FICHA TÉCNICA



Título obra Hamlet García

Autoría Miguel Morrillo

Dirección Daniel Figueroa

Elenco Rodrigo Ruiz, Miguel Prieto, Catalina López, Adriana Figueroa

Referencia Alegría Martínez, “La violencia insoslayable”, en Laberinto, núm. 840, supl. de Milenio, 20 julio 2019, p. 11




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

La violencia insoslayable

Alegría Martínez

Algo le falta a Hamlet García. Aunque quizá le sobre el apabullante parecido a la vida de las personas en cualquier ciudad del mundo, donde la felicidad es el hurto de instantes a la vida diaria, revestidos de un placer que en algunos casos depende de la voluntad de los demás, inmersos todos en un ámbito de violencia insoslayable.

Una mujer madura y una joven, un hombre mayor y uno joven, conviven en el mismo espacio sin conocerse, donde hay una silla para cada quién como único elemento, vehículo para contener por momentos su cuerpo ramplonamente humano, en un día que comienza con una ducha invisible, bajo la cual se lavan el cuerpo por encima de la ropa, con agua y jabón ficticios.

Narraturgia de nueva cuenta. El hombre de vientre prominente, ojos claros y barba canosa, deposita su felicidad en el sentido que le encuentra a la cotidiana preparación para salir de casa. La mujer madura externa ser feliz al recibir sexo oral, mediante una descripción que asemeja al proceso de una práctica cualquiera en otra circunstancia.

La mujer joven enarbola el principio de autoayuda ante toda circunstancia adversa, mientras el muchacho, anhela pasar desapercibido en todo momento hasta que su hora de comida es aderezada por la violencia, que lo sacude sin piedad desde su teléfono inteligente.

Estos cuatro personajes, cuya vida se asemeja en algo a la de quienes los observan desde su butaca, entran a una espiral de violencia interna que se desata en la calle, donde la insatisfacción general se apodera de sus semejantes y la reacción de estos, que el espectador solo escucha, devuelve, en la voz y el movimiento de los protagonistas, la agresión recibida hasta involucrar a todos en la pesadilla de la vida diaria.

La dramaturgia de Miguel Morillo, (Madrid 1975), recrea verazmente el cerco que cada personaje levanta a su alrededor para intentar sobreponerse cada día a una batalla que ha perdido contra sí mismo antes de comenzarla. Circunstancia a la que introduce esa semilla violenta que crece según avanza el día, desde el momento en que el despertador rompe con la paz que solo se consigue al dormir.

La clara identificación por parte del espectador con los momentos narrados y traídos al presente por los personajes que en su turno exponen su viacrucis citadino, se hace patente entre las butacas. La decepción y el pavor de sentirse expuestos al bombardeo de notas rojas, de ser protagonistas reales de esas escenas y de estar abiertos sin tregua al sobresalto, es una virtud de esta dramaturgia que plasma la psicosis citadina vinculada a una realidad desbordada.

El elenco masculino, conformado por Rodrigo Ruiz y Miguel Prieto, a partir de personajes dramatúrgicamente mejor delineados, construye una trayectoria que les da mayor solidez a esos dos hombres imposibilitados, a pesar suyo, para crecer, avanzar o fortalecer su inmensa debilidad.

Por su parte, Catalina López y Adriana Figueroa, quienes interpretan personajes más simples en circunstancias que los superan, comunican con eficacia lo que estos expresan y nutren de tonos festivos, a la par del elenco masculino, las situaciones tragicómicas en las que se encuentran.

La dirección de Daniel Figueroa, que intercala escenas e inunda el escenario al principio y al final con la voz de Palito Ortega que canta "Tengo el corazón contento", subraya lo ridículo que resulta codiciar la propia felicidad desde el vacío de una existencia sin mayor propósito.

El montaje cumple su cometido. Plantea la enorme paradoja entre la pequeñez del ser humano aferrado a una felicidad superficial, incapaz de construir el camino de paz por el que clama. El montaje es ágil, las actuaciones decorosas, aunque unas con mayor sentido veraz que otras, las historias individuales progresan y la conclusión vincula lo que parecía aislado.

Sin embargo falta algo. Tal vez una señal de que una parte de nosotros esconde una brizna de algo valioso y el hallazgo in situ del contenido de cada palabra para percibir lo que le ocurre a los personajes mucho más allá de largas narraciones que se diluyen en lo raudo de cada escena, sin que el espectador perciba la contundencia de lo estrictamente dicho.