FICHA TÉCNICA



Título obra Desaparecer

Autoría Pascal Rambert

Dirección Pascal Rambert

Elenco Julieta Egurrola, Concepción Márquez, Arcelia Ramírez, Paulina Dávila, Antonio Rojas, Sofía Espinosa, Emilio Carreri, Fernando Álvarez Rebeil, Maria del Mar Nader

Escenografía Pascal Rambert

Vestuario Pascal Rambert

Referencia Alegría Martínez, “Marea de pena infinita”, en Laberinto, núm. 872, supl. de Milenio, 14 marzo 2020, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Marea de pena infinita

Alegría Martínez

Más de 40 sillas de plástico blanco, sin ocupantes, llenan el escenario. Un piano al fondo, una pantalla y dos micrófonos con pedestal completan el paisaje de la ausencia. Los actores observan sentados en los laterales mientras entra cada uno para hablar del dolor ante la inesperada muerte de un joven.

La familia del fallecido Ángel, un cineasta que partió a filmar el desierto sonorense, reunida en una especie de albergue, externa el dolor, lo que circunda su duelo, las dudas, los fragmentos de recuerdos que aluden a una parte de lo que el joven fue en vida.

Entre los poderosos imanes que atraen hacia esta puesta en escena se encuentra el elenco: Julieta Egurrola, Concepción Márquez, Arcelia Ramírez, Paulina Dávila, Antonio Rojas, Sofía Espinosa, Emilio Carreri, Fernando Álvarez Rebeil y Maria del Mar Nader.

El texto, la dirección, la escenografía y el vestuario de Pascal Rambert, autor de Culpables, son otro potente atractivo para asomarse a Desaparecer, montaje en el que los personajes tienen el nombre de las actrices y los actores que representan a la madre, la abuela, la hermana de la abuela, la hermana de Ángel, su novio, el tío, el guía, una joven cercana y la chica que acompañaba a Ángel.

Paralizados de angustia, en la ignorancia sobre el proceso de lo ocurrido, algunos personajes se encuentran en la zozobra latente de haber podido evitar esa muerte.

En ese lugar envuelto en lamentos se encuentran todos ante el pasmo que abre una desaparición, entre lo que cada cuestionamiento detona sobre sí y sobre el ausente, insertos en el cambiante significado de la propia vida, justo cuando ha dejado de ser lo que era y se ignora cómo empezará a ser ahora.

Los personajes se mueven en un tiempo indefinido en el que caben reclamos, arrepentimientos y apenas una pizca de esperanza a la que se aferra la abuela, mientras la hermana encuentra sosiego y sonrisa cuando es besada por su novio. Los demás, a excepción del tío que parece ocultar algo, y del guía, que aporta indiferente algunos datos más a la historia, se enredan cada vez más en una espiral de tristeza en descenso.

El montaje , conformado por extensos parlamentos casi monólogos, cuenta con la experiencia de tres notables actrices que encabezan el reparto, quienes se vinculan y hallan eco en los integrantes del equipo artístico , aunque no haya una homogeneidad que fusione del todo el esfuerzo .

Pareciera que el discurso dramatúrgico está permeado por una mirada ajena que observa desde fuera la marea de la pena infinita, la del director Rambert, quizá embelesado por el caudal de riqueza dramática que otorga la desaparición y por la hondura y diversidad de matices actorales que Egurrola, Ramírez y Márquez generan.

Sin embargo, una vez que se han sentado a la mesa, ante una escultura de frutas que reproduce horizontalmente una figura humana, el círculo en el que se encuentra cada personaje continuará su ciclo infinito a raíz de la muerte.

El texto se extiende sin límite en lo que cada personaje piensa, siente y necesita decir, sin que se puedan reunir las piezas del relato, más allá de las frases, de una canción que se repite y de otra que se integra al río de las palabras.

La familia del occiso y los allegados soltarán por turnos dudas y dolor que retornan como si se tratara de una melodía principal con variantes, o de un rompecabezas en el que cada uno perfila trozos en torno al joven fallecido.

La presencia de un ser que observa sin ser visto, la del tío que acepta mentir, la del guía que narra algo que los deudos ignoran, la de su hermana, que en su lozanía carga la pena de forma diferente a como lo hacen la abuela, la madre y la tía, agregan gotas de información sobre Ángel y otras posturas ante la desaparición que parece internarse en los cuerpos.

Espectador, personajes y tiempo se encapsulan en un extenuante paraje de certidumbres perdidas.

Desaparecer expone, reitera, lo que la ausencia súbita arrastra, como si se tratará de un remolino oscuro que se eterniza.