FICHA TÉCNICA



Título obra Sepulturas

Autoría Hugo Alfredo Hinojosa

Dirección Emma Dib

Elenco Muriel Ricard, Arturo Ríos, Bárbara Eibenschutz, Rodolfo Arias

Escenografía Francisco Álvarez y Arelly Blass

Iluminación Francisco Álvarez

Vestuario María Figueroa y Tolita Figueroa

Notas de vestuario María Figueroa y Tolita Figueroa / utilería

Notas de productores Graciela Cázares y Paloma de la Riva / producción ejecutiva

Referencia Alegría Martínez, “Tres despojos de la guerra de Vietnam”, en Laberinto, núm. 830, supl. de Milenio, 11 mayo 2019, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Tres despojos de la guerra de Vietnam

Alegría Martínez

El interior destruido de un viejo avión resguarda los despojos de tres personajes que sobreviven a la guerra de Vietnam hundidos en la ambición y la miseria. Un veterano capitán, recluido en un asilo, donde es torturado, con fines de lucro, por médico y enfermera, vive atrapado entre los dos desalmados, sus recuerdos y su deteriorado estado físico.

El dramaturgo Hugo Alfredo Hinojosa (Tijuana, 1977) es el autor de Sepulturas, que expone el infierno detonado por ese conflicto bélico al que se sumó el ex combatiente de origen mexicano que, más allá de la pérdida y el dolor físico, se incrustó en una espiral de crueldad que expande hacia el abismo los límites de lo humano. Se trata de un texto complejo –ganador del Premio Bellas Artes de Dramaturgia 2012– en el que interactúan el capitán, el médico y la enfermera, que trae a la presencia a un amigo del capitán y a su amada Helena en la voz y el cuerpo de los personajes que ostentan el poder, como si aquéllos vivieran en la mente del hombre que padece mucho más que la pérdida de una parte de su cuerpo.

La dramaturgia de Hinojosa despliega a profundidad el dolor de la dependencia física que envuelve la debilidad del personaje principal en una actitud desafiante que le permite sobrevivir, al tiempo en que estructura un interesante juego de su vida en retrospectiva, como si la guerra se hubiera instalado en cada uno, en una vorágine destructiva que surge de su interior.

La gama de circunstancias en las que se encuentra este trío expone una aridez exasperante que se adentra de distinta manera en cada uno a partir de una guerra que dejó sus vidas vacías.

Hasta aquí los personajes creados por el autor que plantea eficazmente, mediante una dramaturgia expansiva, un micro universo en el que no hay horizonte.

La propuesta de dirección de Emma Dib, que encapsula la acción al centro del avión-asilo, logrando una atmósfera asfixiante, abre un ducto de aire que con intensidad y sutileza conduce al espectador hacia el panorama de la destrucción a gran escala, al aportar la presencia de un personaje alegórico, a cargo de Muriel Ricard, que genera un puente entre el debate al interior del espacio, que paradójicamente está abierto, y la vida a unos metros de la zona de devastación, que abarca el mundo.

Arturo Ríos, en el papel del capitán Robert, crea a un personaje fuerte por fuera, cuyo interior pareciera temblar como la llama de una vela, aferrada a la posibilidad de mantener su luz bajo la tormenta. El actor proyecta, bajo un sólido exterior, las grietas de cada pieza rota dentro de su personaje uniformado.

Bárbara Eibenschutz construye a una enfermera-Helena que transita de la frialdad a la crueldad y a la micro dulzura en segundos, en una especie de estructura poliédrica interna que genera una sensación de atracción y rechazo, en la unión imposible de ambos polos, mientras que Rodolfo Arias crea la dualidad del amigo-médico, como si pudiera ser el ángel anhelado y el demonio en uno solo.

Muriel Ricard es un personaje y muchos, que se transforma en madre, en viejo, en afanadora y en ese Charly –como llamaban los soldados estadunidenses a los guerrilleros del Viet Cong– que observa en los alrededores e irrumpe en el espacio o se aleja y se acerca con canto y poesía, con lo que el espectador respira: su atención se abre para enfocarse nuevamente y la voz de la actriz le da una caricia.

La escenografía de Francisco Álvarez y Arelly Blass que, con la iluminación del primero, aporta ese efecto de entrar y salir de los despojos de la nave aérea al campo con signos de vida, el vestuario, la utilería y el arte de María y Tolita Figueroa, que definen y sitúan a los personajes en su dualidad compleja, y la producción ejecutiva de Graciela Cázares y Paloma de la Riva, sustentan este montaje que succiona al espectador hasta ese infierno al que nos acercamos más en el intento de huir.