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Una nueva salida de Rivas Cherif por los campos de Talía, o cincuenta años después

Armando de Maria y Campos

    Cipriano de Rivas Cherif se presentó por primera vez en un escenario, en el de los padres agustinos del Escorial español, que allí tienen colegio. Y ello sucedió por los primeros días de diciembre de 1903. Hace justamente cincuenta años.
     En la iniciación de su vida literaria, también muy por los primeros años del siglo, en 1907 y en estos días de diciembre asimismo, conoció a don Ramón del Valle-Inclán, de poco atrás casado con la distinguidísima actriz Josefina Blanco. Retirada hace años de la escena, conserva vivo el recuerdo de los amigos y discípulos como Rivas Cherif, fidelísimos a la memoria insigne del gran don Ramón. Y ha querido el azar que en estos días igualmente y como mejor pretexto del medio siglo de experiencias teatrales que Rivas Cherif empieza a celebrar, la viuda de Valle-Inclán, en nombre de sus hijos, a quienes representa como administradora de las obras del maestro y por sí en cuantos derechos le corresponden, le haya concedido la exclusiva y prioridad de representación del teatro valle-inclanesco, así como el cuidado y vigilancia de los textos literarios que eventualmente puedan adaptarse al cine, la radio y la televisión.
    Valle-Inclán dedicó especialmente a Rivas Cherif con Manuel Azaña la primera publicación de La farsa y licencia de la reina castiza, que vio la luz en la revista La Pluma, que editada por ellos se publicó en Madrid de 1920 a 1923.
     Del 25 al 26 tuvieron lugar las curiosísimas representaciones caseras del Mirlo Blanco, escena de cámara de la señora Carmen Monné de Baroja, la esposa de Ricardo, el raro artista hermano mayor de Pío, y hoy gravemente enfermo en su casona de Vera del Bidasoa, en la raya de Francia.

     El Mirlo Blanco se inauguró con el prólogo a Los cuernos de don Friolera de Valle-Inclán, en que se define graciosísimamente su estética teatral, interpretado por Rivas Cherif.
     Rivas Cherif leyó por primera vez en público La reina castiza, en 1929, en el teatro Maipó, de Buenos Aires, suceso en que fue testigo de mayor excepción el entonces embajador de México en la capital rioplatense, don Alfonso Reyes.
     En 1931, Irene López Heredia estrenó con su compañía en el teatro Muñoz Seca, de Madrid, La reina castiza primorosamente montada en escena, por el gran dibujante y escenógrafo Salvador Bartolozzi, quien pasó entre nosotros, los mexicanos, sus últimos años.
     En diciembre de 1947, y a raíz de las representaciones que dirigió en el Fábregas de La vida es sueño y El nacimiento del mesías, se propuso Rivas Cherif la constitución de una asociación en pro del teatro, cuyas primeras muestras tuvieron lugar algo después en la sala de la Posada del Sol -donde hoy actúan los Players Inc.-, con lo que se reanuda el cultivo de los teatrillos mínimos, tan en boga ahora y que ya habían tenido un primer brote con los autores que, jóvenes hace veinte años, dirigen hoy el mundo teatral mexicano con la sombra presente de Villaurrutia.
     En la Posada del Sol nació la Asociación de los Amigos del Teatro en México, interrumpidas sus manifestaciones, luego de cinco brillantes y aún brillantísima alguna, como la primera de Esquina peligrosa de Priestley, al ser requerido Rivas Cherif por el Teatro de la Universidad de Puerto Rico para un breve curso que se prolongó inusitadamente por tres años, al que siguió también prorrogada más de la cuenta, otra estancia teatral de Rivas Cherif

en Guatemala. No era su propósito, al fundar Los Amigos del Teatro en México, atribuirse la exclusiva dirección material de sus temporadas; pero atendiéndolo de otra manera, sus consorcios han esperado pacientemente su vuelta.
     En Puerto Rico y en Guatemala, Rivas Cherif ha podido experimentar cómo, hace veinticinco años en Buenos Aires, la inmarcesible fragancia de la poesía dramática de Valle-Inclán, al que no vacila en proclamar el primero de nuestros clásicos modernos, es decir, el primero entre los que de nuestro tiempo ya nos dan un ejemplo mucho más valedero, ahora, que el de Lope o Calderón.
     Rivas Cherif ha resucitado, con motivo de La reina castiza, el bululú o intérprete único con que nace el teatro español en los albores del Renacimiento. Es una prueba de director capaz de transmitir de visu y de oído a sus posibles actores, a sus discípulos, sobre todo en la escuela tal de actuación dramática, el arte de la diversificación que tanto parecen olvidar los fáciles cultivadores de una personalidad harto constante en sus interpretaciones.
     He ahí por qué reanuda Rivas Cherif su comunicación con Los Amigos del Teatro en México, ofreciéndose esta representación de convite, antes de reorganizar seriamente sus actividades propiamente sociales con La reina castiza, explicada por el prólogo a Los cuernos de don Friolera y en conmemoración de sus primeros cincuenta años de teatro.