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Sala El Caballito. Estreno de El baile de Edgar Neville, por Andrea Palma, Miguel Maciá y Enrique Díaz Indiano

Armando de Maria y Campos

    Hacía muchos años que en España, según afirma la prensa que de allá me llega, no se lograba en el campo de la comedia un éxito de público como el que obtuvo y está obteniendo El baile de Edgar Neville en el teatro de la Comedia madrileño. Al rebasar las trescientas representaciones le fue ofrecido un banquete al autor cuya convocatoria firmaron los duques de Alba y Maura, el marqués Luque de Tena y el conde de Yebes. Ofreció el convivio Gregorio Marañón. Todas las más caracterizadas representaciones de la escena española y del cine Ibero asistieron al agasajo en honor del conde de Berlanga del Duero, Edgar Neville.
     Andrea Palma, talentosa actriz durangueña eligió esta comedia de Neville para retornar al teatro ocupando la modesta sala teatral El Caballito y la ha representado en unión de Miguel Maciá, Enrique Díaz Indiano, su esposo, y Carmen Peláez, con modestia que llega al límite de lo pobre y lo raquítico y equivocado -lamentablemente- el nombre del autor, anunciado como Carlos en vez de Edgar (un cronista mexicano, o creo que español, acaba de asegurar que Edgar Neville es seudónimo). Para desvanecer dudas e ilustrar al lector, diré en pocas palabras quién es el autor de El baile.
     Edgar Neville es un humorista y novelista de gran ingenio y popularidad en España. Nació el 28 de diciembre de 1899, en Madrid. Se licenció en derecho en 1922 y ese mismo año ingresó en la carrera diplomática, después de pasar las oposiciones. Representó a España con el puesto de agregado en Washington y de cónsul en Uxda, Marruecos francés. Durante la guerra intestina fue diplomático en Londres, a lo largo de su carrera diplomática pidió la excedencia voluntaria para poder dedicarse a la cinematográfica, volviendo a regresar a ella pasados los trabajos que le impedían ejercer el cargo. Ha publicado los siguientes libros: Eva y Adán, cuentos y ensayos (1926), Frente de Madrid, novela de guerra (1942), La familia Mínguez (1946), y lo más reciente Futuro imperfecto. Como autor de teatro ha escrito Margarita y los hombres estrenada en 1934 y Producciones Mínguez S.A., Los hombres rubios. Y para que quede completa esta ficha

agregaré que a Neville se deben los siguientes guiones cinematográficos, adaptaciones unos, originales otros, muchos de ellos dirigidos por él: El malvado Carabel, La señorita de Trevelez, Frente de Madrid, Correo de Indias, Café de París, La vida en un hilo, Domingo de carnaval, El crimen de la Calle de Bordadores, El señor Esteve y El tiempo pasado. Este es, lector, el nuevo -y viejo- autor que entra a la vida teatral mexicana por la puerta grande del éxito.
     El baile (un baile que nunca llega a celebrarse), es una comedia en tono de farsa y con un tema de vaudeville tan sano y limpio que no llega a plantearse ninguna situación de este género, no obstante que toda la trama gira en torno del eterno triángulo pivote del vaudeville francés. En esta encantadora comedia hay un triángulo: la esposa, el marido y el tercero indispensable en la aparente discordia, y en realidad enlace de concordia conyugal. Es un hallazgo este menage à trois que nada tiene de francés porque no hay ofensa al honor. La primera parte de la acción ocurre a principios de siglo, cuando era popular el tenor Anselmi; el segundo, veinticinco años después, cuando Spaventa canta tangos desgarradores. El tercero en nuestros días. No hay en esta comedia con aire de farsa un juego del tiempo a lo Priestley o a La plaza de Berkeley que acabamos de ver. Lo que ocurre es que el tiempo no puede inmovilizarse, a no ser mediante el recuerdo y en la angustia sentida por dos hombres, por un cariño fraternal, y que aman cada uno a su manera, a la misma mujer, esposa de uno, ex novia de otro cuando ambos eran estudiantes. ¿Cómo llevar al ánimo del lector la esencia de esta situación teatral sin revelársela precisamente? ¿Y cómo hablar de ella sin descubrirla? Ella, Adelaida, sabe que va a morir dentro de un tiempo y ellos -el marido y Julián el amigo- saben que el médico ha asegurado que ésta se morirá pero creen que ella no lo sabe. Este paso futuro del tiempo es un impacto de emoción que se clava certero en la inquietud del público. ¿Qué más da que ella o ellos vayan o no "al baile" o que se queden en casa a danzar?

Y el tono de la farsa se mantiene a lo largo de la comedia pero desvaneciéndose, desvaneciendo... La profesión o manía de los entomólogos, tan graciosa al principio, se disuelve en conmovedora melancolía. Y luego, muerta Adela, la aparición de la nieta Adelita; y vuelta a confrontarse idénticas situaciones sentimentales y otra vez la inminencia de "el baile", al que tampoco esta vez van los tres, porque se quedan en casa a bailar en íntima conformidad.
     Comedia de amable, cómica intimidad. No farsa ni ¡menos! vaudeville. Una comedia de matiz. Lo que sucede en esta comedia es puro matiz. Si no se le entiende, si no se le ve y oye así, el espectador está perdido: "que se ahorque de un pino, será lo mejor".
     Edgar Neville escribió el doble papel de Adela y Adelita para una misma actriz: Conchita Montes. Aquí, Andrea Palma prefirió que el personaje de la nieta lo interpretara una actriz en edad más joven, y fue confiado a la primaveral Carmen Peláez, chilena o argentina, que con esta obra se presentó en México, y gustó mucho porque es bella y sabe decir con propiedad y soltura. Andrea Palma en la protagonista, se muestra segura, y la noche del estreno dijo muy limpiamente su parte. El cine le ha dado singular desenvoltura y ella pone en su Adela ágil frivolidad al principio, dulce sentimentalismo después y patética resignación al final. Fue muy aplaudida. Díaz Indiano en el marido y Maciá en el amigo, más seguro éste que aquel, tropezaron a ratos no sólo en la dicción, también en la interpretación. De la señorita Peláez ya expresamos nuestra opinión. La dirección a cargo de Díaz Indiano, apenas si discreta, y con una falla no se ve, ni siquiera se nota, el paso implacable del tiempo. La presentación pobre y mediocre -incluso la escenografía de Jesús Bracho-; pero el público queda encantado. ¡Por la sana belleza de la comedia, principalmente!