Resaltar búsqueda

Inauguración del teatro de cámara Arlequín con La hora soñada de Anna Bonacci

Armando de Maria y Campos

    Contamos con un nuevo teatro breve, limpio, cómodo y elegante. El martes último -17 de agosto- abrió sus cortinas el teatro Arlequín que los esposos Nadia y Antonio Haro Oliva han construido entre los escombros de un club nocturno en el número 26 de la calle Villalongín a unos cuantos metros del paseo de la Reforma, junto al sobrio e imponente Monumento a la Madre. Corinto se llamó primero ese centro de diversión nocturna con chicas alegres que fichaban, después se conoció por Noche Azul y no por otro nombre sugerente más. De hoy en adelante, en donde se bailó al son del mambo afroide, sólo se oirán diálogos de comedias alegres, de vaudevilles frívolos.
     El arquitecto Alejandro Prieto, el escenógrafo del mismo apellido y el dinámico Haro Oliva -de raza le viene al galgo, porque Antonio es hijo de notable actriz y actor aficionado (como se llamaba entonces a los no profesionales) y cronista de teatro-, convirtieron la pista de Corinto en lunetario, y en ella acomodaron hasta 116 butacas, levantaron escenario, seis y medio de boca por cinco metros de fondo; adaptaron camerinos como Talía les dio a entender, y ya tenemos un nuevo coliseo de acuerdo con el público reducido que, pese al llamado auge actual, concurre habitualmente a ver representar comedias. La meteórica, casi atómica carrera teatral de Nadia de Haro Oliva, francesa de origen como se sabe, es la causa indirecta de que contemos con el teatro Arlequín. De aquella travesura de "La Pintada", personaje de Azuela en Los de abajo, que Nadia interpretó en el Tívoli hace cuatro años, durante un concurso teatral con motivo de las Fiestas de Primavera, a la protagonista de L'ora della fantasia de Anna Bonacci, hay un abismo que ha salvado su talento, su aptitud y su afición. Nadia Haro Oliva es ya una de las actrices más interesantes del momento actual en México: joven, bella elegante, fina, estudiosa e inteligente, con honda y renovada afición, posee todo para profesionalizar su inclinación a la escena. Ahora, tiene su teatro. ¡Alea jacta est!
    Para inaugurar el teatro Arlequín se acertó con la elección de una comedia preciosa, de moda y curiosidad ahora en Italia, Francia e Inglaterra: L'ora della fantasia, de la ya consagrada autora italiana Anna Bonacci, mujer de alrededor de cuarenta años -señalo su edad porque es garantía de su madurez intelectual-;

de origen piamontés, antifascista antes de la caída del Duce infortunado. Se dio a conocer desde luego con dos obras notables: La donna questa sconosciuta e Incontra la Locanda, cuyo asunto, de gran interés, es el encuentro de don Quijote y don Juan ya viejos, en un albergue de camino. Gran tema para un poeta dramático, ¿verdad? Después ya consagrada, dio a la escena una rara comedia muy femenina, cuyo título en español puede ser Casa de mujeres y, enseguida, pero antes de La hora soñada, otra de la que tengo el título en español: En el umbral de la historia. Pero de todas la que ha alcanzado éxito internacional es la que en México se ha dado a conocer por Nadia.
     Anna Bonacci es -juzgándola por La hora soñada- una autora con fácil y fluida habilidad que asombra. Comedia de principio a fin, mueve a su diálogo cabrilleante de ingenio, finura y sensibilidad, un airecillo suave de farsa; un soplo de tragedia cómica. La aventura que se ve obligada a vivir la honesta señora Sedley -pasando una noche ¡y con quién! en el lecho de la alegre profesional del pecado, Geraldine, mientras ésta ocupa el lugar y el marido de aquella-, es un feliz hallazgo. Pero para que las dos mujeres puedan vivir ¡una noche! "la hora soñada", qué de incidentes tan deliciosos ocurren en aquella aldehuela inglesa de las postrimerías del reinado victoriano, ¡y cómo ocurre lo que ocurre! Porque el mérito, la gracia y el valor escénico de la comedia de la Bonacci, no está en lo que ocurre, sino en lo que se dice, y no se dice, y en que se advierte la presencia de todo el burbujear de un diálogo femenino, desnudo y brillante ¡estrellado! ¡De desnuda que está, brilla la estrella! que dijo Darío. Como la estrella desnuda de Rubén es el diálogo de Anna Bonacci. Excuse el lector que no aluda ni con el roce de una alusión al frívolo y hondo asunto de La hora soñada, ese cuarto de hora sin límite que toda mujer quisiera poder vivir...
     La interpretación fue de admirable realismo y expresión por parte de Miguel Manzano, quien habitó a Sedley, el músico fracasado y predestinado a ser cornudo, que en Francia creara Pierre Blanchard. Logró un gran tipo, prodigiosamente matizado. Manzano, con una larga carrera de oficio y profesión, está en su meridiano como actor. Es ya, ahora, uno de los mejores de que nos podamos enorgullecer. Dijo y actuó su personaje con una hondura

conmovedora que no se puede más. Nadia de Haro Oliva, que ya es una actriz en toda la acepción, está deliciosamente bonita y admirablemente inteligente, flor de ternura, en la señora Sedley. Ligeramente insegura en el primer acto, en el segundo -confundida con la alegre pecadora- tuvo momentos brillantes y en el tercero se superó, imprimiéndole a su personaje, agobiado por remordimientos deliciosos, una sencillez difícil de lograr. La señorita Graciela Peralta, bellísima, fue una sorpresa exquisitamente discreta; en realidad, logró dos personajes en uno: la Geraldine sin alma, y la mujercita de alma romántica que ignoraba llevar también muy dentro de su temperamento frívolo.
    Manuel Alcaraz, gran actor también, profesional naturalmente, compuso un Taylor, alcalde ambicioso y componedor, socarronamente chusco, de una pieza. Creo que Carlos Riquelme se excedió en los perfiles grotescos de su Sir Ronald, frío, egoísta, calculador don Juan de aventuras fáciles. Sin embargo, lo sacó muy bien. El resto -Emma Fink muy cuidada en el detalle-, Graciela Amador, Yolanda Álvarez, Teresa Vasconcelos, María Antonieta Treviño, José Solé y Roberto Rivero, bien de tono, de ademanes y de poses.
     La traducción de Eleazar Canale M. excelente. Conserva toda la agilidad, gracia y finura del original italiano, de donde la tomó. El decorado, sencillo, pero no está mal. La dirección de Víctor Moya, correctísima.
     Asistió doña María Izaguirre de Ruiz Cortinez y cortó el listón simbólico de la cortina, para dar por inaugurado el teatro. Hubo flores, aplausos para todos y el público salió satisfecho.