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La acrobacia y la maroma entre los aztecas. I

Armando de Maria y Campos

    Los aztecas o nahoas practicaban la acrobacia. Son numerosos los testimonios de historiadores aborígenes y peninsulares que lo certifican. De valor impasible y de habilidad portentosa, increíble, practicaban diversos y difíciles juegos de auténtica acrobacia.
     Uno de los más antiguos juegos acrobáticos de los aztecas es el conocido con el nombre de El Volador, interpretación castellana de la palabra Teocuahpatlaque, formada de Dios, o sagrado, y Patleque, "los que vuelan alrededor". Es de advertir que el historiador Clavijero denomina a este juego "los voladores", y no el volador, según después se le ha venido llamando.
     Todavía en poblados indígenas nahuas y totonacos existe el juego de "los voladores", o bien del "volador". El instrumento es ahora uno solo y de otra guisa que aquel de los indígenas precortesianos.
     Una estampa tomada de la primera edición italiana de Clavijero, representa la manera antigua de ejecutar el valeroso juego.
   Todavía en Tepoztlán, no lejos de Cuernavaca (nahuas), y en Papantla, Ver., (totonacos), existe un juego de los voladores, y en este último lugar las ceremonias de escoger el árbol en el bosque y llevarlo a rastras al pueblo; la "curada", que consiste en descortezarlo y engrasarlo, y la erección del mismo, que recuerda el Panquetzaliztli de los Códigos, son remembranzas rituales.
    Escogido el árbol alto, fuerte, de nogal o de zapote, es derrumbado y con largos bejucos es atado y llevado por 400 ó 500 indígenas entre algazara indescriptible hasta el sitio elegido. Comúnmente la altura es de 11 metros y el

diámetro de 25 centímetros; una cruz griega de madera fuerte es unida al tronco con grueso pivote (ahora de metal), de manera que la cruz gire con facilidad. Al extremo de cada brazo de la cruz es atada una cuerda que baja hasta donde alcanza un individuo a meter la pierna en una laza o en un mecapal. Los individuos son cuatro y emprenden carrera siguiéndose, y al hacerse el contrapeso se levantan y giran a regular altura hasta que los jugadores se cansan. Tal es el juego de nuestros días, que de lo antiguo conserva el poste vertical, la cruz o nahui ollín y los cuatro jugadores, por los solsticios y equinoccios.
   Según la estampa, el poste está sobremontado por un capacete y más abajo la cruz encerrada en cuadro; entre el capacete y la cruz están enrollados en espiral las cuatro cuerdas de manera que la punta de cada una baje o un lado del cuadro y pase por un agujero y de allí a la cintura de cada "volador" que con alas grandes de ánade y de águila se lanzaba imprimiendo movimiento al aparato de tal modo que cada uno desarrollaba trece vueltas y llegan al suelo a un mismo tiempo, haciendo un total de 52 vueltas, número de años del ciclo.
     Los brazos de la cruz representan los cuatro puntos del sol. En el capacete un hombre de pie con bandera o tamboril dirige el juego y durante el mismo un hombre pasa de una a otra por las cuatro cuerdas.
     Para subir a la cruz y al capacete, los jugadores tienen una escala por completo indígena de cuerdas o de bejuco, que son lanzadas iguales atadas a lo largo del poste para meter los pies y las manos.

   El símbolo es ¡el tiempo que "vuela"! y el curso de los años que se suceden sin alcanzarse.
   El juego era muy peligroso porque frecuentemente se rompía el poste, daban los voladores de cabeza contra él o caía del poste el director del juego.
     El padre Landívar dedica en su Rusticatio mexicana floridos párrafos a describir el temerario acto de "El Volador". "Trepan velozmente al cuadrado puesto arriba -dice- cuatro elegidos entre lo más granado de la gente moza, vestidos todos galantemente, y se sitúan los unos en frente de los otros, hasta el momento de que los amarren con retorcidas sogas. Mas tan pronto como cada uno de ellos se siente atado con las maromas, suspendido por la cintura, de un salto se vuelven precipitados sobre la tierra. Luego gira la máquina y desarrollando con el bígido cilindro las enrolladas cuerdas, soltando soga fuerza a los voladores a dar alrededor por los aires lunadas vueltas y a enlazar círculos inmensos. Entonces agitan el aire con los pies y pulsan con sus manos los sistros y resuenan en los escaños nutridos aplausos, hasta que el impetuoso movimiento arroja al suelo, vacilantes las rodillas, a los rendidos completamente aflojadas las bridas".

* La segunda parte de esta crónica se publicó el 26 de febrero de 1954. El tema también se trata en la del 23 de enero de 1954.