Resaltar búsqueda

Verdad y mentira de nuestro cacareado auge teatral

Armando de Maria y Campos

    Nada más difícil que conservar el equilibrio con un pie en una época y el otro, naturalmente, en la otra. Este es mi caso en lo que se refiere a mis actividades como cronista de teatro. Creo conocer a fondo el pasado inmediato a los años que empecé a tener conciencia de lo que veía representar en los teatros, maromear en los circos, torear en las plazas de toros. De lo que ya vi, y sentí con conciencia propia, guardo imborrables recuerdos, y conservo documentación nada mentirosa de lo mucho que sobre el particular he escrito. Mis recuerdos se proyectan claros y precisos. He visto nacer varios movimientos teatrales, desaparecer y aparecer modas y modos. No todo lo pasado es para mí lo mejor, ni tampoco creo que lo actual, por provenir de los jóvenes, supere en todo a lo de ayer. Pero como he visto muchos auges y muchas crisis de nuestro teatro, no creo que el auge que se dice tiene ahora nuestro teatro sea excepcional, o que su crisis sea más grave que otras que ha logrado superar.
     Ahora hay mucho ruido, pero son pocas las nueces... Por nueces se debe entender lo mismo teatros, que actores o que autores.. No hablo de compañías, o de elencos, porque no los hay. Ahora sólo se forman "grupos". Lo que sí es totalmente diferente de época a época, es el público que lleva a las 100 representaciones a una obra más o menos buena, en otras épocas no era fácil sostener una temporada más de diez o doce representaciones. En esto está la diferencia de todo, la explicación y el resultado actual.
    Temo, a veces aparecer como un viejo prematuro que añora el pasado. No soy, sin embargo, tan joven como para encandilarme fácilmente. En esta duda, en esta situación ambigua, la mayoría de las veces me abstengo. Pero si alguien me da la nota, sigo el tono.
  En reciente edición del diario meridiano Ultimas Noticias, apareció en su sección editorial, un certero y ponderado comentario que quiero traer a esta columna, y lamento profundamente

no saber quién lo escribió para hacerle justicia mencionando su nombre. Se titula Sarampión Teatral, y enfoca, revela y fija admirablemente el estado actual de nuestro teatro y explica con diamantina claridad por qué el auge de nuestro teatro no es tal auge, y, lo que es más elogiable, señala el remedio para el mal que está agravando la crisis porque atraviesa en la ciudad de México.
     Dice así: "Ha habido necios que interpretan la profusión de teatros de todos los tamaños y categorías como un luminoso indicio de resurgimiento artístico en ese ramo que antaño tuvo gran presencia, que fue fuente de cultura y expresión de ingenios y que, en lo que va corriendo de este siglo ha venido resbalando por la triste pendiente de una irrefrenable decadencia. No hay tal síntoma de recuperación. Por el contrario, precisamente esa erupción alocada, cretina y abominable viene a demostrar que el género teatral está rodando al abismo.
     "Aplaudiríamos sin reservas y nos ufanaríamos con el mejor de nuestros entusiasmos si todo ese alud de ensayistas, de `piecesitas' que se estrenan todos los días, de tablados que se levantan a diestro y siniestro, de autores que surgen de aquí y de allá como por obra de magia, de aficionados que se lanzan al `tinglado de la farsa' consagrando a él juventud y energías, tuviese contenido artístico y calidad. Pero, ¡hay cada mamarracho! Es más: excepción hecha de uno que otro acierto, no hemos podido encontrar sino un vaciadero de inmundicia. Unas veces, porque se cree que el teatro 'moderno' tiene que ser realista, otras, porque se ha aceptado como una verdad indiscutible que si el teatro no es 'atrevido' no despierta interés. Lo cierto es que, basándose en los éxitos de unas pocas obras, en verdad realistas y atrevidas, no hay estreno que no quiera aventajarlas hasta llegar a lo positivamente procaz.

     "Naturalmente que el público que se respeta no asiste a semejante espectáculo. Por eso aunque se anuncie en las carteleras que es la centésima o milésima representación, no hay que creer que esto significa aceptación, sino empeño en el trabajar a teatro vacío. Felizmente todavía hay buen gusto y aún quedan residuos de vergüenza y decoro.
     "El Departamento del Distrito Federal, con general beneplácito, ha emprendido una enérgica y saludable campaña contra prostíbulos, galanteos callejeros y cabaretuchos, porque ha entendido que es deber suyo proteger a la sociedad contra las corrientes de inmundicia. ¿Por qué permite el desenfreno teatral, inmensamente peor que todo lo que ha combatido con denuedo? Las escenas de algunas obrillas que están exhibiéndose son asquerosas, sencillamente repugnantes. ¿Qué puede haber de arte en horrendas desviaciones morales, en perversiones sexuales apenas concebibles, en descaros que en cualquier antro causaría escándalo? Debe ejercerse una estricta vigilancia sobre este particular. Ya está bien de que cualquier grupo de irresponsables, a guisa de cómicos y autores, quieran cobrar boleto de entrada por manifestar intimidades obscenas. Por esos caminos no sólo no resucita el arte teatral sino se hunde, y se hunde no en el desuso que guarda vestigios prestigiosos, sino en el fango atroz de lo corrompido y deleznable. Las autoridades deben darse cuenta de la clase de obras que están exhibiéndose y verán que no puede seguirse tolerando esta inundación de cieno".
     Con la reproducción de este editorial contesto a quienes me leen en esta columna y me han preguntado por qué aún no escribo crónicas de A puerta cerrada, o de Viviré para ti.