FICHA TÉCNICA



Título obra Tragaluz

Autoría David Hare

Dirección Luis de Tavira

Elenco Marina de Tavira, Rafael Sánchez Navarro, Aldo Bringas

Escenografía Alejandro Luna

Iluminación Alejandro Luna

Referencia Alegría Martínez, “Juego de silencios y mentiras”, en Laberinto, núm. 836, supl. de Milenio, 22 junio 2019, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Juego de silencios y mentiras

Alegría Martínez

El encuentro de dos amantes, mujer y hombre, luego de tres años de ausencia, supura verdades a través de palabras convertidas en navajas, cuyo destello advierte una colisión entre el más acendrado machismo y una emancipada toma de conciencia sobre un territorio donde el amor se adelgaza ante estas fronteras.

Tragaluz, de David Hare, es la ocasión para el retorno de Marina de Tavira al escenario en el papel de la maestra Kayra Hollis, que le da pauta para desplegar su registro actoral cada vez de mayor rango. La actriz, que comparte escena con Rafael Sánchez Navarro (ambos bajo la meticulosa dirección de Luis de Tavira), encarna a un personaje desafiante, valiente y honesto, a quien una drástica decisión ubica en una libertad exigente, a buena distancia del amor tirano que la cobijara y oprimiera a un tiempo.

El texto escrito por el dramaturgo británico es casi un tratado sobre las diferencias de género, que se agigantan entre hombre y mujer, en el caso de él como si estuviera condicionado sin remedio ni capacidad para darse cuenta. Hare, guionista, director y maestro, genera un complejo entramado de situaciones que conforman la historia de Kayra y Tom, que ambos quisieran tal vez retomar desde distintas posturas después del vuelco en su relación que los ha llevado a separarse.

La historia de amor, marcada por la decepción, la culpa y el sufrimiento, protagonizada por dos seres humanos con visiones y capacidades distintas para atajar la vida, revela la búsqueda de sentido del personaje femenino frente a la necesidad masculina de ser rescatado.

Las personas en que se han convertido después de la ausencia establecen un juego de silencios, medias mentiras, viejos lastres y verdades lanzadas al rostro, equivalente a un estudio microscópico del ser humano y del machismo que ofende hasta cuando intenta halagar.

Luis de Tavira expone con maestría las contradicciones que determinan a la maestra, al empresario y al hijo joven, e impulsa a los actores, incluido Aldo Bringas, a sumergirse en ese mar de anhelos que cambia de lugar a sus personajes para descubrir lo que cada uno es, para sí y para el otro.

Tragaluz equivale a un partido de singles en el que los rivales se necesitan, al tiempo en que buscan ventaja para lanzar, con sarcasmo e ironía, un proyectil que quizá no regrese.

La puesta en escena, que devuelve a Marina de Tavira al teatro, también le regresa a Sánchez Navarro una parte de la médula actoral que dejó endurecer tiempo atrás. Cimbrado por un director que sabe cómo guiar al artista y al personaje por el límite de cada circunstancia hasta lograr una verdad que ambos desconocen, el actor revela el retorcimiento y el dolor de un personaje que no encuentra el modo de seguir adelante.

Alejandro Luna construye e ilumina el interior de un departamento de bajo costo en las afueras de Londres, donde el espectador, ubicado a unos pasos de la pareja, percibirá la intrusión de recuerdos, emoción y nostalgia, que por instantes se cubren de calidez y esperanza.

En esa intimidad hay dos personas unidas por algo que se transformó en desconfianza, en una batalla por ganar terreno. En el caso de él, arrastrando a la otra; en el de ella, en la resistencia de la autonomía conseguida a partir de pérdidas que atesora.

Los personajes de Tragaluz parecen tener intermitentemente la razón de su lado, salvo cuando la soberbia masculina ostenta, a su pesar, la rudeza de una superficie que oculta su debilidad y su inmensa tiranía.

Tragaluz nos arroja al tiempo del súbito reencuentro en el que una frase puede trastocarlo todo y el abismo crece en cada palabra, por cuya orilla transitan los personajes ante lo que fueron, lo que son y lo que quisieran ser, con las abolladuras del tiempo y de sus acciones, que endurecen las cicatrices hasta que una acción impulsa la sonrisa que renueva la fe en el camino elegido.