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Estreno de Helena de Troya en el teatro de la Capilla, de Coyoacán

Armando de Maria y Campos

     El 12 de diciembre de 1952 se estrenó en el Théatre de la Madeleine, de París, una comedia en tres actos titulada Hélene ou la joie de vivre, firmada por André Roussin y Madeleine Gray, inspirada en una novela de John Erskine, traducida por Maurice Bec. Conviene recordar con este motivo todos los detalles del reparto y de la postura escénica. Sophie Desmarets, fue Hélene; Louis Ducreux, Ménelas; Pierre Dux, Etéoneus; Anna Gayle, Hermione, y J. Gabriel, Telémaque. La mise en scéne fue de Louis Ducreux y el decorado y el vestuario de Wakhevitch.. La obra alcanzó desde la primera noche un éxito resonante. Y si no me equivoco, aún sigue representándose en París. L'Avant-Scéne, journal du théatre, la incluyó en su número del 25 de abril del presente año. Casi inmediatamente, teniendo en cuenta el tiempo con que una buena noticia vuela de París a México, se empezó a hablar de que se representaría aquí, traducida y dirigida por Salvador Novo en su teatro De la Capilla, de Coyoacán.
     No obstante que ya se ha dicho, quién es John Erskine, conviene recordar ahora que gracias a la publicación de su novela La vida privada de Helena de Troya, surgió de la oscuridad de una cátedra de la Universidad de Columbia a la radiante luminosidad del éxito editorial.
     Erskine revitalizó la vida de la famosa mujer que provocó la guerra de Troya, e hizo de Helena y de Menelao personajes accesibles y encantadores para esta generación norteamericana, que rió enormemente con las intimidades conyugales de los dos mitológicos personajes. Erskine, repitió el experimento con otras versiones de la vida griega, se atrevió en seguida a tratar, risueño, algún tema de la edad media, y teniendo que proyectar su inspiración hacia atrás, llegó nada menos que hasta el propio Paraíso Terrenal, en la época imprecisa y fabulosa en que vivían aprendiendo a amarse Adán y Eva. Pero no es éste el cuento que hay que tratar en esta columnilla, sino el de la versión teatral de la alegre vida de Helena, por André Roussin y Madeleine Gray.
    Trasplantando el asunto de la intimidad de Helena y de Menelao a una historia de la familia burguesa moderna, Roussin y su colaboradora, hasta ayer desconocida, Madeleine Gray, hubieran podido caer en la astracanada, pero Roussin tiene sobrado talento para cometer semejante error. Su Helena y la alegría de vivir

de ésta, no resbala nunca hasta lo bufo. Hecha la adaptación con tacto y con una gracia quizá demasiado palabrera -me refiero al original francés-, pero que no resulta desplazada tratándose de personajes griegos, que fueron siempre un pueblo muy dado a la retórica.
     No conozco la novela de John Erskine, y, la verdad, no me acuerdo de la versión fílmica que hace años se hizo de la famosa novela que convertida en comedia por Roussin, empieza a divertir a públicos de diversos gustos, sensibilidades y lenguaje, puesto que casi al mismo tiempo que se representará en México, en español, lo está siendo en Buenos Aires, en Montevideo y en Londres, aquí, claro, que en idioma inglés.
     Roussin y su colaboradora redujeron a cuatro los personajes múltiples de la novela, y sólo intervienen en la anécdota teatral Helena, Menelao, Hermiona, su hija, y Eteneous, el portero de Palacio, nueva morada de la alegre Helena -Offenbach, la llamó La Bella Helena, y, además, le puso música deliciosa-; pero aun cuando no aparecen, se tiene la impresión de que están "entre bastidores", listos a obedecer la voz del traspunte, Clitemnestra, Orestes, Electra, Egisto, Agamenón, Casandra y todos los personajes de aquella lejana, divertida y aleccionadora época. En toda la obra se ve la mano de Roussin, de quien conocemos en México dos piezas deliciosas, La pequeña cabaña y El vuelo de la cigüeña, pero todos sabemos que es uno de los autores franceses más fecundos, siempre con una obra en la cartelera de los teatros de París, desde hace muchos años.
     Salvador Novo, traductor y director de Helena, o la alegría de vivir, prescindió por primera vez de sus jóvenes discípulos y confió los principales papeles a dos eminentes actores profesionales, Francisco Jambrina y Jesús Valero, cada uno con sus buenos veinticinco años de teatro de oficio y profesión, quienes desde las primeras escenas "entraron en situación", cosa que solamente logran muy de cuando en cuando quienes no poseen la difícil facilidad del oficio. Jambrina hace un Menelao, rey de Esparta, realmente magnífico. Lo dice y lo actúa, con fina comicidad, siempre en situación, tan humano y convincente, que el gran actor deja de serlo para convertirse en el infeliz burgués, sin carácter, enamorado de los veraniegos encantos de Helena. Por ver a

Jambrina como rey de Esparta y marido de Helena, vale la pena ir a Coyoacán y hasta a pie. Es una de las mejores actuaciones de su larga carrera en México. Valero, también eminente actor profesional, siempre "en situación", dice y actúa estupendamente su Etenoeus. Desde sus primeras palabras "mete" al público en la vida conyugal de Helena y Menelao. Es natural que al lado de estos dos magníficos comediantes, no lo parecieran tanto quienes vienen de los grupos de aficionados y de direcciones en las que no se concibe la actuación sin memorizar todo, palabras, líneas, parlamentos, actitudes y hasta parpadeos. Así, con ese sistema, jamás se entra "en situación"; difícilmente se vive la vida del personaje que es indispensable habitar, amueblar con detalles y matices, para que llegue a tener vida propia.
     María Douglas vistió muy bien a Helena, pero por fuera, tanto, que su única preocupación fue el juego de las gasas del traje que creó para este caso Amparo Ramírez. No logró entrar en situación una sola vez, no obstante que dijo con claridad e intención, ambas muy memorizadas, su importantísima parte. Me pareció fría, demasiado cerebral, y todos sabemos que Helena de Troya fue una llama de amor inextinguible. No le dio a su personaje el aire frívolo en que se quemó su espíritu de la gran amadora griega. La joven aficionada Meche Pascual, cogida entre la naturalidad de Jambrina y Valero, y la acostumbrada memorización de palabras, gestos y actitudes, de María Douglas, se limitó a decir su parte, muy bien aprendida y... nada más. Es delicioso el personaje de Hermiona, pero difícil para quien da los primeros pasos en este difícil arte de representar, que es una larga y encendida paciencia.
     La escena, magnífica, según ideas de Antonio López Mancera; la traducción limpia y fácil y la dirección de Novo revelando en todos los detalles, los finos matices de inteligencia, dominio y buen gusto característicos de este gran animador teatral.