FICHA TÉCNICA



Título obra El último ciclista

Autoría Karl Svenk

Notas de autoría Naomi Pats / traducción; Isaac Slomianski / adaptación

Dirección Natalia Goded

Grupos y Compañías Los wueros teatro

Elenco Omar Esquinca, Mañana Villaseñor, José Ponce, Víctor Vargas Avena, Natalia Goded

Escenografía Andrea Pacheco

Notas de escenografía Omar Esquinca / diseño de máscaras

Notas de coreografía Mariana Villaseñor / movimiento; Julieta Ortiz / asesoría en manejo de máscara

Notas de Música José Ponce / dirección musical

Vestuario Andrea Pacheco

Referencia Alegría Martínez, “Campos de concentración bajo una máscara”, en Laberinto, núm. 786, supl. de Milenio, 7 julio 2018, p. 11.




Referencia Electrónica

Laberinto, Milenio

Columna Peripecia

Campos de concentración bajo una máscara

Alegría Martínez

Gestada al interior de Terezin, campo de concentración nazi, en 1944, El último ciclista de Karl Svenk, puesta en escena por la compañía Los Wueros Teatro, utiliza la máscara para interpretar más de una decena de personajes, que bajo este elemento subrayan con mayor contundencia la vigente atrocidad de lo que plantea su anécdota, absurda en apariencia.

Una estructura metálica con puerta, forrada por un telón hecho de retazos, delimita el lugar de la acción, acotado al centro del escenario, donde los pacientes de un manicomio deciden escapar siguiendo a su lideresa, una loca llamada Gran Mama, quien decide exterminar a todos los ciclistas, incluido un hombre, únicamente por amor a su prometida.

Svenk, comediante checo (1917-1945), miembro del Club de Talentos Desperdiciados, autor de Danza alrededor de un cadáver y de La tarjeta de racionamiento perdida, quien estuviera prisionero en Auschwitz, fue muerto en un vagón durante el trayecto al campo Mauthausen, donde se congregaba, entre otros, a los presos políticos.

Censurada por los nazis el día de su ensayo general, El último ciclista quedó en la memoria de Jana Sedova, una de las actrices, que llegó a representarla en las barracas y también la transcribió. Traducida y vuelta a imaginar por Naomi Pats, con traducción al español y adaptación de Isaac Slomianski, esta obra, elegida por la joven directora Natalia Goded como su ópera prima, adquiere un sesgo brechtiano a partir de la asesoría en dirección y manejo de máscara de la actriz Julieta Ortiz, quien cumple décadas de explorar y llevar a la práctica el trabajo con máscara teatral.

El montaje conjunta la disciplina, el rigor, la creatividad, incluido el diseño de máscaras de Omar Esquinca y el diseño de escenografía y vestuario de Andrea Pacheco –quien viste a los personajes con batas hechas con distintos retazos de tela y calzones largos– mediante un pulcro trabajo multidisciplinario como el de movimiento, a cargo de Mariana Villaseñor, y la precisa dirección musical de José Ponce.

El espectador se encuentra ante una especie de historieta rítmica, en la que destaca el trabajo corporal y verbal, bajo la media máscara, que por lo general se vuelve un obstáculo, pero que en este caso consigue vincular movimiento, acción y discurso con gran claridad y soltura, debido a la entrega de los jóvenes y a la experiencia que Ortiz ha adquirido durante el transcurso de los años sobre las tablas y con la guía de maestros como Alejandro Morán, Elidé Soberanes, Alicia Martínez, Jean Marie Binoche y Pierrette Venne, maestra entrenadora del Circo del Sol.

El último ciclista, con un elenco conformado por Omar Esquinca, Mañana Villaseñor, José Ponce, Víctor Vargas Avena y Natalia Goded, ingenua a la luz de lo que sucede en la superficie de la trama, en la que los lunáticos representan a los nazis y los ciclistas a los judíos, pareciera a ratos el aceitado mecanismo de una cajita de música, con personajes de rostro pétreo, ojos y cabello desorbitados, que trascienden la dificultad de expresión elegida, rumbo a una dimensión plástica que descubre la opresión interna de cada bando.

Una lideresa con indumentaria e ínfulas de madame, o de lideresa sindical, dos jóvenes rendidos a la inmediatez de un amor que exige solo un instante de cercanía, un ímpetu de persecución y la fabricación de culpables sobre un territorio donde la libertad se resume en un volante de bicicleta, conforma parte de esta propuesta que alienta la inversión del trabajo que demuestra cada lenguaje artístico involucrado.

Medio siglo después de haber sido escrito este texto y fuera de un campo de exterminio, el afán de acabar con el otro, por las razones que sean, poco se ha transformado, como la máscara lo evidencia.