FICHA TÉCNICA



Título obra Hay un lobo que se come el sol todos los inviernos

Autoría Gibrán Portela

Dirección Cristian Magaloni

Elenco Pilar Mata, Arnoldo Picazzo, Assira Abbate, Roberto Beck, Gonzalo Guzmán, Julio César Luna

Escenografía Miguel Moreno

Iluminación Miguel Moreno

Música Natalia Pérez Turner

Referencia Alegría Martínez, “Instrucciones para destruir lo irreparable”, en Laberinto, núm. 850, supl. de Milenio, 28 septiembre 2019, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Instrucciones para destruir lo irreparable

Alegría Martínez

Hay un lobo que se come el sol todos los inviernos es una obra sobre el sacrificio involuntario, la resistencia humana, la muerte, la vida suspendida y la batalla en la que pueden trenzarse la crueldad y el miedo. Esta historia de un matrimonio y dos hijos comienza de atrás hacia adelante, como si el pasado se deslizara hasta el presente, sujeto a un personaje anclado en la necesidad de acallar el latido.

Suspenso y tragedia sostienen esta obra escrita por Gibrán Portela, guionista de Güeros, La jaula de oro y Todas las pecas del mundo, entre otras. El también dramaturgo dosifica la acción de su texto, de forma que el espectador pueda tejer la trama inversa de una circunstancia teñida por una sangre que jamás llega a verse.

La virtud del texto de Portela reside en la forma en que plantea el paso involutivo de sus personajes, quienes viven con frío en un país que se cubre con leyendas en torno a un inmenso y cálido sol, engullido cíclicamente por un lobo: historias que arropan la fragilidad expuesta a lo inexplicable en cualquier lugar del mundo.

Cuatro seres humanos conforman el núcleo de dependencia en el que bullen dolor y resignación, exhalados en reclamos, en complicidades, arrepentimientos e impulsos truncos.

Instalada en un pesar asfixiante, la madre de esta familia, interpretada por Pilar Mata, exhala su desdicha en hartazgo, en ansias de escapar de una realidad que la asfixia y de la que se fuga al cerrar el círculo mediante el rechazo y la amenaza.

Al interior de un hogar en el que hubo una buena época, el paso del tiempo y la fuga de un águila herida que catalizaron la miseria y la soledad de sus habitantes deja desprotegidos a madre, padre y a uno de los hijos, cómplice de un extraño hermano, asido a su fragilidad externa, corteza de su violencia.

Dirigida por Cristian Magaloni, la puesta en escena divide el escenario en tres partes. Del proscenio hacia el fondo, la acción se transforma como si al frente ocurriera solo aquello que puede ser visto. A unos pasos, encapsulado en un rectángulo transparente con humo y puertas corredizas, está la dimensión que permite cruzar de una realidad a otra: aquella que vive el elenco a la espera de aparecer en personaje, a unos centímetros de dos mujeres que tocan violín y violonchelo, para volver al primer plano, de donde no escapa el hermano quieto pero en permanente desequilibrio.

Pilar Mata, Arnoldo Picazzo, Assira Abbate, Roberto Beck, Gonzalo Guzmán y Julio César Luna, conforman el elenco de este montaje que cuenta con música original, imprescindible y en vivo de Natalia Pérez Turner, y escenografía e iluminación de Miguel Moreno, equipo artístico que conduce al espectador, dócil y firmemente, por el laberinto clavado de preguntas sobre la capacidad humana para destruir lo irreparable.

La experiencia es inquietante. El espectador descubre aquello que los personajes intentan negar permanentemente. Autor y director proponen un acercamiento humano a un asesino desde su hábitat, donde en apariencia no habría nada que pudiera detonar los hechos.

Inmersos en una realidad que detestan, los personajes, dóciles e impotentes, se perciben presos de sí, de su circunstancia, de su amor abollado por encima de lo que podrían juzgar; todos, a excepción del hombre erigido en autoridad, inscrito en una realidad más, la del que no concede, porque está fuera del núcleo del amor, la incredulidad, el dolor y el reproche.

Los cuestionamientos se desprenden del patio de butacas ante un acontecer que pareciera sordo, incrustado en zozobra, sospecha y culpa, sobre un terreno desconocido, donde el señalado es alguien como nosotros, los que están sobre el escenario y quienes estamos abajo, constreñidos e inmóviles ante la posibilidad de nuestra cercanía y parecido con el monstruo.

Hay un lobo que se come el sol todos los inviernos es una propuesta teatral distinta, un teatro con tinte cinematográfico, que se acerca y se distancia del personaje principal, sin guiños que atisben su interior, hasta que un solo gesto y una breve acción revelan su debilidad trocada en una destructiva fuerza expansiva.