FICHA TÉCNICA



Notas Semblanza de Salvador Távora, a propósito de su fallecimiento

Referencia Alegría Martínez, “Salvador Távora: el orden andaluz”, en Laberinto, núm. 818, supl. de Milenio, 16 febrero 2019, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Salvador Távora: el orden andaluz

Alegría Martínez

La Carmen de Salvador Távora, dueña de un taconeo sujeto a los latidos del corazón, seguirá unos meses en escena, a pocos días del fallecimiento de su director, el 8 de febrero. Combativa, independiente y sensual, esta Carmen entintada de indignación, como la bisabuela de Távora, ante la frivolidad del personaje operístico universal, se erguirá inserta en el pesar y en el arte único de la convulsa Andalucía, hoy de luto ante la muerte del creador de un lenguaje único, que recobró la honestidad, la grandeza y la garra del flamenco para el teatro.

El brillo casi infantil en los ojos verdes de Salvador Távora dejó destellos en el ímpetu, en el arrojo de cada uno de sus colaboradores –Lilyane Drillon esencialmente incluida–, artífices de los montajes que su grupo, La Cuadra de Sevilla, concebido al amparo de la desesperanza, hizo estallar en rabia y lamento exhalados por el sonido de las guitarras, las palmas, el baile, el cante, la geometría, las máquinas, el fuego, la sangre, los cuerpos, el agua y el viento.

Las bacantes de Távora llegó a México en los años ochenta, después de su imprescindible Quejío estrenado en Nancy, que diera notoriedad al hombre nacido en el Cerro del Águila, donde creció frente a un matadero de reses, por lo que la sangre, presente en buena parte de sus montajes, no es un capricho, como afirmó en alguna entrevista. "Tengo muchos recuerdos de mi niñez y la sangre es un elemento lleno de color, vida y sensibilidad, que tiene un valor dramático incalculable en tanto nos mantiene vivos y empieza a correr justo cuando hemos muerto. En mis espectáculos la uso para reflexionar a través de la emoción, aunque esto no tenga una connotación muy intelectual, porque si el arte carece de emoción, también carece de sentido, y el teatro, por encima de todo, debe ser un arte".

Nacido en 1930, Salvador Távora tuvo la certeza de que la creación para la escena es una especie de ordenación mágica que sirve para lo que se quiere decir. Para aquel joven que a los 14 años fuera aprendiz en los talleres mecánicos de una fábrica de tejidos, donde ejerció como soldador eléctrico, los elementos escenográficos mecánicos y la poética geométrica formaron parte esencial de su disciplina estética. "Existe una excesiva confianza en la palabra. El atasco está en pensar que al hablar ya está dicho todo, cuando la búsqueda teatral está en la autoría de lo que se hace y lo que sucede, siempre con visión poética".

Autor del montaje Crónica de una muerte anunciada, adaptación de la novela de García Márquez, Távora escuchó feliz de la voz del escritor colombiano: "Fueron las dos horas más cortas de mi vida", mientras abría los brazos sobre el escenario del Teatro Juan Ruiz de Alarcón en la Ciudad de México, donde se realizó el estreno.

Quejío, Andalucía amarga, Las bacantes, Crónica de una muerte anunciada, Picasso andaluz y Carmen, fueron las obras que presentó La Cuadra de Sevilla en México, donde el sentido religioso se alzaba en sonidos y cruces. "Las campanas están asociadas a vida y muerte en Andalucía. Tenemos un toque para el nacimiento, otro para la partida y otros más para la oración y la alegría; por eso no podemos cambiar su sonido por una grabación, como sucede con la navaja que no puede ser de cartón piedra, debe ser real, porque de lo contrario estaríamos perdidos".

Torero en su juventud y consciente de que había que jugarse la vida para hacer arte con el juego de la muerte, Salvador Távora se dedicó "a dejar el mito en carne viva para no cerrar los ojos a la realidad".

"Debe haber riesgo en el teatro para que nadie pueda dejar en la puerta sus sensaciones de vida y las encuentre en el escenario donde este riesgo comulgará con la sensibilidad, el arte, la razón, la palabra, la música, el sonido y entonces se abrirá una dimensión de comunicación incalculable".

Considerado "un hijo maldito" durante la dictadura franquista, Salvador Távora pasó a ser "hijo predilecto" y a tener una calle con su nombre, por la que caminaba rumbo a su teatro. Luchó por sacar al teatro de la contemplación de una minoría y hacerlo mayoritario sin que perdiera su compromiso ni su valor íntimo y dramático.