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Grupo Teatro Realista. Estreno en la salita de Milán de La señorita Julia de Strindberg

Armando de Maria y Campos

    En una casona de la época porfirista -calle de Milán 28- se ha instalado un Casino de Arte, para bohemios, estudiantes, pintores y escultores, actores aficionados y, en general, gente inadaptada, o no adaptada, a la vida burguesa. Tiene el Casino de Arte un restaurante en la planta baja, salitas de exposición y de ensayos para grupos de aficionados al teatro, una discoteca y, claro, la cocina. Arriba, más salas para exponer cuadros o esculturas y, sobre todo, un teatro, un teatrito que ocupa lo que en aquella residencia de principios de siglo habrá sido la sala de recibir. En ella se han instalado cerca de un centenar de butacas. Para hacer el forillo, se derribó una pared frontera a la salita, y ¡ya tenemos un teatro! íntimo, acogedor, caliente y confortable...
     Llevan más de un año de funcionar casino y teatro y ya tiene su público. El tono bohemio, un poco pecaminoso o prohibido que se le ha querido dar al casino, llevó a sus directores a preferir obras "no aptas para menores", y ya se han hecho largas temporadas con La prostituta respetuosa y A puerta cerrada de Sartre, ya estrenadas con más o menos éxito en otros teatros de bolsillo. También se puso en el teatro de Milán Camaradas de Colette, representada con anterioridad en la sala Molière.
     Ahora -a partir del jueves 1-, el grupo Teatro Realista está representando el admirable, magnífico drama en un acto -por Virgilio Mariel, el joven y estudioso director de este grupo, dividido en dos-, La señorita Julia del gran autor sueco Augusto Strindberg, nuevo para las nuevas generaciones, tanto y tan poco aficionadas al teatro, pero no en México, porque lo puso por primera vez, sólo que en italiano, la gran comedianta romana Tina di Lorenzo, durante la última, inolvidable temporada para nuestro público, en 1907.
     Con motivo del reciente centenario de Strindberg, en 1949, escribí para esta misma columna varias crónicas sobre su vida y su teatro que corren impresas en un librillo que también recoge las dedicadas a Manuel Acuña y Goethe, escritas con igual pretexto. A ellas remito al lector interesado en algún pormenor sobre el autor de La señorita Julia. Strindberg

es el padre del teatro contemporáneo. Si el gran sueco, demente a ratos, atormentado siempre, casi genial, no hubiera escrito teatro, quién sabe qué hubiera sido de Shaw, de Lenormand, de O'Neill y de tantos más. La señorita Julia, que es una pieza en la que se acentúa el leit motiv de toda la obra strindbergiana: el amor-odio que une y separa a todas las parejas que cruzan por su producción teatral, fue escrita en 1888, pero no fue representada hasta 1906, que se estrenó en París, en el Teatro Libre de Antoine, y su tema, violento y atrevido -entonces nadie pensaba en el existencialismo, en la procacidad-, causó sensación en toda Europa. Quizás ahora nos parezca el conflicto de la señorita Julia con su criado Juan, un poco corriente, es decir, común y corriente; en cambio, la calidad dramática de la obra ha ganado en solera, añejándose en forma insuperable como lo buenos vinos. Esta señorita Julia de Strindberg vale sola, considerándola en su tiempo y a su hora, por todas las prostitutas respetuosas e irrespetuosas de Sartre, y cien Anas Lucastas no le llegan a la suela del zapato que se estrella en la boca de Juan, el lacayo.
     Así explica Strindberg en el prólogo que en 1908 escribió para la primera edición de esta magnífica pieza de teatro ya universal: "El triste destino de la señorita Julia lo he motivado por una serie de circunstancias: los instintos fundamentales de la madre; la educación equivocada por el padre; su propio carácter; las sugestiones del novio y su efecto sobre el cerebro débil y degenerado; y además por otros hechos inmediatos: el ambiente festivo en la noche del solsticio, la ausencia del padre, la ocupación de los animales, la influencia excitante del baile, la oscuridad nocturna, el aroma de las flores y, por último, el azar que reúne a los dos en un cuarto secreto, agregado a la insistencia del hombre. No he procedido en una forma unilateral desde el punto de vista ideológico, ni he extremado la nota psicológica. No atribuyo la culpa a la influencia hereditaria de la madre, ni al ambiente inmoral, lisa y llanamente. No me limito a predicar moral. Me enorgullezco de esa multitud de motivos, porque es moderna". Esto, en Suecia, en 1888.
    

     Un acto largo, que representado aun sin cortes no lo parece, encierra la tremenda, realista anécdota amorosa de la señorita Julia. La obra está hablada en castellano fluido, gráfico, directo. No se da crédito a nadie como traductor, pero se usa la traducción de Cristóbal de Castro. Mariel dividió con un intermedio la acción, en el momento en que el autor hace entrar a unos campesinos, que se divierten en la noche de san Juan. Estos ejecutan un gracioso baile. La acción continúa en crescendo, muy bien llevada por el director Mariel, que va paso a paso, y que si no se detiene, llegará muy lejos. Le da a toda la obra un certero aire realista y logra, con los dos personajes centrales, muy buenos y bellos efectos.
    Una joven actriz, de volcánico temperamento, de graciosa figura, de voz rica en inflexiones, Emma Teresa Armendáriz, hace magníficamente -si se tiene en cuenta que ha representado poco teatro y un poco éste por televisión- el personaje tan difícil de la señorita Julia. Muy justa, encantadora, identificada con su complicado personaje. Emma Teresa dejó de serlo para convertirse en Julia. Vehemente, apasionada, coqueta, arrepentida, valiente y cobarde a la vez, resignada al fin, la Julia de la señorita Armendáriz es una de las más interesantes creaciones de este año teatral. A su lado el joven y apuesto aficionado Humberto Enríquez, cargado de buena voluntad, no puede hacer más de lo que hace, dar una réplica discreta, que, justo es decirlo, no defrauda completamente. La señorita Carmen Ponce, en el otro personaje femenino, se mostró muy simpática y empeñosa. La escenografía de Virgilio Mariel, propia y sobria, y la iluminación, cumplida y sencilla. Pero, qué importa esto. La realidad es: una obra que merece la pena verse y que hay una promesa de excelente actriz en la señorita Armendáriz.