FICHA TÉCNICA



Título obra Pequeña voz

Autoría Jim Cartwright

Dirección Diego Íñiguez

Elenco Karina Gidi, María Penella, Odiseo Bichir, Amanda Farah, Alejandro Morales, Sebastián Lavaniegos

Escenografía Jesús Hernández

Notas de Música Analí Sánchez Neri / piano

Espacios teatrales Teatro Milán

Referencia Alegría Martínez, “La liberación a través del cambio”, en Laberinto, núm. 832, supl. de Milenio, 25 mayo 2019, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

La liberación a través del canto

Alegría Martínez

La posibilidad de escuchar las melodías cantadas por Edith Piaf, Ella Fitzgerald, Judy Garland, Billie Holiday o Marilyn Monroe; la actuación de Karina Gidi, así como el texto de Jim Cartwrihgt, forman parte del atractivo que contiene a simple vista la obra Pequeña voz, con la expectativa de algunas sorpresas.

La obra del autor británico nacido en 1958 llega al Teatro Milán –donde en un inicio fue anunciada bajo la dirección de Carlos Corona–, con Diego Íñiguez como director de un montaje que da la impresión de haber sido un proyecto ajeno, que fue llevado a término con dignidad, por encima de los obstáculos.

Íñiguez, quien hiciera una arriesgada y buena propuesta como director de Tréplev, en torno a La gaviota de Chéjov, se encuentra esta vez con un elenco conformado previamente, cuyo desempeño profesional no está en cuestión, pero en el que se percibe una pugna entre intérprete y personaje, así como una falta de cohesión entre éstos.

Karina Gidi, actriz que bajo la dirección de Hugo Arrevillaga creara a un personaje de inmensas dimensiones en Incendios de Wajdi Mouawad, y a una inolvidable Josie Hogan en Una luna para los malnacidos, de O'Neill, que bajo la dirección de Mario Espinosa fuera un prodigio, en Pequeña voz interpreta a Maru Hoff, una mujer frívola y quejumbrosa que busca un hombre y su bienestar propio.

Como si la actriz padeciera una tensa lucha dentro de sí, su personaje busca a ratos ser precisamente quien no es, una heroína universal como las que Gidi ha edificado. Y aunque sí llega a delinearse ese personaje de pocas luces, amargado e instalado en la ansiedad del goce y el autoengaño, perfilado por el autor, se perciben también cuarteaduras en esa mujer a quien nada le importa fuera del espacio que ocupa en el mundo.

El juicio que contra su voluntad pareciera hacer la actriz a su personaje genera interferencias en esta obra que evidencia el egoísmo, la mediocridad y la ambición en los adultos que intentan aprovecharse del don de la hija joven, a cargo de María Penella, cuya voz evoca con potencia y brillo la de aquellas exponentes del canto que crearon toda una época entre los años cincuenta y sesenta.

En esta obra, una ansiosa madre, un derrotado cazador de talentos, una vecina solidaria y anodina, el ambicioso dueño de un bar, una joven instalada en el amor a su padre por vía de la música que él amaba, y un sensible joven técnico de teléfonos, se incomunican en una casa de dos pisos con muros abiertos.

El diseño escenográfico de Jesús Hernández –que plasma una cigüeña en el lateral de la fachada, mientras sala, habitación de la joven, escaleras y ventana del cuarto materno dejan ver o intuir lo que sucede en su interior– ubica al espectador frente al entramado que invita a observar el proceso mediante el que la voz le otorga identidad, valor y fuerza a la joven arrinconada.

Odiseo Bichir en el papel del desvergonzado cazatalentos, Amanda Farah en el rol de la devaluada vecina, Alejandro Morales como el codicioso Sr. Boo, Sebastián Lavaniegos como el joven dulce, Analí Sánchez Neri al piano, y Karina Gidi, integran el reparto de esta puesta en escena que expone el retorcimiento de la mediocridad humana, al tiempo en que subraya la posibilidad de abrirle paso a la propia luz.

La interpretación que hace en vivo María Penella –de las piezas musicales que evocan a la ingenua Dorothy del Mago de Oz, o el agudo y seductor tono de la Monroe durante su interpretación del "Feliz cumpleaños", y el estremecimiento intrínseco del "Non, Rien de Rien" de Edith Piaf–, acompañada nítidamente al piano por Sánchez Neri, genera la necesidad de escuchar más a la actriz cantante, cuyo personaje es liberado gracias al canto.

Mientras el resultado del todo escénico dosifica los momentos brillantes de cada actor y la contundente proyección de su personaje, la posibilidad de atisbar el movimiento al interior de la casa, donde la intimidad queda al descubierto, fortalece la impresión de asomarnos a un microuniverso en el que se agiganta la pequeñez humana, salvada por la potencia de una voz nutrida por la nostalgia.