FICHA TÉCNICA



Título obra La fundamentalista

Autoría Juha Jokela

Dirección Ignacio García

Elenco Luis de Tavira, Aurora Cano

Escenografía Sergio Villegas

Referencia Alegría Martínez, “Dos verdades en pugna”, en Laberinto, núm. 848, supl. de Milenio, 14 septiembre 2019, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Dos verdades en pugna

Alegría Martínez

El texto de un autor finlandés sobre dos caras extremas de la fe, la actuación de Luis de Tavira y de Aurora Cano, y la dirección del español Ignacio García, conjugan una serie de elementos que atraen a espectadores de distintos ámbitos y objetivos, desde el interesado en ver en el papel de actor al reconocido director de escena hasta quien busca la exposición escénica del tema religioso y la polémica generada por las sectas, el que se guía por la curiosidad de ver en escena a la invencible directora del DramaFest, o quizá alguien que quiera conocer la propuesta del director de la más reciente edición del Festival de Almagro.

La fundamentalista satisface a la mayoría que durante dos horas presenciará una confrontación de verdades. Director y elenco aceptan, desde la franqueza, el desafío de compartir con los espectadores una historia en la que los dos únicos personajes pugnan por extirpar de su convicción religiosa al contrario, a quien cada uno necesita de su lado para otorgarle protección, o prodigarle un amor congelado 20 años atrás, que resultó torpemente roto.

La obra del dramaturgo Juha Jokela, nacido en 1970, guionista de diversas series televisivas, plantea un debate sobre la religión, la fe verdadera, el significado y la distinta interpretación de los pasajes bíblicos, vía por la que desteje hábilmente la intimidad de los personajes: un clérigo liberal y escritor, y una cristiana cegada por los dogmas de su guía espiritual.

La discusión sobre lo que es dios para cada uno de los personajes y lo que su palabra y significado implican, desde la postura de cada quien, agiganta el desencuentro hasta el punto en que la amistad que los unió tiempo atrás abre una rendición breve en el ring de la pasión y las palabras.

El pastor, Marcos, encarnado por Luis de Tavira, relata a los espectadores cómo y cuándo conoció a Heidi, así como episodios de su juventud, incluido uno de abuso, que revela, a partir del trabajo actoral de ambos, el triple filo en que se transforman el deseo y la inocencia, en un momento en que la confianza puede abrir el abismo.

Sergio Villegas, autor de la escenografía, antepone un plano neutro a las ocho puertas grises del fondo, que al abrirse ostentan fragmentos de paisajes filmicos, evocadores de lo cotidiano y de la fuga a la que invita un ventanal, o un espacio hacia el pasado. Imágenes quizá en la memoria de los personajes, que los revelan reales, convulsos frente a la atracción y el rechazo que se ensanchan hasta fundirse.

Mientras De Tavira construye un personaje convencido, que esgrime argumentos sólidos sobre su postura liberal ante la cerrazón de la iglesia tradicional, Cano crea un personaje cerrado al diálogo que repite con vehemencia frases hechas, envueltas en el brillo de una falsa salvación cristiana. Los dos esgrimen su verdad, su camino de salvación religiosa, desde donde se atacan, asidos a lo que da sentido a su existencia, con el supuesto ánimo de preservar al otro.

El personaje de Aurora Cano permite aquilatar el trabajo y el crecimiento de la actriz que hace transitar a Heidi de la juventud a la madurez externamente férrea, hasta el despojo de la falsa armadura que refleja un rayo de amor vencido.

Luis de Tavira se planta desde su raíz en un personaje que le habla al espectador y enseguida retoma al pastor convencido de su postura teológica, mientras va de lo ocurrido al presente, sacudido por el asombro ante lo que se convirtió su joven amiga y la intrusión de una sociedad que usa medios y redes sociales como el vertedero incendiario de su rabia.

La actuación del también director, dramaturgo y pedagogo, abre la oportunidad al espectador de percibir la vulnerabilidad de un hombre convencido de sus hallazgos, avasallado por una pasión añeja inyectada de culpa adormecida, que alimenta un deseo interrumpido.

La dirección de Ignacio García consigue la comunicación nítida del elenco y por esa vía la de los personajes. El montaje inserta a la audiencia, con una pizca de humor, en esa lucha sin tregua por trocar la convicción del otro en la propia y por poseer una verdad envuelta en un deseo mayor de posesión que los principios que esgrime.