FICHA TÉCNICA



Título obra Moscú

Autoría Aurora Cano

Dirección Aurora Cano

Elenco Carmen Mastache, Teté Espinosa, Tamara Vallarta

Escenografía Jesús Hernández

Notas de Música Espacio sonoro Ignacio García

Vestuario Jerildy Bosch

Referencia Alegría Martínez, “Feminidad que ruge y canta”, en Laberinto, núm. 870, supl. de Milenio, 15 febrero 2020, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Feminidad que ruge y canta

Alegría Martínez

Los conflictos de tres actrices en el contexto del México actual, los obstáculos que implica hacer teatro en nuestro país y algunos fragmentos a media luz de Las tres hermanas de Chéjov componen buena parte de Moscú, obra en la que actuación, escenografía, iluminación y vestuario arropan un texto extenso que se bifurca para tocar más rincones temáticos a medida que avanza, como si fuera ésta la única oportunidad de decirlo todo.

Una pirámide o montaña geométrica de accidentadas laderas, construida en madera, sobre la que pareciera imposible conservar el equilibrio, se yergue al fondo del escenario como si surgiera del mismo piso del que emergen dos marcos irregulares, opuestos en el espacio, quizá para subrayar o detener brevemente parte de la acción. Este paisaje creado por Jesús Hernández, quien corona la cima con una tina central dentro de un rectángulo en la parte superior, se transforma en el contenedor de una feminidad que ruge, canta y se pronuncia, según el vaivén de los hechos.

El espectador se encuentra con tres actrices vestidas de blanco, ataviadas con corsé o short, vestido, pantalón vaquero, medias caladas, miriñaque y botines con flecos, o zapato bajo, propuesta de Jerildy Bosch, que remite a distintas épocas, entre 1900, año en que Chéjov escribió Tres hermanas, y 2020, cuando se estrenó Moscú, escrita y dirigida por Aurora Cano.

Las tres mujeres, peinadas y maquilladas como personajes de ciencia ficción, cruzan a pasos raudos el escenario y expelen frases que aluden a tres elementos, desde dichos hasta nombres de cómicos o lugares comunes.

El elenco, conformado por las experimentadas Carmen Mastache y Teté Espinosa, y por la joven Tamara Vallarta, evidencia un profundo y complejo trabajo actoral que nutre al exigente y rebuscado texto dramático en torno a épocas y ficciones distintas, alusivas a la violencia en México, a la 4T, a los obstáculos de la profesión y al universo de cada una, en tanto mujeres de su tiempo que representan personajes femeninos de otra época, atoradas en su vida, como los personajes que interpretan.

Maquilladas con una franja blanca que cubre sus ojos como si se tratara de un antifaz del que resalta el negro que circunda sus ojos, las actrices realizan un trabajo titánico que da soporte a la obra hasta llegar a un falso final en el cual el montaje intenta tomar vuelo de nuevo para seguir adelante, lo que impulsa su caída en lugar de un suave aterrizaje.

La directora Aurora Cano, quien consigue un equipo artístico de nivel y lo conduce por buen camino, de forma que el espectador siga la acción a pesar de la reiteración del formato de algunas escenas, se enfrenta a la dramaturga Aurora Cano, que da rienda suelta a la necesidad de exponer sus preocupaciones temáticas sin contención.

Incluso cuando el espectador no comprende del todo lo que sucede, mientras las actrices murmuran parte de los parlamentos de Chéjov –acostadas en el piso, entre la penumbra, perfiladas por la tenue luz de lámparas y candelabros que remite a la casa de campo familiar en la que se encuentran sus personajes–, el bello paisaje onírico con samovar evoca metafóricamente la inmovilidad, sugiere intimidad y abre tersamente otro plano de ficción.

Las escenas que dejan escuchar las palabras de Olga, Masha e Irina contrastan con la intermitencia de frases desnudas, bañadas por drásticos cambios de luz, que concentran la atención en el bello espacio más que en el contenido de la marea que los personajes expresan.

Moscú cuenta con brillante actuación, escenografía, vestuario y el espacio sonoro de Ignacio García. La voz de las actrices, al hablar y al cantar suma virtudes al montaje. El contenido del texto es atractivo y pertinente. Sin embargo, pareciera que al perder de vista un límite dramatúrgico el espectador termina desbordado, como si hubiera comido de más sin abrir la boca, aunque la mayoría se queda, entre muchas otras, con la bella imagen de la primera vez en la tina.