el

aspecto cínico, se deja arrastrar por su afán de lucir sus indiscutibles encantos físicos.
     Otra gran actuación es la de Antonio Passy en el Director. la considero perfecta por su naturalidad de movimientos y por la intención que el joven y ya gran actor pone en cuanto dice. Llega al palco escénico con una larga, sufrida y fecunda experiencia de teatro por televisión -que yo he seguido paso a paso- y que le ha dado esa difícil naturalidad -o difícil facilidad- que si bien en ocasiones es don de Natura, también representa larga paciencia, observación y estudio. Passy tiene delante un largo, profundo porvenir como actor de asombrosa ductilidad para interpretar los más variados tipos.
     En seguida, ocupan lugar de honor, por su cuidada interpretación, por cierto en dos pequeños papeles episódicos, Luisa Rooner en la Primera Actriz y José María de la Labra en el Primer Actor. Se lucen como tales, porque en el teatro real eso son la Rooner y Labra, primera actriz excelente, primer actor para los que no tiene secretos el arte de representar. Los dos están por encima de sus respectivos personajes. Al lado de estos experimentados comediantes se deja ver, por cuidada y bien compuesta, la interpretación de Madame Pace, por Libertad Ongay, que luce talento y desparpajo.
     El resto tiene escasa ocasión de dejarse ver por público y crítica. Sin embargo, lo logran Luis Lomelí -el Hijo- humano, apasionado cada vez que interviene, y Alfonso Aranda -el Muchacho-, que, sin hablar, sostiene el drama de su personaje con sólo la dramática intención de la mirada. Los demás personajes fueron confiados a incipientes actores o alumnos de escuelas de teatro, y ninguno desentona en el cuadro de esta actuación tan difícil de entonar porque fluctúa entre lo ficticio y lo verdadero, entre el drama de los "seis personajes" y la farsa que no pueden dejar de vivir, ni frente al drama, los actores de cualquier farándula del mundo.