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La rebelión de los colgados, adaptación de la novela de Bruno Traven, por aficionados. Una reclamación sin importancia

Armando de Maria y Campos

    Si alguien quiere saber con certeza qué es un teatro experimental entre nosotros, que acuda una de estas noches al llamado auditorio de la Secretaría de Recursos Hidráulicos -en los sótanos de este ministerio, Paseo de la Reforma, 69- a presenciar las representaciones gratuitas por el grupo teatral de esta Secretaría, de la pieza dramática en tres actos y veinticuatro cuadros, La rebelión de los colgados, adaptación de la novela de Bruno Traven. Todo en ese local, obra e intérpretes, resulta un interesante, impresionante experimento.
     Los actores no son actores. Todos cuantos intervienen en la representación pertenecen a la nómina de empleados o trabajadores de esa Secretaría -el programa aclara que entre ellos figuran modestos conserjes-, que ensayan y representan en horas extraordinarias a su trabajo. Actúa como director un entusiasta discípulo del director japonés Seki Sano, y la versión escénica de la novela de Traven se debe al propio señor Sano, quien rompió los moldes tradicionales barajando pasajes indispensables y trascendentales de la novela, reuniéndolos en tres grupos (primer acto ocho escenas; diez para el segundo, y seis para el postrero), algunas con duración que no excede de un minuto estricto. Puro experimento, que sigue el espectador con interés creciente. Las paredes sirven de decorado, y trastos elementales -mesas, sillas, troncos de árbol, un mostradorcillo- visten las escenas. Tampoco hay telones entre una y otra, y los cambios se hacen a base de breves, dramáticos oscurecimientos. La luz juega papel importante, y, finalmente, los actores salen y entran a escena usando las escalerillas laterales del escenario que comunican con el lunetario. Puro, impresionante experimento teatral.
     La adaptación teatral de La rebelión de los colgados ya fue presentada en público, en 1941, en el auditorio del Sindicato Mexicano de Electricistas. Ahora, la presentación ha sido superada. Y también la interpretación, que resulta de una conmovedora naturalidad. Veintiséis empleados y trabajadores intervienen en la acción. Sería de justicia consignar la nómina completa. Dénse todos por citados, pero como algunos lucen o destacan más, a éstos sí hay que mencionarlos: Celio López,

Rodolfo Ochoa, Margarita Rubalcava, Amado Zumaya, Manuel Barros, Ignacio Acosta, Rafael Ruiz, José Isabel Orozco y Carmen V. de Santillán. La dirección de Roberto Baillet mantuvo el ritmo dramático de la patética acción característica del novelesco -e histórico- asunto que Traven llevó a su creación maestra, La rebelión de los colgados.
     Horas después de haber concurrido a la primera representación de la pieza Traven-Seki Sano, asistí a una reunión social en honor de un grupo de periodistas y para anunciar oficialmente la inauguración de inminente temporada teatral, y en ella encontré a colegas en esta amarga y apasionante actividad de comentarista teatral. Entre bocadillo y jaibol saltó el tema de la inconformidad, punto menos que unánime, por el resultado de los premios teatrales 1954. Ratifiqué ante quienes pudieron oírme que no tuve parte ni mal-arte en dicha repartición. Y como estuvieran presentes en el grupo los colegas Mota y Magaña Esquivel, dije a ambos que para el futuro había que hacer las cosas con mayor sentido de responsabilidad, y que para ello era preciso contar con presidente de la Agrupación de Críticos de Teatro con antecedentes, solvencia, serenidad y probado amor al teatro. Y poniendo mi carta bocarriba, dije que tengo el propósito de constituirme en propagandista de una planilla que encabezara don Fernando Mota.
     Saltó como víbora a la que pisan el cascabel, el colega Magaña (que funge, por autodeterminación, como presidente de la zarandeada Agrupación), para decir: -Pues yo ya tengo "mi" presidente, que será el que salga electo; persona de reconocida competencia y que tiene a su alcance un magnífico instrumento de publicidad... -¿Quién?, pregunté curioso: -El director de El Redondel, don Alfonso de Icaza. -No es ningún error -declaré-; me parecería el mejor, si no se contara con Fernando Mota. El señor Icaza, famoso crítico taurino, es un viejo aficionado al teatro, y sólo lamento que no crea en el teatro experimental, al que nunca comentó en su gran semanario... El director Víctor Moya, que escuchó este diálogo, se retiró, discreto a la primera oportunidad.
    

   ¡Quién me había de decir que horas después el señor Magaña -crítico de El Nacional y de Tiempo- había de volcar por mi teléfono privado la mas variada, pintoresca y virulenta colección de sapos y culebras! ¡Si hasta llegó a amenazarme con romperme el medio rostro que ha querido respetar la parálisis traidora que me atacó hace más de medio año! No esperaba la agresión verbal. Sonó el teléfono: una voz dijo llamarme de parte de Novedades, y resultó ser la fingida, después desembozada del presidente de la Agrupación de Críticos de Teatro, reclamándome porque había tenido el valor de declarar que nada tuve que ver con la repartición de premios, la noche en que los críticos adictos al señor Magaña distribuyeron recompensas correspondientes al año último, ignorando que a lo largo de él, el eminente Alfredo Gómez de la Vega dirigió y actuó La muerte de un viajante, que Usigli estrenó Función de despedida, y que se revelaron dos futuras grandes actrices mexicanas, Maricruz Olivier y María Teresa Armendáriz, etc.
     Arrojé la bocina a la alfombra, pero seguían saliendo de ella sapos y culebras. Al fin, la voz se apagó. Pero quedó en pie el anuncio de una escena teatral con un agresor al alba de la sorpresa y una misma, que no será a la defensa. ¡Qué razón tienen algunos de pisar a la crítica de teatro mexicana en general!