FICHA TÉCNICA



Título obra Malpaís

Autoría David Olguín

Dirección David Olguín

Elenco Nick Angiuly, Tony Corrales, Sofía Gabriel, Efrén García Aguilar, Amelia Holguín, Miguel Jiménez, Patricia Loranca, Jaklyn Michelle, Dano Ramírez, Alejandro Romero, Viridiana Tovar Retana, Eduardo Treviño, Lorena Valdés, Iván Zambrano Chacón

Escenografía Aline Bejarano

Notas de escenografía Aline Bejarano / utilería

Iluminación Mauricio Arizona

Vestuario Sergio Mirón

Espacios teatrales El Galeón

Notas de productores Paulina Montiel /asistencia de producción; Viridiana Tovar Retana / producción ejecutiva

Notas Elenco formado por alumnos de la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBA

Referencia Alegría Martínez, “Un México lacerado”, en Laberinto, núm. 788, supl. de Milenio, 21 julio 2018, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Un México lacerado

Alegría Martínez

La franja blanca de una deslavada bandera mexicana sin escudo al centro, proyecta testimonios de ancianos que deploran la pérdida del orgullo nacional, de la emoción por festejar a la patria el 15 de septiembre, la fuga de esa paz que vivieron antes. Sus rostros en blanco y negro contrastan su pesar con la sonrisa de niños que tal vez renueve la dolorosa mueca de los mayores. Malpaís concentra sobre un desierto la sangre, la muerte, el rastro violento de un México lacerado, que se aferra a la poesía, a la música, la tradición y el baile, como a una mínima luz que pueda reconstituirlo.

Desnudo y abierto, el escenario de El Galeón despliega el terregal de un pueblo como si fuera tierra de nadie, hasta donde catorce jóvenes, hombres y mujeres, llegan con la incontenible energía de un disparo que se repite como la explosión de un enojo adolorido.

David Olguín, autor de la dramaturgia y la dirección, fue el guía que alentó y abrió el cauce expresivo de sus alumnos de la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBA, titulados con esta puesta en escena que al cobijo de nuestra poesía claman artísticamente por despojarse de lastres heredados que van desde agresiones a crímenes considerados algo "normal", incluida la venganza femenina contra los hombres, causada por siglos de vejaciones, invirtiendo así los roles que alimentan el violento círculo vicioso, incluido desde luego, ese machismo soterrado que seduce y ultraja hacia la ruta del feminicidio.

Vertiginosas escenas de acciones silentes o gritos que se vuelven bramidos, se disuelven en pasos de baile con significados que expresan enérgicamente el acecho, el hartazgo desbordante a ritmo de danzón, de tambora, de algún son que se mezcla con el ánimo festivo que corre por la sangre y se agolpa ante la tragedia de los 72 migrantes muertos y frente a la ausencia de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, cuyo eco reviste el dolor de otra textura al reproducir las declaraciones de los sicarios retomadas por la prensa.

La desigualdad, la discriminación entre pares, la vorágine corrupta y la rabia que alimentamos y nos devora, nutre el latido de esta puesta en escena que se aferra a la poesía de Arcadio Hidalgo, de José Emilio Pacheco, de Octavio Paz, de Silvia Brandon, de Jaime Sabines y de Ramón López Velarde, que entre el espíritu de otros poetas, enarbola La suave patria.

Malpaís demanda en el cuerpo, en la mirada larga y sostenida de jóvenes actrices y actores, que el espectador sea parte de un tianguis de manos ensangrentadas, de un cuerpo desnudo con ojos vendados adornado como mercancía, en la misma medida en que lo acerca a sus pares al reunir a todos sobre un desierto que en algo nos rescata de la apatía y la indiferencia.

El trabajo de casi un año invertido en Malpaís es evidente en el elenco, integrado por Nick Angiuly, Tony Corrales, Sofía Gabriel, Efrén García Aguilar, Amelia Holguín, Miguel Jiménez, Patricia Loranca, Jaklyn Michelle, Dano Ramírez, Alejandro Romero, Viridiana Tovar Retana, Eduardo Treviño, Lorena Valdés e Iván Zambrano Chacón, así como en la escenografía y utilería de Aline Bejarano, la iluminación de Mauricio Arizona, el vestuario de Sergio Mirón, la asistencia de producción de Paulina Montiel y la producción ejecutiva de Viridiana Tovar Retana.

Inmersos en una estética que resalta en aplicaciones de rosas rojas sobre un vestuario de jeans y camisetas, Malpaís sacude al espectador a partir de una dramaturgia que serpentea en prosa y poesía entre sucesos trágicos que contrastan con símbolos que nos unen e identifican, incluida la porción podrida que nos integra.

Aunque la exigencia dramatúrgica de la esperanza se debilita al final, sin resanar la horadación de nuestra realidad aumentada por la contundencia previa, la fe surge renovada en esta expresión joven que asume artísticamente su compromiso.