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Las marionetas de Salzburgo en el Bellas Artes

Armando de Maria y Campos

    La Asociación Musical Daniel, que tan excelentes espectáculos trae a México desde hace más de veinticinco años, acaba de presentar en el escenario máximo de la república, el del teatro del Palacio de las Bellas Artes, una brevísima temporada con las Marionetas de Salzburgo, compuesta por cuatro funciones, que tuvieron la virtud de atraer al público culto de la metrópoli en forma tal, que tres de estas funciones agotaron las localidades. Se comprende y justifica el interés que despertó la breve temporada de las Marionetas de Salzburgo, porque en verdad constituyen un espectáculo único, no sólo desde el punto de vista titeresco, sino considerándolo también como festivales de música, especialmente mozartiana.
     Las marionetas de Antón Aicher proceden del rincón austríaco privilegiado en que Mozart vio la primera luz. Durante años, Salzburgo tuvo un lugar preferente en la geografía musical, por Mozart en particular. Después, y como consecuencia del genio de Wolfang Amadeus por los muy pronto famosos Festivales Musicales de Salzburgo. Y a partir de 1913 por el teatro de Marionetas de Antón Aicher, cuyos descendientes en línea directa lo han elevado a un grado de perfección sólo comparable al de los muñecos que para la cinta de plata ha creado el genio de Walt Disney. Viendo actuar a las Marionetas de Salzburgo -en el cuento original de L. Frank Baum adaptado para marionetas por Paul Pimleur, El mago de Oz; Pequeña serenata nocturna o Eine Kleine Nachtmusic- no sabe uno que fue primero, si los dibujos animados de Disney o las marionetas de Aicher.
     Antón Aicher creó el teatro de marionetas de Salzburgo de Austria, pero lo llevó a su eminencia  actual su hijo Hermann, la esposa de éste Elfriede y sus hijas Frick y Gretel. Vittorio Podrecca -cuyo espectáculo estuvo en México el año 1927-, había hecho ya famoso su teatro de marionetas cuando apareció el de Aicher. A decir verdad, no sabría nadie asegurar cuál de estos dos espectáculos de marionetas es el mejor del mundo. Acaso el secreto lo tenga Paul McPharlin, de los Estados Unidos, que lleva al día la historia de la marioneta universal. Pero si el espectador se atiene a lo que acabamos de ver en el Bellas Artes, llegará a la conclusión de lo difícil que será para los rusos o los checos enmendarle la papeleta a Aicher.
    

     La innovación más importante de Aicher (Hermann) es la introducción de marionetas más grandes, al tamaño llamado imperial. La marioneta de gran talle de Aicher alza hasta tres y medio pies (más de un metro), lo que obliga a nueva escena portátil con dimensiones de nueve metros de longitud, un metro de profundidad y cuatro metros de altura. Este pequeño y al mismo tiempo grande escenario, se piensa que resultaría minúsculo instalado dentro de la enorme embocadura del teatro del palacio de las Bellas Artes. En verdad que el espectador colocado a la mitad de la sala tiene que usar gemelos, pero apenas se abre la cortina, el escenario pequeño y las marionetas imperiales de Salzburgo llenan con su espectáculo el teatro, como cualquiera de los mejores y más soberbios del mundo.
     La representación para niños de El mago de Oz constituye un espectáculo para las más despiertas mentes párvulas y subyuga a los padres, y la presentación de Don Giovanni, de Mozart, reducida a una hora y diez minutos, satisface al melómano más exigente y lo esclaviza al espectáculo todo él de una graciosa naturalidad inmejorable. Y aun hay más: la Pequeña serenata nocturna y la suite de Cascanueces son la corporización más graciosa y traviesa que un poeta balletómano podría crear con encendida y exquisita imaginación. Ni títeres (o marionetas) que se acercan a lo humano, ni personajes de ensueño, ni nada que se haya hecho antes en el teatro. Algo distinto. Muñecos que cobran vida sin dejar de ser muñecos, formas imprecisas de la imaginación, notas y melodías a las que se ve actuar, bailar. Y el prodigio de los prodigios en un muñeco movido por hilos: la resurrección de aquel acierto genial de Ana Pavlova, la insustituible, en La muerte del cisne, con música de Saint-Saëns, con coreografía de Fokine. Esto sí que es un milagro, porque parece realización fuera de lo humano artificial y mecánico. Al cronista se le escapa una afirmación: La muerte del cisne como la realiza la marioneta de Aicher resultaría imposible para una intérprete humana, a no ser que resucitara la propia Ana, y eso en sus mejores años. Para quienes tuvimos la dicha inolvidable de verle bailar a esta imponderable creación varias veces -una de ellas, un domingo en la tarde, acompañada al cello por Eugenio Casals-, nos causó tremenda impresión

comprobar la revivida en la marioneta de Salzburgo. Largos años costó a Aicher realizar este prodigio de movilista genial, aunando técnica, coreografía precisa e iluminación de maravilla, pero su esfuerzo ha sido largamente compensado con la satisfacción de haber creado algo excepcional. (En la Feria Mundial de París de 1937 las marionetas de Salzburgo obtuvieron el primer premio con La muerte del cisne por la Pavlova de madera, de trapo y de alambres).
     Tres funciones de las cuatro que las marionetas de Salzburgo ofrecieron al público de México tuve el privilegio de ver: El mago de Oz, Sebastián y Sebastiana y Don Juan, óperas de Mozart, y la corporización musical del delicioso Concierto de Schoenbrunn, también de Mozart; la Pequeña serenata nocturna, el Cascanueces y La muerte del cisne. Los tres programas magníficos, inolvidables.
     Finalmente, algunos datos para registrar al detalle el paso por México de las Marionetas de Salzburgo. El personal permanente del grupo consiste en diez manipuladores y 700 marionetas. Dos operadores manejan cada marioneta para explotar al máximo sus condiciones de maniobralidad. La música para sus producciones se ha grabado especialmente por la orquesta del Mozarteum de Salzburgo y un conjunto selecto de voces. Las traducciones al español fueron hechas por Lolita Usero y José Cuyás. El vestuario es de Elfriede Aicher, los escenarios de Gunter Schneider-Siemson, la iluminación de Gretel Aicher. El director de escena es Rolf  Maedel y el genio creador y coordinador, Hermann Aicher.